Foto: Franco Roggero

Por Pablo Dipierri

Javier Grosman reconoce que tuvo más experiencia en el campo teatral que en la comunicación política pero cada definición que suelta abona y germina el terreno con indisimulada claridad ideológica. Ni peronista ni radical, relativiza lo que la prensa tilda de “duranbarbización” y advierte sobre el retorno de la lucha de clases en su oficina del barrio de Palermo, un luminoso loft con sillones cómodos y mesas de trabajo, un cuadro de Hô Chí Minh detrás de su escritorio, un fliper de Sar Trek y una insondable cantidad de objetos tributarios de “La Guerra de las Galaxias”.

Mientras conversa, toma café en una taza con forma de Darth Vader. Para él, “es una especie de personaje shakespeareano: es el más bueno y se convierte en el más malo”. Acreedor de la puesta en escena para los festejos del Bicentenario de la Revolución de Mayo y creador de Tecnópolis, sigue trabajando como productor bajo la concepción de los mensajes como una tírada compuesta por la ética, la épica y la estética.

¿Qué opinás sobre la “duranbarbización” que acuñan el periodismo y los analistas a las campañas de Cristina Fernández, Sergio Massa y Florencio Randazzo?

La duranbarbización es generar productos de marketing o productos políticos que no son otra cosa que una construcción de marketing. Si está dicho desde ahí, a algunos les cuadra: en este momento, Florencio no es otra cosa que un producto de marketing, liviano, almibarado y con gusto a corporación. Independientemente de eso, cuando intentan hablar de la duranbarbización lo único que hacen es crear y generalizar que absolutamente todos los efectores políticos son producto del marketing. Y eso no es así, al menos en algunos casos. Lilita (Carrió) no es un producto del marketing. Lo utiliza pero es un producto genuino, dramático y tremendista, pero real.  Y esto no quiere decir que acuerde con lo que dice. (Mario) Ishii es un producto real de la política, más allá de si nos gusta o no el personaje. Y por supuesto, Cristina es un claro exponente de la política.

La segunda falacia con el tema de la duranbarbización es suponer que Durán Barba o el macrismo inventaron algo. Suponer que el espacio rodeado de público es un invento de Durán Barba… yo creo que el macrismo se lo afanó a (Barack) Obama; Obama se lo afanó a (Bill) Clinton; y si vemos las imágenes de Lenin, estaba rodeado de gente. Así, podemos terminar en Jesucristo en el sermón de la montaña, rodeado de sus discípulos. Suponer que eso es propio del macrismo me parece medio ridículo.

Por otro lado, ¿no había ya en la campaña de 2011 una idea similar de parte de la ex presidenta al poner en escena a los beneficiarios de las políticas de entonces, como ahora sitúa a los damnificados, y aparecía en los spots de espaldas al televidente y de frente al pueblo que se veía en el centro de la imagen?

Uno puede tomar la estética simplemente como un valor accesorio o analizar que en cualquier movimiento o acción política existe una tríada, y casualmente las tres empiezan con “e”, que es a partir de una ética, una estética y una épica. Hay una ética de la política que construye una épica y esa épica tiene representación en una estética determinada. Y esto se da en cualquier modelo o sistema político de cualquier época.

La estética es subsidiaria de la ética…

Cien por ciento, sin lugar a dudas. Cuando hablan de la construcción del relato, el relato es una forma en que una sociedad se cuenta a sí misma. La mitología griega no es otra cosa que un racconto de cómo la sociedad griega, sin la herramienta del psicoanálisis, se contaba a sí misma.

¿Y creés que viró la forma en que CFK comunica?

Obviamente. Antes era la presidenta de la Argentina y tenía un tema central en cuanto a la cuestión del poder y hoy no lo es. No es lo mismo comunicar el concepto presidente de la Argentina que el concepto opositora del gobierno que existe en este momento. No podés construir con la misma estética una épica que es diferente. Antes era la épica del poder y en este momento es la épica de la oposición.

Lo que nadie dice frente a ese tipo de cosas es que también hay una construcción austera de los espacios. Fijate que los actos de Cristina son un micrófono y una tarima. Punto. Y ahora ni siquiera eso: Unidad Ciudadana está haciendo una campaña de ponerla a Cristina en el llano, al mismo nivel de la gente y dándole la palabra a la gente.

Hay un aspecto también del contacto. Néstor Kirchner se arrojaba sobre la multitud y Cristina, en los actos, era y es abrazada…

Más que Néstor todavía…

A diferencia del macrismo, que…

Eso tiene que ver con el estilo propio de cada uno. El macrismo pone la gente a tres cuadras, como en un acto reciente en La Matanza. El mejor lugar para un político popular es en el seno del pueblo.

Y aparece ahí algo no planeado, en ese preciso instante y en contraposición a la escena montada de un presidente en un colectivo fuera de línea para la foto.

O en los timbreos, donde aparece Macri entrando a una casa y se ve a la mujer con cara de sorpresa pero la foto está sacada desde adentro.

Sin embargo, esto también lo ven los votantes pero, dicen algunos, no importa porque, aunque saben que es mentira, les reconforta ver a ese dirigente comiendo en el mismo McDonalds que comen ellos. ¿Con la foto se conforman?

Cristina nunca hizo eso. Fingirse a sí misma nunca lo hizo…

Pero ¿por qué les funciona a esos dirigentes?

Porque tienen una presión comunicacional de la corporación mediática que apoya la proliferación y malversación de ese mensaje. Funciona por eso solamente. Una cosa repetida un millón de veces se convierte en una realidad. Es la posverdad.

 

Teatro de operaciones

Grosman subraya entre las características de CFK un atributo que despertó su “fascinación” y que, al decir suyo, la vio en “muy pocos actores”. “Dicho en el sentido lato del término, como actores de un rol social”, aclara, y recuerda en ese punto a Alfredo Alcón y evoca a Tato Pavlovsky, con su obra “Potestad”, donde al principio el protagonista se gana la empatía del público y al final termina aborreciéndolo por ser apropiador de una hija de desaparecidos.

Al respecto, explica que Pavlovsky podía hacer que la primera parte durara 40 minutos o más de una hora, en base a la percepción sobre la experiencia viva del público. “Son personajes que tienen una particular relación con la gente que tienen adelante: comprenden, sin importar que se trate de un pequeño auditorio o que tengan delante a 500 mil personas, qué le está pasando al 100% de la gente y no te largan hasta que no logran hacer que la gente entre y entienda lo que ese actor o político quiere comunicar”, precisa.

En síntesis, el otrora productor teatral adjudica a Pavlovsky la capacidad de sentir la energía del espectador “frente a la cuarta pared oscura”.

¿La comunicación política se trata, entonces, de meter al otro en el mensaje de uno?

No solamente. Es la construcción de un mensaje que es del otro también. O sea, vos tenés que ser la voz de la gente. Tenés que ser el líder carismático pero en el sentido de apropiación de un concepto que lleve la bandera de lucha de lo que le pasa por la cabeza a la gente.

Eso pasa una vez cada tanto pero ¿qué alquimia se precisa para crear una figura a lo Pavlovsky?

Esos personajes no se crean. Son. Esos personajes están ahí y, por una particular y extraña coyuntura, se hacen cargo de ese rol que la historia les pone.

¿Uno podría decir que la comunicación política es igual a nada si no existe esa figura?

Lo otro es marketing. Obviamente, podés crear un producto, una mostaza nueva o un shampoo. Y la gente lo va a terminar comprando, hasta que salga otro y venda una mejor mostaza o shampoo. El asunto son esos productos, si querés hablarlo en esos términos, o esas personas que quedan en la memoria de la gente pero no en la recordación porque tenían un buen jingle sino en la memoria afectiva: se convierten en parte tuya.

Y conforme hay tantos avances tecnológicos, redes, segmentación y volumen de información, ¿se hace cada vez más difícil que aparezcan emergentes de esta naturaleza?

No, se hace distinto. Nosotros vivimos un momento de construcción de mensaje, vos decías recién, de la segmentación. No buscamos otra cosa que no sea la verificación de lo que creemos en los mensajes que leemos. Me meto en un circuito que cree y piensa tal como yo. El tipo que lee La Nación no lee Página 12. Son o somos muy pocos los que buscamos una construcción un poco más amplia. La gente lo que quiere es ratificar que lo que siente o piensa es la verdad.

¿No fue siempre más o menos así?

No, más o menos. Antes, los medios o los discursos sociales no tenían el grado de especificidad por el soporte. Cuando había tres o cuatro canales de televisión era lo que veías y veías eso o apagabas la tele. Hoy en día, el que está en un grupo de Facebook y conoce la realidad a través de Facebook, tiene una diversidad política y social escasa.

¿Cómo hacés comunicación política de masas cuando no se puede romper el algoritmo de Facebook?

Vos podés inventar lo que quieras pero Perón decía que la única verdad es la realidad. Es como si yo te dijera: “a qué electrodoméstico la vas a llevar más el apunte en las próximas elecciones, ¿al televisor o la heladera?”. El televisor te dice una cosa pero la heladera…

Es inevitable preguntarte por los objetos de La Guerra de las Galaxias y, en particular, por Darth Vader. ¿Qué te atrae de ese personaje?

Es una especie de personaje shakespeareano: es el más bueno y se convierte en el más malo.

¿Como el personaje de Pavlovsky en Potestad?

Me parece uno de los mejores personajes de la historia del cine. Un personaje con un nivel de delimitación tremendo: tiene una épica, que hace a partir de la ética y que se convierte en una estética determinada. Quién está dentro a nadie le importa.

¿El problema se resuelve cuando se tiene la capacidad de George Lucas para definir al malo de la película y, así, poder enfrentarlo?

No, justamente este personaje demuestra que los malos no son siempre malos y que los buenos no son siempre buenos. Como diría alguno, “en este mundo traidor nada es verdad ni es mentira. Todo es según el color del cristal con que se mira”.

 

Decartes o la sospecha dialéctica

Grosman cree que se asiste a una época de “nuevos modelos de liderazgo social”, cuya discusión aún no se cierra pero evidencia una crisis de representación. “Que Unidad Ciudadana haya decidido ir por fuera del PJ, más allá de lo coyuntural que significaba la presencia de otros candidatos, implica un nuevo reacomodamiento que terminará de verse en un par de años”, advierte. ¿Seguimos siendo deudores de la crisis del 2001? No sé. Creo que el grito del 2001 fracasó. No por el grito sino por la salida de esa crisis. ¿Son el macrismo y el kirchnerismo los dos espacios que mejor interpretaron eso que pasó? No estoy tan convencido de eso. Para lo bueno y para lo malo, volvió el concepto de algún reacomodamiento cartesiano y bipolar en Argentina. Se cayó de nuevo en una duda cartesiana y no en una sospecha dialéctica de que puede haber otras formas de construir la realidad. Hay como una especie de apoliticidad… Entonces, ¿qué es lo que viene? Nuevos reacomodamientos de la forma de concebir la política y la relación entre dirigentes y dirigidos, alianzas de clases distintas y que se vuelva a hablar de lucha de clases. ¿Suponés que se va a retomar la lucha de clases en la discusión? No me cabe la menor duda. Pero tampoco desde el concepto del marxismo filosófico sino como diría ese otro pensador argentino, Diego Armando Maradona, a partir de aquellos que vienen de los barrios privados, privados de luz, agua y consumo. La brecha se está haciendo cada vez más grande y llámenlo como quieran pero, si eso no es lucha de clases, se le parece muchísimo.