Agustín Solo era el referente de la "orga" que intentaba tapar los agujeros del barrio más mísero de la ciudad. Esos agujeros que los gobiernos habían decidido no ver. Y se esmeraba en hacer honor a su apellido.

Siempre rodeado de pibes a los que les organizaba clases de apoyo escolar o un picadito en el baldío de la esquina.

Siempre con el brazo sobre el hombro de las mujeres que necesitaban un plomero que les destape el inodoro o alguna frazada que reemplace la pérdida en la última inundación.

Siempre codo a codo con los hombres que levantaban alguna pared que agrandara el rancho o que luchaban contra el barro de la calle.

Siempre acompañado por jóvenes que se acercaban a ayudar, contener, aprender. Pero solo. Así como los funcionarios habían optado por la miopía, él había optado por la soledad. Su corazón había disminuido tanto de tamaño que los estudios de rutina clínica sólo mostraban un hueco en ese lugar. Un hueco oscuro, sin latidos. Los doctores le habían explicado que los desengaños encogen algunos músculos y que el primer afectado era el corazón.

Cuando la herida que le propinó aquella mujer cicatrizó –siempre cicatriza- le juró a su gato, ese que decidía cuándo dejarse acariciar y cuándo ignorarlo pero que entendía cada una de sus palabras, que nunca más se iba a enamorar. “Solos los dos podemos con todo”, le dijo a esos ojos verdes que lo miraban atentos. Y, estoico, se dedicó a rapiñar.

No se convirtió en un tigre ni en un lobo. No pretendía perseguir gacelas por la sabana ni arrojarse sobre ovejitas inocentes. Se transformó en buitre y se dedicó a alimentar su sexo con carroña.

Fue una decisión inteligente. Encontraba animalitos malheridos en cualquier rincón.

Mujeres abandonadas, mujeres engañadas, mujeres llenas de despecho, mujeres que querían revancha, mujeres tristes, mujeres enojadas, mujeres atemorizadas. Todas ansiaban abrazos, palabras que sanen y una cama caliente. Él usaba los dos primeros como herramienta para llegar a ese sexo que necesitaba para que su pequeño corazón no deje de latir.

Sus ojos filosos detectaban presas con facilidad. Su plumaje no era vistoso ni colorido, no le interesaba destacar en la muchedumbre sino actuar desde el gris que todo lo disimula. Sus garras, como la de todo buitre, no eran crueles. No necesitaba matar, sólo caer sobre su víctima y desgarrar su carne.

Y así, de parado nomás, le había metido la verga a Carla mientras ella se agarraba fuerte a la canilla del lavadero y se mojaba las manos con su goteo incesante y se mojaba los ojos con el anhelo de que detrás de esa pija hubiera otro.

Y se había garchado a la Negra, en la cama que ella compartía con el marido que la golpeaba, mientras intentaba no pensar en la posibilidad de que el monstruo apareciera y le rompiera la cara.

Y le había rogado a la rubiecita del barrio, esa de la que no podía acordarse el nombre, que le chupe la pija mientras él escribía panfletos para convocar a los vecinos a un festival.

Y tras sacar los dedos de la vagina húmeda de Marta, se los había chupado con fruición ante los ojos azorados de la mujer que sólo buscaba un hombre que fuera dulce y no que la tratara como a una golosina.

Era un ave rapaz eficaz. Apuntaba y acertaba. Y no estaba dispuesto a cambiar de especie. La carroña era muy sencilla de conseguir. Era sabrosa. Y no generaba riesgos.

Justo lo que él necesitaba.

Al abrir sus ojos, cada día, se proponía ayudar a alguien del barrio y picotear algo que le calme el ansia de carne. Así lograba una vida feliz. Hasta que apareció Florencia, la nueva maestra que se adueñó de la escuelita de la esquina.

Flaquita, sin tetas exuberantes ni culo apetitoso. Con el pelo siempre recogido para que no le moleste en las múltiples tareas que tenía entre manos.

Era capaz de poner una curita en la rodilla del nene que se había sacado la cascarita, atender el llamado de un pibe que se desesperaba porque no le quedaba más paco, servirle un plato de guiso a la vecina que llegaba con la panza haciendo ruido y tararear un tango melancólico mientras rasqueteaba la pintura de la oficina. Y todo eso, sin ruborizarse por su mirada insistente, su mano casual en la cintura estrecha o su respiración en la nuca transpirada.

Florencia parecía inmune. Su buen humor permanente, sus pocas palabras, su capacidad para resolver, su ternura lo intrigaban. Y comenzó a sentirse anoréxico. El buitre ya no tenía hambre.

No reconoció su problema hasta que cierta noche, con el gato malo que lo miraba divertido desde los pies de la cama, se descubrió con la imagen de ella en su cabeza y las manos pegoteadas con ese semen que acababa de escupir su chota hambrienta.

Y el corazón amenazó con estallarle el pecho. Como la cola de las lagartijas, parecía haberse regenerado.

Agustín Solo, aferrado a la almohada, lloró su propio apellido. Ese al que ya estaba dispuesto a traicionar. Porque nadie nace con el corazón encogido y pocos, muy pocos, soportan ser tan ruines como los buitres.

Por Vicky Nasisi