Por Juan Federico von Zeschau

Dictadura, gobierno neoliberal, nueva derecha. Desde la asunción de Mauricio Macri, pero sobre todo a partir del pobre resultado del panperonismo en las legislativas de 2017, se busca con esmero la etiqueta que permita catalogar adecuadamente a Cambiemos. Mientras tanto, se observa al fenómeno con cautela, terror, incredulidad, o todo eso junto. ¿Qué es Cambiemos? ¿Qué quiere? ¿De dónde salió este frente que puede derrotar, y hasta pretende sustituir, al peronismo?

¿Nueva derecha?

Hace unos meses, José Natanson destacó una verdad de Perogrullo que, no obstante, fue atacada con indignación por amplios sectores del progresismo. Macri no es la dictadura, dijo. Tampoco, sugirió, encarna una ortodoxia neoliberal pura y dura. Hasta le puso un rótulo con pretensiones de slogan politológico: la “nueva derecha”. El periodista, en una entrevista realizada hace pocos días en el portal El Loro Político, reafirmó su postura y destacó tres elementos básicos de esta nueva fuerza. Argumentó que es democrática, mantiene las políticas sociales heredadas y, en el plano macroeconómico, sostiene un alto nivel de gasto público.

Punto para Natanson: a decir verdad, algunos de sus postulados se corroboran en los hechos. Más allá de actitudes autoritarias, Cambiemos es un gobierno democrático. A pesar del erosionadísimo poder adquisitivo, muchas (no todas) políticas sociales se sostienen. Quizás, el tercer punto sea el más discutible: si bien no se recortaron con ferocidad ni el gasto público y ni el déficit, los proyectos de reformas impositiva y laboral implican una profundización neoconservadora en el plano macroeconómico.

¿Una derecha popular?

El concepto de nueva derecha puede ser, sin embargo, débil. O, peor aún, inútil. El adjetivo “nuevo” lo único que describe es la contemporaneidad del fenómeno. Así, si ganara el signo contrario en 2019, se podría hablar de “nuevo progresismo”. Por otro lado, la derecha argentina, desde el 83´ en adelante, es democrática. El método del golpe fue erradicado como su principal estrategia para abordar el poder. La UCeDé, por citar un ejemplo, se presentaba a elecciones. Y si analizamos el sistema político argentino a través del clivaje izquierda/derecha, podemos asegurar que el menemismo ratificó en 1995 su vocación democrática y su perfil neoliberal. Al igual que la Alianza entre 1999 y 2001.

La rareza de Cambiemos es, quizás, otra. ¿Es una derecha? Sí, lo es. ¿Es democrática? Por supuesto que sí. Es también, dato no menor, una derecha victoriosa electoralmente. Una derecha que no necesitó plegarse a un partido tradicional para impulsar su modelo económico. Si durante los noventa, sectores liberales como la UCeDé eran aliados dirigidos por el peronismo (y, más tarde, por el radicalismo), en la era Cambiemos los liberales ganan, gobiernan y conducen a los partidos argentinos tradicionales, quienes acompañan sin chistar. Basta mirar a los vapuleados socios radicales o al peronismo cooptado por Vidal.

Esta derecha posee un atributo aún más llamativo: su pulsión populista. Una voluntad latente de hegemonía, un interés por construir mayorías, por penetrar en los sectores populares. Una derecha que abandonó su cómodo lugar detrás del telón de las grandes corporaciones, y se arrojó a la arena política partidaria. Una derecha que, en sus ansias de coronar, tuvo que volverse pragmática.

¿Una derecha pendular?

También, parece ser una derecha dual y salpicada de claroscuros. Porque Cambiemos no es sólo un grupo de multimillonarios forjado en los claustros del Newman. Desde luego, hay una elite, una vanguardia que, a ultranza, desea llevar adelante un proyecto neoconservador. Macri —con su impronta thatcheriana— es la cara visible de un club al cual pertenecen, por comprobados méritos oligárquicos, Etchevehere, Quintana o Dujovne. Son los puros, los ortodoxos de manual, los “gorilas de siempre”. Y los que, en la actualidad, probablemente digiten los comandos desde lo más alto del poder estatal. Pero así como el Frente la Victoria arrastraba como un lastre sus insoportables internas —progresismo versus pejotismo, Cámpora versus peronismo tradicional y un largo etcétera—, Cambiemos también. Es el karma de las fuerzas políticas frentistas. Ser atravesado por una interna que, con diversos nombres y protagonistas, se recicla ad infinitum.

Por eso, inevitablemente, hay otra fracción que disputa poder dentro de Cambiemos. Una de contornos más vagos e imprecisos, de contenido más difuso. Es la famosa “ala política”: la de Vidal, Monzó o Frigerio. Aquella que tiene pretensiones de constituirse en hegemonía, aquella consciente que, en la Argentina, hay que ganar elecciones y construir mayorías para instrumentar cualquier tipo de proyecto económico, en particular, uno de signo liberal. Son aquellos que no caen en pruritos a la hora de impulsar, por ejemplo, el pase a planta permanente de quince mil empleados públicos provinciales. O anunciar facilidades para vacacionar en Mar del Plata. ¿Por conveniencia y cálculo? Es probable. Pero en la medida que las implementan, este tipo de políticas construyen un Cambiemos de frontera, mestizo, con un sesgo popular. Es el Cambiemos bonaerense, el de algunas municipalidades del Conurbano y del Norte. ¿Es derecha? Sí, es derecha. Pero una derecha con clara vocación de mayoría que no duda ni un segundo en entregar parte de (o, circunstancialmente, todas) sus banderas ortodoxas.

El frente Cambiemos, entonces, quizás pendule entre ese populismo light repleto de sonrisas amigables de Vidal, y la brutalidad de la derecha tradicional, encarnada por Mauricio Macri. Esta contradicción fundamental es resuelta, por ahora, armoniosamente. Es una interna virtuosa. Lejos de restar, suma la adhesión de amplios sectores que ven contemplado un variado abanico de demandas, un supermercado nutrido de diversos, y hasta contradictorios, productos político-electorales. ¿Querés AUH? Te mantengo el derecho. ¿Querés obra pública? Tomá. ¿Querés reforma laboral ortodoxa? Acá tenés.

Desde ya, Cambiemos no es, al día de hoy, una fuerza de mayorías. Potencialmente, sin embargo, tiene la chance —y la voluntad— de serlo. Esa vocación hegemónica, esa ambición por robarle al peronismo su papel de protagonista indiscutido de la política argentina, es una novedad para una derecha acostumbrada a ocupar el rol del consejero oculto detrás de bambalinas.

Pero, luego de una larga digresión, ¿qué es Cambiemos? Nada y todo. Es, todavía, algo indefinido. Es una derecha que se está forjando al calor de la gestión y el poder. Cambiemos es, y ahí radica su amenaza, una derecha que aprende y se reformula. Una derecha que está viva.