Estuvo cinco años preso pero en la cárcel algo lo cambió. Gracias a un tallerista que le acercaba libros, empezó a escribir y a crear. César González lanzó, por ahora, dos publicaciones de poesías bajo el seudónimo CamiloBlajaquis. En 2013, sacó su primera película “Diagnóstico esperanza”, la cual fue seleccionada para el Festival de Cine de LASA (Latin American Studies Association), y ya está preparando la segunda. Sus amigos son su familia y concibe al amor como un concepto “concreto y sólido”. Un pibe chorro convertido en poeta que sostiene “ver belleza en cada paliza”.

Por Lucía Ríos

¿Cómo es la vida en el barrio Carlos Gardel?

Amo vivir donde vivo y lo único triste es que lamentablemente en la villa hay un montón de desigualdades y de injusticias que merecen ser equilibradas. Es triste ver que el pueblo villero siempre cuenta con los mismos prejuicios y la misma mala fama. Reivindico, a pesar de lo que piensa la mayoría de la sociedad, que en la villa hay más vida de lo que se cree. Ahí surge la solidaridad, la preocupación por el otro como una cuestión normal y sin exagerar. Simplemente saber cómo se llama tu vecino, saludarlo, que te rías o te enojes con el de enfrente, el de al lado, el de la esquina o el que está a la vuelta. Hay una cosa comunitaria que está en vías de extinción en la ciudadanía humana.

¿Notás cambios por parte de la sociedad hacia los villeros?

Si miro desde el Estado, sí han habido cambios que hace 15 años atrás eran inimaginables. Como el plan de viviendas que reemplazó toda la villa y dio casas muy lindas a cada familia que vivía en una casilla, como por ejemplo la mía. Ahora si lo miro en términos de cómo piensa la sociedad al villero, en vez de cambiar para bien está cada vez peor. Ya llegamos a un estado tal de menosprecio, que existe la discriminación entre villeros: el propio obrero se pone contento con el joven de la villa que es linchado. El pibe chorro es sólo un dos por ciento de la gente que vive en la villa, el resto es el trabajador, el obrero. Pero como lo que dice la mayoría es lo que abunda, entonces hasta el propio villero termina creyendo todos los prejuicios.

¿Cómo encarás esos prejuicios y cómo los viviste a medida que fuiste creciendo?

Yo soy de los que piensan al amor como un concepto sólido y concreto y no abstracto y romántico. Llamo amor a la tolerancia. La gente sabe que hay un sector de la sociedad que se llaman pobres y que son miles seres humanos, de manos, de corazones, de gente que siente y que no tiene sus necesidades básicas satisfechas.

¿Cómo se aplicó esa idea a tu caso personal?

A mí hay muchas personas que me pueden decir que la pobreza no justifica delinquir pero yo fui parte de ese dos por ciento de la villa. Yo exploté y no pude pensar: “Bueno, voy a trabajar porque no me queda otra”. Yo no aguantaba más. Veía por todos lados que el modelo de vida que me vendían era el de tener, tener y tener. Y yo no tenía nada. Fueron 15 años donde no tuve nada: zapatillas rotas y sin medias, ir a la escuela en pleno invierno con una camiseta de manga larga y dale que va unos años así. Pero a los 14 años caí en el robo y, si moría, no me importaba. Para mí, la vida no valía nada.

Desde el primer día a hoy ¿cambió algo en vos en el momento de escribir?

La esencia sigue estando. Tampoco pasó mucho tiempo. Recién empecé a escribir hace menos de ocho años y desde el primer momento ya tenía esto de “ver belleza en cada paliza”, como escribí en un poema. Creo que podemos derrotar el sistema de afectos tristes viendo lo bello de cada persona.

En algún momento de estos últimos años, dejaste de usar tu seudónimo y comenzaste a usar tu nombre. ¿Por qué ese cambio?

No es un cambio, simplemente estoy firmando con mi nombre real. En un momento particular fui el poeta bajo la brisa de las tinieblas carcelarias. De ahí surgió Camilo Blajaquis, de esa novela. Ahora estoy haciendo y escribiendo otras cosas. También el apellido González refleja mucho mi sentido de pertenencia, de dónde vengo. Que sea un apellido tan popular me encanta, no tiene nada de llamativo. ¡Es la realidad! ¿Cómo voy a tener otro apellido si nací en una villa? Aparte “César” lo eligió mi mamá y es como volver un poco a eso, a la madre.

Tu película “Diagnóstico esperanza” fue seleccionada para el Festival de Cine de LASA (Latin American Studies Association) en Chicago, Estados Unidos. ¿Qué sentís al verla proyectada en otro país?

Un orgullo inmenso en nombre de todos los pibes. Ese festival es un encuentro muy importante de todos los intelectuales de las ciencias sociales y la filosofía, que abordan el tema de Latinoamérica. Tiene un sentido extraordinario porque no es un festival estrictamente de cine, y “Diagnóstico esperanza” no es sólo una película, si no que los que trabajaron en la msima, y que viven en la villa, actuaron para tener realmente un poco más de esperanza en sus vidas. Me hubiera encantado mandar la peli a más festivales y contar con más recursos. Desde el Incaa no la mandaron a ningún festival y “Diagnóstico esperanza” lo vale. Hasta el público, de todos lados, lo sostiene.

¿Seguís estudiando la carrera de Filosofía en la UBA?

Intenté dos años el CBC, pero dejé. Por un lado por tema de tiempos, viajes y presupuesto, y por otro, no me gustaba la reflexión de los alumnos. Más que nada por el tema del racismo. Yo sufro mucho cuando escucho un comentario cerca, más en ese contexto de la facultad. Sin embargo esos dos años me sirvieron porque leí un montón de textos y conocí autores nuevos. Yo sigo estudiando y siempre recomiendo que hay que estudiar. La lectura no la perdí nunca como hábito. Decidí estudiar cine, filosofía y teatro por mi cuenta, con profesores particulares.

¿Qué libro estás leyendo actualmente?

“La imagen movimiento” del filósofo francés Gilles Deleuze que me encanta y lo estoy estudiando junto al otro tomo que sacó, “La imagen tiempo”.