Kamchatka entrevistó al historiador Ezequiel Adamovsky, para tratar de desmadejar los comportamientos electorales de un país cada vez más fragmentado. Autor del libro “Historia de la clase media argentina”, sostuvo que “los sectores medios no se comportan como sujeto político desde hace mucho tiempo”, y sugirió que el macrismo conecta mejor que otras fuerzas políticas con ciertas capas de los sectores populares a través de la idea de “emprendedurismo”.

¿Creés que la sociedad argentina sigue votando con el bolsillo, incorporó elementos emocionales o nunca votó pensando en el órgano más sensible?

La decisión del voto siempre fue una combinación de elementos. Nunca fue solamente bolsillo. Una cuestión que es decisiva, además de las identidades políticas que uno puede tener o heredar, son las opciones de futuro. A veces, uno puede estar pasando una mala situación de bolsillo pero una visión de futuro optimista lo convoca a votar, y viceversa. Es una simplificación decir que se vota con el bolsillo, en general. Y en estas elecciones, las que llevaron al macrismo al poder y ésta última -en la que reconfirmó la victoria-, la visión de futuro es central. Porque si fuera por el bolsillo, está claro que nadie está mejor, salvo los más ricos. Si gana, es porque está proponiendo una visión de futuro que para mucha gente resulta atractiva, en un escenario donde no hay otras visiones de futuro que compitan con esa. El macrismo gana por la vacancia de futuro en las propuestas opositoras. El kirchnerismo apeló a un discurso mirando el pasado, llamando a conservar lo hecho (en 2015) o llamando a impedir que el gobierno actual haga (en este turno electoral) pero sin proponer una visión de futuro mejor. En ese contexto, el macrismo, que tiene una visión de futuro muy modesta pero que tiene una, consigue movilizar apoyo.

El voto del macrismo ha permeado en las capas populares. ¿Las clases medias han logrado expandir su sentido común, haciendo que sectores subalternos o populares adhieran a su mirada de las cosas?

Yo creo que no.  Insisto en cuestionar cierta sociología que comparten el kirchnerismo y la distintas variantes de antikirchnerismo sobre la existencia de una idea de corte de clase claro en las identidades políticas, según la cual las clases bajas serían kirchneristas y las clases altas votarían al macrismo. Los sectores medios no se comportan como sujeto político desde hace mucho tiempo. Durante todo el período kirchnerista, por lo menos un tercio de esos sectores votaron al kirchnerismo. Y del mismo modo, esa sociología veloz impide ver que el macrismo está arrastrando un voto muy importante en las clases bajas. No hay un corte de clase en el voto, aunque sí hay una tendencia: cuánto más pobre es alguien menos tiende a votar al macrismo y, al revés, cuanto más rico es alguien menos tiende a votar al kirchnerismo.

En la última edición en papel, Hilda Sábato le dijo a esta revista que no hubo nunca una relación lineal entre la clase y la identidad política en Argentina. Incluso, menciona el hecho de que los partidos mayoritarios, como la UCR y el Partido Justicialista, fueron policlasistas…

Pero allí pasaba algo con el peronismo histórico, hasta el 83’ –y ahí se quiebra-, y es que las clases populares eran abrumadoramente peronistas. Es cierto que el peronismo era policlasista porque arrastraba votos de sectores medios pero tenía un bloque consolidado y firme en las clases bajas, que hoy no tiene.

¿Por qué se fecha el quiebre en el 83’?

Fueron las primeras elecciones donde se vio que una porción decisiva de la clase trabajadora votó a (Raúl) Alfonsín, y le dio la victoria. Alfonsín ganó porque consiguió “robarle” al peronismo una porción, todavía pequeña pero decisiva, del voto obrero.

Prometiendo futuro a través de la democracia…

Exactamente. Prometiendo futuro contra un peronismo que hizo campaña diciendo “somos la rabia”, identificándose con un momento muy traumático del pasado.

 

Insisto en cuestionar cierta sociología que comparten el kirchnerismo y la distintas variantes de antikirchnerismo sobre la existencia de una idea de corte de clase claro en las identidades políticas. Los sectores medios no se comportan como sujeto político desde hace mucho tiempo. 

 

Si sigo este análisis, ¿el principal problema no es tanto la falta de una opción electoral para la clase sino la desaparición de ciertos sectores como sujeto político?

Lo vienen señalando estudios desde hace mucho. El movimiento obrero ya no es eje vertebrador de las clases populares. Es una parte de su experiencia pero la fragmentación es muy grande y algo comparable aconteció en los sectores medios.

¿La tarea organizativa o la interpelación de oficialistas y opositores tienen que centrarse en la búsqueda de la conformación de un sujeto político?

Depende cuál sea tu política. Para un gobierno como el de (Mauricio) Macri, no hace falta un sujeto político porque la interpelación es a individuos a través de una propuesta estética -más bien emotiva y estética, porque no es político-argumentativa como las conocíamos-. Ese es un rasgo que se ha ido contagiando a toda la política. En las elecciones de 2015, con la imposición del debate televisivo, se ve que el candidato no interpela al pueblo o la clase, ningún sujeto colectivo sino a la persona mirando la tele en el sillón de su casa. A ese individuo se refirió explícitamente Macri, cuando dijo “a vos, que estás mirando en tu casa”, pero también (Daniel) Scioli.

¿La clase media no se convierte en sujeto político o asume una conciencia diferente en momentos críticos, como puede ser el 2001?

En 2001, la gente que masivamente salió a la calle no salió como clase. Tanto en la gramática de la acción colectiva como los discursos y los reclamos no había un recorte de clase media separado de clase baja. Hubo más bien la decisión de fundirse en un sujeto popular, no hubo signos de orgullo de clase media distinguiéndose de los de abajo. Por otra parte, las personas de sectores medios han tenido una participación política muy intensa en la historia argentina, muchas veces en movimientos políticos que construían solidaridades populares amplias. El yrigoyenismo y el peronismo fueron eso. La lucha de los 60′ y 70’ lo fue y también fue eso la resistencia al neoliberalismo en los 90’. No es rara la politicidad de los sectores medios en nuestro país. Más bien es la norma. Contrariamente, lo que ha sido más raro es que esa politicidad se manifieste como un sujeto político separado de la clase baja u opuesto a ella.

Sin embargo está esa hipótesis, quizá de sentido común pero se repite desde Arturo Jauretche para acá, por la cual se afirma que el peronismo nutre a las clases medias que luego le quitan su apoyo.

Es una hipótesis de sentido común, un estereotipo muy nocivo sobre todo en la actualidad. Porque, en el 55’, había un corte de clase pero, fuera de ese contexto, ese corte resulta raro.

 

No es rara la politicidad de los sectores medios en nuestro país. Más bien es la norma.

 

Por más que la clase media tenga ese sentido de la politicidad que se describe, se mueve por intereses económicos distintos. En la teoría sociológica, se encuentran análisis sobre el gusto y la distinción. ¿No hay algo de ese patrón en la clase media operando?

Lo que estoy tratando de decir –lo digo brutalmente y después lo complejizo- es que no existe clase media. Existe un degradé de personas con posiciones sociales distintas. Obviamente, la cantidad de dinero y el tipo de trabajo que uno tenga incide en su orientación política pero esa orientación no se arma en un esquema tan fácilmente delimitable como clase alta, media y baja…

Chau, (Max) Weber…  

Sí, en ese punto, sí. La clase sigue siendo central para entender la realidad pero la realidad no se divide en tres clases.

¿Y el imaginario?

A nivel de imaginario, hay un discurso de clase media muy instalado. Hay encuestas que dicen que el 80 por ciento del país se percibe como clase media, con lo cual debiéramos eliminar cualquier otra preocupación si eso fuera así. En mi trabajo, yo insisto en que se trata de una identidad que no está anclada en una clase verdadera. Es una identidad con efectos múltiples, incluyendo efectos políticos, pero no es una clase social que anime a las personas a actuar como sujeto político.

El desconcierto

¿Se ha inoculado el odio desde las expresiones políticas en pugna, como se dice desde distintas vertientes interpretativas, y eso se traslada al voto?

Hay una explicación que tiene que ver con el odio. El escenario político se partió de una manera muy intensa en los últimos tiempos del kirchnerismo y hay una porción del electorado que va a permitir prácticamente cualquier cosa, sin siquiera mirar de qué se trata, por el odio que le causa el kirchnerismo. Ese es el famoso tema de la grieta. Pero esa no es la explicación completa. Hay otra porción del electorado que no vota por odio sino que, sencillamente, quiere dar una oportunidad a una propuesta que le resulta atractiva. Ese electorado verá, en algún momento, que esa propuesta no es tan atractiva como imagina, supongo, pero en cualquier caso hay un atractivo del macrismo –pensando sobre todo en los sectores bajos- vinculado con el horizonte individual y que ha sido reformulado en torno de la ideología del emprendedurismo. Y es enormemente atractiva para clases bajas: a diferencia de la noción del empresario exitoso, que es lo que teníamos en los 90’, el emprendedor puede ser de cualquier nivel social. La identidad del emprendedor o percibirse a sí mismo como emprendedor, en otros países de América latina, ya es una identidad popular fuerte. Es una visión que conecta los esfuerzos individuales, porque vale para un vendedor de limones en la calle o un desarrollador de software exitoso, con una visión de progreso personal y una visión débil desde lo colectivo pero existente. Porque el emprendedor “arma equipos”, “innova” y los beneficios se “derraman” en el entorno.

¿Expresa mejor el macrismo a esos sectores o sus aspiraciones?

Expresa mejor las aspiraciones de una sociedad muy fragmentada y descolectivizada en todos sus niveles, en un contexto donde no hay otra visión de lo colectivo disponible. En el momento en que surja algo en ese sentido que conecte mejor con lo popular, me parece que va a tener más problemas.

Ahí debería jugarse el rol de la militancia organizada pero está desprestigiada socialmente, quizá…

Sin embargo, hay mucha militancia macrista. Usa otras palabras pero el macrismo moviliza una militancia de base…

Apelaba a eso porque la organización es tal vez el lugar desde donde se puede estructurar un discurso que ordene las fuerzas…

Lo que pasa es que Argentina tiene una energía militante enorme por todas partes, y esto incluye desde la derecha macrista hasta la izquierda pasando por el kirchnerismo. Lo que digo es que hasta ahora esa militancia es reactiva. Es decir, está organizada en torno de la resistencia y no tiene una visión de futuro que sea superadora. En el contexto actual, el polo electoral opositor es la figura de Cristina Kirchner y es una figura que está identificada con un gobierno que terminó y ella misma se identifica con un discurso reactivo: poner un freno al otro en lugar de avanzar hacia una sociedad mejor. Es un momento de bloqueo político.

Ante el asedio macrista y la concentración de poder, ¿cómo imaginarse otra cosa que no sea la de fortalecer una posición defensiva?

Eso es una fotografía de la realidad de cualquier tiempo y lugar. Siempre la clase alta precede en organización. La clase alta siempre es una clase. Y el Estado mismo está relacionado con esa capacidad de la clase alta de constituirse como clase. Y siempre el trabajo de las clases populares es articularse como sujeto político porque no están articuladas de suyo, a diferencia de la clase alta que suele estar articulada de suyo a través del Estado o sus diversas instituciones. Los mejores avances en la capacidad organizativa son cuando están animados de una visión de futuro. Cuando son puramente reactivos, son centrales para evitar el avance en todos los frentes de los sectores dominantes y todo lo que se pueda hacer es crucial. Me cuesta mucho creer que una política de resistencia pueda evitar el retroceso. Porque eso consiste en retroceder lo menos posible en un contexto dominado por el otro.

¿El macrismo es hegemónico ahora o es apresurado decirlo así?

En este momento, es débilmente hegemónico. Consiguió ahora una hegemonía bien ganada pero es sin embargo débil porque hay una porción cercana a la mitad de la población argentina que rechaza esta política. Todavía no está ni convencida ni resignada a aceptarla.

¿Y el kirchnerismo fue en algún momento hegemónico o siempre fue contrahegemónico, aun cuando tuviera el control del poder político institucional?

Políticamente hegemónico no significa que hayas desarmado los poderes fácticos y, en ese sentido, el kirchnerismo tuvo una hegemonía también.