Contrastes del poder económico

Por Luciana Glezer

                                                                                                                                                                                                                                                                                  Diez y diez son cuatro,
mil y mil son seis.
Mírenme, señores, comiendo pastel.
Canción de Títeres, Maria Elena Walsh

 

La perforación

La vida cotidiana de los habitantes del suelo argentino se encuentra condicionada por la interacción de las distintas facciones del capital, la interna del poder económico. Diciembre de 2001 resulta la imagen contundente, porque el corralito fue apenas el último eslabón de un patrón que exhibía su agotamiento en la intensificación de la puja hacia el interior del bloque dominante.

Luego de 30 años de expansión continua de un modelo económico basado en la valorización financiera que instauró la dictadura cívico militar en un contexto mundial de exceso de liquidez, el ocaso del esquema monetario y cambiario que se cristalizó en diciembre de 2001 los partió al medio. En una esquina, se encontraban los devaluadores: grupos locales y exportadores; y  en la otra, los dolarizadores: bancos, acreedores y multinacionales. Los grupos económicos que se caracterizaban por ser fuertes exportadores serían beneficiarios con una devaluación, ya que aumentarían en forma considerable la facturación y la rentabilidad de sus actividades internas. Por el lado dolarizador, el sector financiero y los servicios públicos serían perjudicados. Las empresas extranjeras que adquirieron firmas locales en el proceso privatizador de los `90 verían sus activos fijos desvalorizados y tampoco podrían remitir a sus países de origen la misma cantidad de divisas en concepto de utilidades. Para los bancos, además de ver reducidas sus ganancias en dólares, el valor de sus activos caería muchísimo en términos internacionales.

La previa de la disputa fue que la carga de intereses devengados por deuda externa fue creciendo en forma acelerada hasta consumir el Presupuesto. Cuando Adolfo Rodríguez Saá, presidente electo por la cámara legislativa, celebró la cesación de pagos, muchos aplaudieron aliviados, pero lo cierto es que en la presentación del Presupuesto 2003 se reveló que se dispusieron 14.600 millones de pesos para hacer frente a los vencimientos, monto que representó el 22 por ciento de los gastos totales. El default tan festejado fue, apenas, sobre el 40% del total de la deuda externa. De un stock de 141.200 millones de dólares, unos 84.500 se siguieron pagando.

Tras la devaluación de 2002, los “ganadores” fueron los grupos económicos locales y los conglomerados extranjeros con presencia en la producción local y en el sector primario de exportación, agro, petróleo y minería.

Fue el 15 de diciembre de 2005, cuando el entonces presidente Néstor Kirchner anunció el pago de la deuda que Argentina mantenía con el Fondo Monetario Internacional, un total de 9.810 millones de dólares, que se produjo la aceleración palpable de la “política de desendeudamiento”. Sin pasar por alto que en marzo de ese mismo año el 76,07% de los acreedores privados había aceptado el canje de la deuda pública, con una quita de 67.000 millones de dólares, la relevancia del episodio residió en la búsqueda de un destino en la ruta de la excepcionalidad, porque sacarse de encima al FMI significó autonomía en el diseño de las políticas de gobierno, el manejo de la cuestión inflacionaria, la estructura impositiva, los salarios y la inversión pública.

Las fisuras que mostró el capital dieron luz a una fórmula extraordinaria que se metió en la historia justo en el transcurso de una secuencia permeable por donde coló mucha gente adentro.

 

El límite

La restricción externa, o sea la disponibilidad de divisas, es una de las claves históricas de la economía argentina.

A partir de 2003, la economía y la industria experimentaron uno de los procesos de recuperación más relevantes, apenas interrumpido por la crisis internacional de 2008. Para 2012, el PIB industrial había crecido el 110% desde la crisis de 2001 y el empleo sectorial el 60%. Durante el período, las exportaciones de manufacturas de origen industrial se multiplicaron casi por 4, con un crecimiento del 284%, mientras que las de origen agropecuario aumentaron el 244%, según datos de la Unión Industrial Argentina (UIA). Al calor de ese indicador, comenzó a operar la restricción externa.

La definición de restricción externa es un aporte esencial de Marcelo Dimanad, un clásico del pensamiento económico argentino, quien explicó que a medida que la economía crece, las importaciones lo hacen más que proporcionalmente. Y las importaciones se pagan en dólares. Entonces, cuanto más crece la economía, más dólares se necesitan para continuar con el desarrollo. El punto es que para conseguir esos dolores hay sólo dos canales: vía exportaciones, sobre lo que el país vende al resto del mundo, o vía financiera, con endeudamiento.

Argentina vende al mundo productos primarios. De modo que la movida de las retenciones móviles conocida como “la 125” apuntó a un doble efecto: fortalecer los ingresos fiscales para la distribución de esas divisas bajo una dirección política y contener los precios de los alimentos, por el desacople del valor internacional.

La aplicación de las retenciones al agro pretendía una distribución de la renta agraria en dólares. En el primer caso, de manera directa y, en el segundo, por medio del abaratamiento en el mercado local, de forma indirecta.

Sin embargo, “fabricantes de insumos, comercializadores, transportistas, intermediarios con códigos non santos (en la carne, por ejemplo, los matarifes), inversores financieros a la captura de utilidades extraordinarias, grandes exportadores y grandes productores que tienen más tierras por arriendo que las propias, constituyen el particular patrón de distribución de la elevada renta agropecuaria”, dice Alfredo Zaiat. Frente al fisco y a las retenciones, el Estado aparece como el actor que se queda con el excedente; es un ladrón, un enemigo.

En el 2008, ante el colapso del sistema financiero internacional, los flujos de capital fueron conducidos al salvataje de bancos norteamericanos y europeos. En simultáneo, se avizoraba el desplome de la economía Brasilera.

El contexto internacional, claro está, es parte de la explicación del deterioro del saldo de cuenta corriente que también tiene su explicación en al aumento de los pagos netos realizados por utilidades y dividendos, y que pasaron de ser ingresos por 230 millones dólares en 2002 a pagos por 7213 millones de dólares durante el 2010, equivalente al 2 por ciento del PIB. El incremento de esos giros refleja el importante crecimiento económico y la rentabilidad de las inversiones del país, y también el reclamo para la remisión de fondos por parte de las casas matrices radicadas en economías centrales en crisis.

Entre mediados de 2007 y fines de 2011, el gobierno soportó seis corridas bancarias, que sólo pueden ser originadas por quienes poseen poder económico suficiente para concentrar un mercado. El costo fue 60.676 millones de dólares.

Intensificación de tensiones. Sucesión de embates. En enero de 2014, al recrudecer la disputa cambiaria, se produjo la devaluación más alta desde la salida de la convertibilidad. Según consta en una denuncia penal presentada por la Procuraduría Contra el Lavado de Activos (PROCELAC) en septiembre de ese año, se pudo corroborar que las entidades compradoras de dólares en los días previos fueron los principales actores del mercado. El Citibank, Galicia, BBVA, HSBC, JP Morgan, concentraron el 58,1 por ciento del total ofertado. “Los mismos que nos dijeron durante diez años que el dólar valía un peso, son los que hoy nos quieren convencer que vale 13, así que saquen sus propias conclusiones”, provocó el por entonces ministro de Economía, Axel Kicillof.

El capital logró detectar la existencia de otro patrón de acumulación -siempre en disputa-, lo que resultó en una avanzada conservadora, que se consagró en la reunificación del poder económico.

Cuando la fiesta termina, nadie se quiere quedar a pasar el trapo, y el dueño de casa se queja por la cantidad de invitados.

El retorno

Con el hogar desinfectado, se organizó otra fiesta. Pocos invitados, exclusivos, a dársela de pera en el festival de bonos.

Desde el 10 de diciembre de 2015, se lanzó, en promedio, un nuevo papel cada 6 días. En los últimos dos meses del año, se emitieron 6.2 millones de pesos cada 24 horas, con una tasa de intereses que fluctúan del 6 al 7 por ciento. Pese a la salida del default con la concesión a los buitres, Argentina sigue pagando caro. De hecho, para la mayoría de la región las tasas rondan el 3 por ciento.

El país alcanzó en diciembre de 2016 un nivel de endeudamiento cercano al 50 por ciento del PBI, cuando en el mismo mes de 2001 el impacto era sobre 54 por ciento del total del producto. “La deuda no es una preocupación en este momento. Es parte del proceso gradual en la convergencia del equilibrio fiscal”, explicó el secretario de Finanzas, Luis Caputo. Sin embargo, los datos oficiales marcan que el déficit creció 47 por ciento en lo que va del año, en comparación con 2015, y las provincias destinaron hasta 40% de la deuda para pagar sueldos. Estos datos huelen a sangre fresca para el tiburón que se violenta cuando el Estado gasta, invierte o subsidia. Y los colmillos se afilan.

La deuda externa es una variable económica dependiente, porque su magnitud y sus características están en función de la manera en que se produce y se distribuye el excedente económico a nivel nacional e internacional. El poder económico no tiene margen de maniobra para desconocer que el Gobierno nacional pagó carísimo un pasaje de retorno a un mundo que no existe más. Poco ven pero mucho padecen un mapa que se cierra.

Las economías centrales, Brexit mediante y triunfo de Trump, recurren a la misma respuesta que un vecino que compra una puerta Pentágono para su seguridad. No abre la puerta ni para prestar una taza de azúcar. La suba de tasas que inevitablemente va a recorrer la Reserva Federal a partir de diciembre encarece el crédito (deuda) que tienen los argentinos. Se enciende una aspiradora de dólares desde economías emergentes hacia los Estados Unidos.

El consenso político que consolidó el bloque económico, desde el espanto que provocó la trinchera de las mayorías, renueva sus fisuras.