Por Abelardo Vitale

¿Cuánto tiempo debe pasar para poder hablar de “una tradición social”? Seguramente más que algunos años. ¿Serán décadas? ¿Un siglo? O se tratará de algo que excede lo estrictamente numérico y tendrá que ver con la posibilidad de trascender más de un ciclo, sea este social, político o económico.

Como sea, lo que sí está claro es que la Argentina tiene una larga tradición en torno a lo laboral, a tal punto que algunos estudiosos plantean la existencia en nuestras tierras de “luchas sindicales” aún antes de la conformación de nuestro país y hasta de la propia existencia del sindicalismo en tanto tal, allá por el siglo XIX. Que los gauchos sí sabían retobarse, carajo.

Tan cierto como lo anterior es que nuestro país tiene también una tradición de lucha social que va mucho más allá del campo del movimiento obrero. A los argentinos nos gusta protestar y, sobre todo, pelear por los que consideramos “nuestros derechos”.  Esa es una particularidad bien marcada y que sorprende a todo aquel que, viniendo de fuera, posa su mirada crítica sobre nuestra calles.

Y esa protesta, policlasista, polietárea, múltiple, diversa y desbolada, que va desde los organismos de derechos humanos hasta los vecinos de Recoleta o de González Catán cuando les cortan la luz, tiene una marca: se ejerce en la calle, en el espacio público. Es dadora de identidad, que como tal debe ser reconocida exponiéndose ante los otros.

Así como el movimiento obrero argentino debe mucho de su historia a esos inmigrantes europeos anarquistas y socialistas, el campo de los diversos movimientos sociales (entendiendo como tales a mucho más de lo que hoy llamamos así) le debe mucho al sindicalismo nacional. Porque el movimiento obrero de estas pampas albergó y aún alberga la perenne tensión entre reclamar  y negociar, entre la lucha de clases y la lucha por entrar a la clase media y ese péndulo tan humano entre el martirio y la traición, pero no puede ocultarse que los obreros argentinos hicieron docencia sobre toda nuestra sociedad a la hora de ganar la calle. Mal que les pese a esos sectores que supieron cacerolear reclamando dólares para poder viajar al exterior en paz, el hecho de llevar esa protesta al espacio público tributa de modo directo ahí: en los sindicatos.  Este es, quizás, uno de los aportes menos valorados –por propios y ajenos- que nos ha legado el movimiento obrero argentino a cada uno de nosotros.

Pero vayamos a algo más cercano a la actualidad. El inicio de este 2017 ha traído, otra vez, un reverdecer de la protesta y las luchas sectoriales. Algunos de estos reclamos tienen directísima relación con la marcha negativa de la economía y de un gobierno que se expresa cada día sin dar cuenta de una sensibilidad social que –en nuestros parámetros históricos- resulta imprescindible. Otras manifestaciones, también muy populares, como la marcha de las mujeres, vienen a catalizar décadas de lucha por los derechos, la paridad y la igualdad. Pero todas nos muestran que “se trata de ganar la calle”.

Vemos entonces como, en pocos meses, millones de compatriotas se han manifestado de manera muy masiva. Sin embargo, una sola de estas marchas fue objeto de críticas “desde adentro”: claramente estamos hablando de la movilización que hiciera la CGT a mediados de marzo. Y aunque podríamos extendernos en la crítica a esa dirigencia que en aquel momento no supo escuchar el reclamo de sus afiliados (porque no jodamos, eran los afiliados los que exigían la fecha del paro), vamos a preferir rescatar algo que pasó sin pena ni gloria volando bajito debajo del radar de la opinión pública. Fue este triunvirato de la CGT, y por añadidura todos aquellos sindicalistas y sindicatos que lo entronizaron, el que por primera vez reconoce como trabajadores a esa inmensa masa de habitantes al borde del abismo que hoy se agrupan en los movimientos sociales.

Ese reconocimiento, aún tardío, por parte de los trabajadores formales a los trabajadores informales, los de la economía popular, los de las cooperativas, es el legado que esta dirigencia sindical realmente existente deja para los próximos dirigentes que vengan.

Déjenme, por un rato, ser esperanzadamente reformista: en la larga no es poco.