Por Facundo Baños

Quedó en el patio de casa una alfombra de baño sucia y retorcida. Estuvimos a punto de tirarla a la basura antes de irnos de vacaciones pero la dejamos ahí, olvidada, y se chupó las lluvias que hubo en nuestra ausencia. De a poco se fue secando pero es de esas alfombras apretadas, espesas, y el sol de los otros días no pudo más que dejarla en un estado de humedad pegajosa.

Llegamos de noche a casa y no encendimos la tele hasta la tarde siguiente, y ahí nos engrampamos con las placas implacables de los alacranes y los panelistas de siempre opinando como siempre de cosas que aprendieron esa mañana. Que los peligrosos son así, que los inofensivos son asá. Nos entretuvimos un rato mientras almorzábamos un par de sánguches de fiambre. Después apagamos la tele y la desenchufamos porque nos dijeron que ese redondelito rojo come electricidad full-time, y acá estamos en plan de reducir gastos.

¡Es un tema volver de vacaciones, che! Lavar la ropa, sentir otra vez las paredes húmedas, los pulmones que se te cierran un poco, el calor te agobia, te duele la cabeza. En fin. Pensábamos que teníamos que baldear el patio, estaba lleno de hojas. Y ahí la vimos. Había quedado abajo de la pileta, apestosa, gris, nefasta. La custodiaban un par de bichos bolita pero lo peor estaba por venir, apenas hurgáramos un poco. Me acerqué con cierto criterio y la tomé con los dedos en forma de tenaza. Ese trapo no me inspiraba confianza alguna.

¡Y no me equivoqué, señores! Ahí estaba, ¡nuestro propio alacrán! Acá, en el patio de casa, un asesino a sueldo con el arma en el ojete apuntándonos al dedo gordo del pie. ¡Habrase visto! Nos estaba esperando el turro, paciente, impertérrito, agazapado en su guarida con olor a podrido que no eliminamos a tiempo. Puta madre, ¿por qué no habré puesto más atención a la información trascendental que estaban debatiendo en la TV? ¿Cuál era el alacrán que pica y el que no? ¡Qué pretende el bicho este de mi patio! Es pequeño, cierto, no debería desconcertarnos. Un buen pisotón y listo, a la lona. Ahora se quedó quieto, tan quieto como se quedan estas cosas venenosas justo antes de mandártela a guardar. No es un buen síntoma.

Pero, carajo, qué chiquito es, ¿será menor de edad? Bueno, eso no quiere decir que no tenga un veneno mortal en ese aguijón. Hay que actuar. Mejor pisarlo y a otra cosa, total su vida es una basura, ahí, en esa alfombra hedienta, poco digna, imposible de urbanizar. Seguro que no tiene capacidad de desarrollar sentimientos. Si lo piso, le hago un favor. Insecto horrible, ¿de qué te sirve ese aguijón que traés en la cintura? No vas a ganar nunca, este mundo no es para vos. ¿Qué hacés acá, en mi casa? ¿No ves que tu alfombra la prendo fuego si quiero? En la televisión te detestan, no te quieren ni ver: no importa cuán chico seas, tu destino está entre el piso y mi zapatilla. No sé si tenés aguijón porque me perdí la parte de los buenos y los malos, pero tu aspecto no me agrada y por las dudas te voy a aplastar, y tu veneno te lo vas a tener que comer.

Quisiera saber más sobre los alacranes como vos porque ahora me carcome la duda: ¿cuáles son indefensos y cuáles son peligrosos? ¡Que alguien me desasne, por dios! Voy a poner más atención a la gente de la televisión. No me gusta cuando dudo. Eso sí, insecto ruin, tu alfombra mojada vuela de acá. Y vos, mirame, vos me das pena… ¡Paf!