Lo primero es lo primero: Wikipedia. En este caso está bien, es correcto, combina, porque los buitres son un subproducto de la Wikipedia, o quizá sea al revés. Los une una temporalidad capitalista. La Wikipedia como referencia básica de orientación en un mundo globalizado, como un GPS de sentido, a conciencia de que muchos de sus datos son ciertos, pero que no hay certezas. Así es nuestro mundo hoy. Incierto. La liviandad que tiene Wikipedia como fuente le hace justicia a su carácter, una guía de urgencia sobre personas, lugares, costumbres, países, acontecimientos. La urgencia con la que se recurre a Wikipedia es prima de la ansiedad que se nos ha instalado adentro, en nuestros pulsos, en nuestras necesidades, como si ya no existieran los pasos de la elaboración o del proceso (necesarios en la producción, en la construcción, en el amor, en la política, en el horneado del bizcochuelo), como si nuestra relación con los contenidos fuera un touch and go, un no me importa demasiado qué me das, un dame algo, cualquier cosa y que sea ya.

Los buitres, por su parte, como instrumento de multiplicación de dinero y de la ambición por el dinero por fin ya liberada de absolutamente toda cuestión moral, los buitres como expresión de un Sade maquinando goces oscuros en el mundo, operando triunfalmente en sus propias finanzas desbordadas, surgieron contemporáneamente a esa urgencia de saber cualquier cosa para repetirla rápido. La urgencia de los buitres es constitutiva de su accionar, aunque paradójicamente compren barato para esperar, litigar, negociar y alzarse con las riquezas de países en quiebra. Nunca hasta la llegada de los buitres el capitalismo había parido un instrumento tan sanguinariamente tenaz, y tan desbocado con semejante objetivo visible: conseguir dinero a cambio de destruir pueblos, desmantelar naciones, obstruir de antemano el desarrollo de generaciones, hacer campo muerto del campo fértil.

Los buitres y su estrategia litigiosa en realidad son una puesta en escena de la espera, ya que esperan como quien ve pasar los meses de su plazo fijo, pero el plazo fijo de los buitres está hecho con las humanidades de millones de seres humanos que no tendrán agua potable ni seguridad social ni jubilación ni salud pública ni caminos ni trabajo ni orgullo de lo que han hecho con sus vidas, porque sus vidas estarán malditas desde antes de nacer por deudas inexplicables, ilógicas, insensatas, que además se alejan de la idea que tenemos de una deuda: los millones que las sufren no han recibido nada a cambio, no pagan por algo que le han adelantado, sólo acatan, aplastados, el devenir de asientos contables entre ricos sin vergüenza.

Lo hemos vivido, padecido y experimentado ahora en la Argentina: los buitres, por el momento, necesitan de la política para embolsar sus botines de guerras judiciales, y realzan y colocan en escena, en primer plano, precisamente el tipo de política y de dirigentes políticos que hacen que la política dé náuseas. Es el círculo virtuoso para los buitres y vicioso para los pueblos. Los buitres, que comen carroña, lo primero de lo que se alimentan es de la carroña política.

Busqué “buitres” en la Wikipedia, y lejos de parecerme lo que leía sobre esas aves rapaces información ligera, me pareció leer un texto parabólico, casi de metáforas enlazadas, referido a gente como Paul Singer. Decía allí que esas aves “del orden Falconiformes suelen alimentarse especialmente de animales muertos, aunque a falta de estos, son capaces de cazar presas vivas”.

Dice también que una característica particular de los buitres es su cabeza calva, desprovista de plumaje, y que “esto se debe con seguridad a que una cabeza con plumas se mancharía con sangre y otros fluidos durante la alimentación”. No suelen matar ellos a sus víctimas, porque carecen de garras poderosas. Lo suyo es un sobrevolar guiados por su olfato, y guiados por él hacia donde laten agónicamente quienes serán engullidos. Los buitres no huelen la muerte: se anticipan a su goce oliendo las agonías. Y una curiosidad más: aunque no tienen garras afiladas, tienen lenguas dúctiles y preparadas para masticar y tragar con suma rapidez especialmente la carne blanda, y que les permite luego succionar hasta el tuétano de los huesos.

A favor de que el pueblo argentino sea la carne blanda y el hueso con cuyo tuétano se relama gente como Paul Singer, en la Argentina no han votado solamente los previsibles amigos de los buitres, sino también muchos dirigentes que fueron elegidos a conciencia y para votar en contra. Una vez más, seremos engullidos por las malas artes de lo más podrido de la política.

Por Sandra Russo