Por Emilio Ruchansky

Recién mudado al primer piso de la Casa Rosada, Alejandro Rozitchner confirma el buen momento que atraviesa como asesor de comunicación del Poder Ejecutivo. Antes estaba en el segundo piso, lejos del Presidente y en una oficina más chica. El cuarto, de aproximadamente dos metros y medio de ancho por siete de largo, tiene techos altos con una mancha de humedad en una esquina, tres puertas y dos ventanas, una da la Plaza de Mayo. En un costado, sobre el piso, yace “People on the beach”, un cuadro del inglés Peter Brannan de 1959. Se disculpa. No tuvo tiempo de colgarlo. Un asistente le trae una pila de diez libros que le manda su editorial, es su ultimo material: “La evolución de la Argentina”.

“Doy una mano en lo que me piden”, dice este licenciado en Filosofía, que se autodefine como pensador. No se menciona a su padre, León, filósofo fallecido ya aunque se hable de la figura de “los padres”. Las diferencias ideológicas entre ambos eran abismales, por más que él se esmere en deslindarse del concepto de ideología en un gesto medio “hipster”, como tanto se dice por ahí.

Rozitchner está a favor de la despenalización del aborto pero en sus propios términos: “No es un derecho sino una desgracia, tendría que ser legal pero no me gusta que se lo reivindique como un derecho de la mujer. Realmente creo que hay una muerte ahí, que es traumática”. Aunque sostiene la catequesis de la supuesta guerra a las drogas, aclara que “no hay ningún tipo de prejuicio en el gobierno nacional respecto de la marihuana”.

Quería preguntarte acerca de esos videos en los que hablás de los valores del PRO: positividad, cercanía y futuro.

Eso, en realidad, no es que me lo pidieron. Surgió trabajando con Marcos (Peña). La idea de determinar cuáles eran nuestros valores. La idea de los valores a mí no me gusta del todo porque remite siempre a una impostura. Hacer explícitas las cosas que te importan supone creer que la racionalidad y la conciencia son más determinantes que en lo que en realidad son. Pero entiendo que hay una utilidad en tratar de establecer algunos conceptos de base y los valores son como cartelitos, ¿no? Cartelitos indicadores. En general, cuando una empresa o una institución hablan de sus valores, adopta siempre una especie de posición impostada y a nadie le importa mucho lo que se dice ahí. Pero también se pueden trabajar esos cartelitos y valores con un poco más de creatividad e imaginación. Y creo que el planteo que hicimos da un pasito en ese sentido.

Cuando pensaste estos conceptos, ¿estabas mirando en el contexto político del kirchnerismo?

Nosotros no tenemos mucho esa tendencia a definirnos en función de la escena política. Tenemos más bien la tendencia a expresar nuestro querer, nuestro deseo. Creemos en hacer cosas, creemos que el país necesita un cambio que se está produciendo, creemos que la mayor parte de los argentinos está cansada de ciertas prácticas y costumbres. La Argentina está contenida, reteniendo la evolución, muy ligada a un pasado que ya no existe y nos ubicamos en ese contexto más que en la oferta política.

Eso sería algo cercano al trascendentalismo norteamericano

No me manejo mucho con las teorías descriptivas. No digo que no me guste. No me interesa pensar en torno a esos términos.

Pero cuando hablás de futuro, ¿hablás de eso?

Sí. En realidad, el futuro también es un tiempo que puede enajenar tanto como el pasado. Pero, por lo menos, es un tiempo virgen y es donde se proyecta el deseo. El pasado no tiene ninguna posibilidad de ser alterado. Está muerto. El pasado está lleno de gente muerta, como me gusta decir. El futuro es el tiempo de tu deseo, es el tiempo de tus hijos. Y me gusta mucho más la gente que tiene una vocación para conectarse más con sus hijos que con sus padres. No me gusta tanto idolatrar a los padres, la tradición y todo eso. Me gusta más conectarse a la vida nueva que traen los hijos. Me parece que una familia sana está conectada más con el amor a sus hijos que con la veneración de sus padres. Y la Argentina tiene un problemita con eso, ¿no? Está pasada de historia. Cree de una manera absurda que del conocimiento de la historia va obtener las claves para el presente y el futuro, lo cual ya tendríamos que concluir que no sucede. La historia es interesante, es linda, me gusta leerla pero no es orientadora. Lo que es orientador es tu deseo.

Y esta idea de cercanía, vos decías en esos videos que el pueblo ya no es el sujeto político sino el individuo o el vecino…

En realidad, sujeto político es como un chiste intelectual. Suponer que hay un sujeto político… es como un juego medio intelectual. Me gusta la idea de sacarle ese rol protagónico al concepto de pueblo en el contexto de la política y otorgársela al individuo, que me parece un planteo mucho más realista. La realidad siempre está observada desde el punto de vista de una persona. El pueblo es una abstracción. Y es una abstracción que resulta de amuchar a las personas, sacarles a cada uno lo propio, encontrar rasgos comunes y básicamente poder manipular esa masa con objetivos que siempre van en contra de las personas que lo componen. Para mí, la idea de pueblo es una idea siempre fascista, sea usada en el fascismo clásico o en el populismo. Siempre es una desgracia.

O sea, sería una idea uniformadora…

Es uniformadora y saca de la escena la fuerza más importante, que es el deseo. El deseo de los individuos es lo que realmente construye comunidad. Yo no creo que los individuos estén en contra de la idea de comunidad o que, si vos apoyás más la idea de individuo, estás desarmando la idea de sociedad. Al contrario. Creo que la sociedad viva, valiosa, productiva, capaz de evolucionar y de crecer, es la sociedad que reconoce ese nivel de la realidad. Somos todos individuos, que morimos solos, y nuestra vida está guiada por nuestros amores concretos, deseos, proyectos personales, compartidos. Una sociedad funciona cuando son individuos que se conectan, se suman, se quieren. No cuando dejan de lado la cosa individual para perseguir una abstracción llamada pueblo. Creo que no resulta bien.

Sería parte de una retórica política que siempre estuvo…

Que habría que renovar, ¿no? Yo creo que hay un montón de ideas que conviene abandonar. Lo mismo, la palabra ideología. Nadie dijo, no está establecido en ninguna religión que haya palabras inamovibles. Las palabras son recursos que usamos para decir y hacer cosas. La palabra ideología se usó en una época para decir determinadas cosas. Ahora queremos decir otras. No es cierto que todo tiene ideología y tiene que ser traducido en esos términos… No, por qué, quién dijo. Qué autoridad sagrada te está diciendo eso. Caguémonos en la palabra ideología y hablemos de otra cosa. Hablemos de visión del mundo, que es un término más libre, más humano, más filosófico…

¿No ves la existencia de una falsa conciencia?

Usemos las palabras que queramos usar para decir lo que queremos hacer. No hay ninguna tradición en ese sentido que haya que respetar. Lo valioso de la tradición está en tu deseo, tu inocencia y lo que querés hacer.

¿Y la positividad? Es una idea que siempre está presente en los discursos del Presidente. Eso de que hay que ir para adelante, que hay quilombos pero vamos a salir…

Sí. Básicamente, en otro plano más existencial, diríamos que eso es ganas de vivir. Y tal vez, la explicitación, la teoría, los conceptos que usamos racionalmente para entender la realidad están más ligados o tienen una raíz que tiene que ver con la crítica a la negatividad, como caracterizaciones de la inteligencia. Que es contra lo que me rebelo. Para mí, “la idea del pensamiento crítico es la clave de la inteligencia” es una pelotudez absurda que sostenemos y repetimos como loritos sin pensarla dos veces. Siempre planteo lo mismo: los docentes en general dicen “yo lo que quiero es que mi alumno desarrolle pensamiento crítico”, como si con eso le diera una vacuna al pibe y lo salvara de todos los males. Yo preferiría que dijeran “yo quiero que mis alumnos desarrollen entusiasmo”. Es decir, que quieran algo y que aprendan a trabajar para lograr eso, siendo el pensamiento crítico una subfunción del pensamiento. No digo que deba desaparecer. Pero caracterizar la inteligencia como pensamiento crítico es meramente temor e ignorancia. E ignorar que la realidad no evoluciona por el pensamiento crítico, evoluciona por deseo, por querer…

Vos venís de una familia de intelectuales.

Lo sé, por eso. Siempre me acuerdo de Obelix, que se cayó en la marmita cuando era chiquito y no necesitaba la poción mágica como Asterix. Yo nací en un hogar de izquierda. Pensamiento crítico, desconsuelo, impotencia. En parte, por historias duras. Y en parte, porque me parece que toda la impronta del pensamiento intelectual, durante mucho tiempo, estuvo ligada a eso. No quiero poner en cuestión si alguna época lo mereció o no. Pero me parece que es absurdo que mantengamos vivas tradiciones que no queremos mantener vivas. Y hay que atreverse a ir en contra de ese dogma sacrosanto y estúpido del pensamiento crítico. Ni siquiera la ciencia está basada en el pensamiento crítico. Eso es una patraña. Hay pensadores del pensamiento crítico que lo encuentran en todos lados y lo justifican. La ciencia no procede por método crítico. Procede por intentar conocer y reconocer el relieve de la realidad, la forma física. Que una teoría nueva descarte otra no quiere decir que una teoría nazca por crítica de la anterior. Y los científicos más geniales no son pensadores críticos son más bien intuitivos, imaginativos, creativos que postulan cosas rarísimas y terminan por probarlas…

¿Cómo quién?

Digo, los grandes científicos atómicos y todo eso. No soy un conocedor del tema. Supongo que habría que hablar de Einstein, que se formó muy intuitivamente. ¿Viste esos cuentos de él mirando el cielo y pensando cosas? Hay otro que se llama David Bohm, que no me acuerdo qué dice pero me impactó en su momento.

¿Y la idea de entusiasmo?

Para mí, la palabra entusiasmo siempre fue relevante. Escribí en 2002 un texto que publiqué en la revista La Nación llamado “Teoría del entusiasmo”, tratando de entender yo mismo qué era el entusiasmo. Lo publiqué y fue como una especie de conversación. Me empezaron a llamar de empresas para hablar del tema. Y también cuando empecé a participar y tener conversaciones con este grupo político a mucha gente le interesó y se constituyó en una referencia. Es una manera de legitimar el deseo. La idea de que estamos en un mundo donde el valor ya no es más el sacrificio. Habría que suplantarlo tal vez por el esfuerzo. El sacrificio es algo que vos hacés y no te va a provocar ningún beneficio, que tortura y que es valioso precisamente por eso. El esfuerzo es algo que vos hacés sin tener muchas ganas de hacer pero te da un bien posterior. Entonces, yo hago algunos esfuerzos por mis hijos. Pero no me sacrifico por ellos. Porque soy el que los disfruta. Quiero verlos bien. Es un mundo distinto. Lo que se puede llamar un mundo egoísta de hoy en día, individualista, mirado con buena conciencia, sería un mundo de mayor autoestima y mayor salud mental.