Por Fede Palmieri

Cada tanto bajo el Tinder cansado de la inacción. Con tal de coger, me banco la sensación de estar en el mercado de Liniers. No sé si por idiota o por una tara generacional, discuto hasta el hartazgo esta forma humana que piensa en pantallas cuando le nombran la piel, a la vez que recaigo para no sentirme un paria. Seguramente, en un tiempo volveré a jurarme que nunca más.

Con los días, el ritmo se vuelve cada vez más frenético y, lanzado en velocidad, me convierto en juez de la suprema corte del prejuicio. A veces, me frena la culpa y decido no abrirlo por unos días para bajar, pero cuando estoy por curarme del todo hago match con alguien y la adrenalina vuelve. Muchas veces ese es el punto exacto donde muere el deseo, uno falso que se trunca por haber invertido la pirámide y plagar el mundo de amores a primera vista. Nos juntamos a la orilla porque no hay paciencia para la pesca y la marea. No quiero ponerme nostálgico aunque me cuesta evitar decir que antes, cuando el mundo importante era en la cara, el hecho de jugarnos cosas, exponernos, ayudaba a que el entusiasmo durase más que una paja.

Nobleza obliga, cada tanto hay alguna excepción a esta regla del infierno. Laura, de veintisiete años, está a once kilómetros de mi casa y resulta que los dos nos interesamos. Al toque la investigo: vuelvo a ver las fotos que eligió para su perfil y me pongo a sacar conclusiones. Revuelvo el cibercielo y la cibertierra en modo Columbo para saber todo de antemano mientras por el chat mantengo vivas falsas incógnitas. La investigo porque supongo que ella me investiga. Es parte del código.

Los días siguientes conversamos a cualquier hora, desde temprano hasta quedarme dormido con el celular en la mano. No puedo hilvanar 2 fórmulas de Excel seguidas por chequear todo el tiempo las notificaciones del teléfono y, antes de que se cumpla una semana, ya me limito a hacer que laburo. Ella, de vacaciones, no tiene drama en imprimirle un ritmo frenético a las charlas. Hablamos de todo y coincidimos mucho. Laura me cuenta que se ríe en voz alta de las boludeces que le digo.

Un par de noches después, sueño que voy a su casa y garchamos escuchando a Morrisey. Es un sueño bien armado: un departamento de Palermo con un Labrador color chocolate dando vueltas y ladrando mientras Laura me la chupa arrodillada en el parquet y yo le paso los dedos por entre el palo. El perro le empieza a lamer las tetas y ella no lo saca, al contrario, se contornea subida a todos los estímulos. Cada tanto me mira y yo le sonrío. No tiene una cara definida pero es hermosa, la más linda de todas. Le acabo fuerte en la boca y me despierto con palpitaciones. Al otro día quiero contarle pero no me animo.

Dos semanas después de coincidir, siento que es hora de vernos la cara. Me lo indicó la baja intensidad de las charlas, algo que interpreté como su pedido silencioso por arreglar para hacer algo juntos. Quedamos en ir a un bar cerca de su casa y me caliento repasando el sueño.

Esa misma noche duermo con otra porno en la cabeza. La acción arranca directamente en la cama con Laura arriba mío desaforada. Le cedí el control y me limito a amasarle las tetas imaginarias. Todo es como me gusta: me coge increíble mientras su perfume invade el cuarto montado en el vapor de la transpiración. Yo me incorporo para lamerle la oreja y, agarrándola del culo, le marco un ritmo que me deje seguir. Me grita el orgasmo en la cara clavándome las uñas en la nuca. Esa noche me despierto seco.

El sábado la espero con una pinta de birra fría y pocos nervios. Cuando llega, se disculpa por algo que no entiendo y se sienta. Su perfume es tan dulce que me obliga a moverme sobre la silla buscando aire limpio. Quizá ya haya notado que tengo un diente roto y quedará configurado el mundo real con sus cosas.

Pensar que me gustaba tanto cuando éramos de vidrio.