Por Diego Genoud
Yo nací en la Capital de La Rioja, pero por casualidad, porque mi papá era director de una escuela en La Jarilla, muy cerquita de Chepes, bien en el Sur, ya más cerca de San Juan. Y en unas vacaciones, me tuvieron a mí, que soy la única nacida ahí. Después a mi papá lo ascendieron a inspector viajero y nos trasladamos a la ciudad… Las mellizas Ana María y María Cristina vinieron de sorpresa porque en esa época no había ecografías ni nada, así que mi mamá no sabía que eran dos. Llegaron cuando mi hermana menor tenía 15 años, yo 19. Fue gracioso porque nació la primera y la enfermera gritó: ¡Doña Brigida! ¡Hay otra!
Ahí se enteró mi mamá que eran dos.

A los 88 años, Alba Lanzilloto recuerda entre risas el nacimiento de sus dos hermanas desaparecidas. Ana María, militante del PRT-ERP secuestrada con un embarazo de 8 meses junto a su esposo Domingo “El Gringo” Menna en el mismo operativo en el que cayeron bajo la metralla del Ejército Mario Roberto Santucho y su esposa Liliana Delfino, hace ya 40 años. Y María Cristina Lanzilloto, detenida también junto a su esposo, Carlos “Cacho” Santillán, militante del PRT nacido en Santiago del Estero. “María Cristina desapareció en Pergamino, la llevaron a San Nicolás y un policía dijo que ahí la habían matado.

Anduvo por varios centros clandestinos y terminó en El Vesubio o en Proto-Banco. La llevaron al paredón que había en el cementerio de Avellaneda y la fusilaron por la espalda porque tenía las costillas rotas. Encontramos sus restos en una tumba. En cambio, la Ani y el Gringo Menna nunca se supo. Yo creo que al Gringo lo han tirado al mar”, dice Alba.

Profesora de literatura, heredera de una familia emblemática de La Rioja, viuda del poeta Ariel Ferraro e histórica lugarteniente de Abuelas de Plaza de Mayo, Lanzilloto es un mujer chiquita, de pelo corto y canoso, que se distinguió siempre por hacer mucho más de lo que decía mientras iba a cada sitio en donde la reclamaban. En los últimos años, abandonó el organismo de derechos humanos que ayudó a construir y tuvo algunos contratiempos que la obligaron a salir a la calle menos de lo que quisiera. Primero tuvo pancreatitis y después -en un viaje a Pegamino para dar testimonio en una causa judicial- se cayó y se fracturó el fémur. En este 2016, como si fuera poco, la culebrilla se ensañó con su cuerpo.

“No puedo andar como antes andaba. Los dolores que me han quedado en el brazo, en el cuerpo, pueden durar hasta dos años, según dice la médica. Cuando estoy bien, subo a la terraza, le saco las hojas secas a las plantas, las voy mirando si están bien, barro la basura que se junta. Y después vengo, a veces hago un poquito de comida para mis nietos Santiago y Clarita -cuando está- y les arreglo el ropero porque son desordenados. Además, escribo y junto botellas y papeles para los cartoneros. Mi nieta mayor me dice “abuela, pará”.

Alba ingresó a Abuelas cuando volvió de su exilio de 7 años en España. Tenía que buscar un sobrino. O sobrina. Antes de partir al exilio, había estado presa unos 20 días en su provincia. “Me llevaron porque estaba cerca de monseñor Angelelli. Somos todos muy cristianos en el fondo, algunos no practican, yo sí desde niña. No era cristiana –aclara-: era católica, apostólica, romana. Monseñor Angelelli me enseñó a ser cristiana, es la diferencia”.