Sergio Méndez llevaba tiempo masticando la idea, junto a sus amigos. Cocinero de profesión,
intuía que iban a escasear las ollas donde rascar y que el ambiente se caldearía.
A ojímetro nomás, la cantidad de personas sin techo se incrementaba y, luego de una serie de
cabildeos en bares porteños, llevaron el proyecto a la acción antes de la última Navidad. En una
canchita del bajo autopista emplazado en la intersección de la avenida Juan Bautista Alberdi y la
Perito Moreno, desenfundaron los instrumentos culinarios y arrancaron con el taller.
De espaldas a los restaurantes de cocina fusión con música de chill out, los arremetedores de los
delantales y cucharones congregaron alrededor de 40 personas sin techo. Con el propósito de
ayudar a comer y enseñar a cocinar, fijaron la noche de cada martes como cita semanal para cenar
juntos, maestros y discípulos en el arte de alimentarse más allá de volcar lo que haya en la barriga,
y la historia empezó a andar.
Actualmente, Cocineros de la Calle tiene una web en la que anuncia fechas y lugares de ferias
gastronómicas donde los que toman clases a la intemperie venden sus productos al público. “Si
bien nuestro objetivo es formar cocineros, nos dimos cuenta que a veces es muy difícil que un
restaurante tome a una persona en situación de calle como empleado”, admite Méndez en diálogo
con Kamchatka, y agrega: “por eso, le buscamos la vuelta para que los que vienen a aprender con
nosotros puedan encontrar la chance de hacer su propio emprendimiento y estos eventos son una
oportunidad”.
Pero no todo es color de rosas y la vida de los habitués de las clases de cocina, invisibles casi
siempre al resto de la sociedad, no despierta precisamente la congoja acidulada de nadie. “Al
principio nos dejaban usar las instalaciones de la canchita porque había una onda con el pibe del
buffet, pero después cambió la concesión y nos dijeron que no podíamos seguir”, cuenta el
impulsor del proyecto.
Entonces, se movieron unos metros. Justo en la esquina, hay una parrilla cuyo dueño decidió
prestarles un cuarto para guardar las herramientas de trabajo e insumos y los encuentros
comenzaron a darse, literalmente, en la calle. Es más romántico quizá pero no es tan convocante
para el que vive sin casa, reconoce Méndez.
Al momento del cierre de esta edición, el parrillero parecía haberse arrepentido de su propia
generosidad inicial y había pedido que se llevaran las cosas que él mismo había decidido
guardarles. Sin embargo, fueron a retirar sus pertenencias pero el hombre no estaba y el local
permanecía cerrado. En consecuencia, los cocineros tuvieron que alquilar la parrilla de la canchita
para desarrollar, otra vez, su encuentro donde habían arrancado el ciclo.
Convicciones a las brasas
Para el desarrollo de la tarea, Méndez considera que se precisa no sólo voluntad y coraje sino una
fortaleza psíquica suficiente para revolver la cacerola sin quebrarse. Cuando el brasero quema, no
es tan sencillo bancársela.
Desde el trato cotidiano, se tejen vínculos suculentos. E impactan. “Uno de los muchachos más
comprometidos con el taller tiene un trabajo en negro por un salario magro pero vive en la calle, le
pagan los viernes y el lunes ya no tiene un mango”, cuenta el profesor.
En la misma dirección, desecha las objeciones de quienes consideran que los asistentes al inédito
curso atraviesan esa situación porque así lo desean y que, si se les ofrece un empleo, lo rechazan.
“Hay uno que era cocinero y terminó en la calle, ¿entendés?”, retruca Méndez.
Una de las definiciones que adoptó el grupo que lanzó el proyecto reza que se mantienen ajenos a
la construcción partidaria pero no a la cuestión política. Y aunque hubo sectores que se arrimaron
e intentaron plantar la bandera, los cocineros fueron claros y los pioneros proselitistas se
quedaron sin quórum. “Eso sí, estamos casi todos del mismo lado y en contra de las políticas este
gobierno”, aclara el entrevistado, y añade que, no obstante, no recibieron ninguna comunicación o
propuesta del Estado.
Ante la pregunta por las necesidades inmediatas, la mención a las donaciones (ver recuadro) no es
la primera respuesta. Imperiosamente, reclaman un lugar para el desarrollo del taller porque
notan que, cuando cocinan bajo techo, llegan más cocineros de la calle que cuando lo hacen bajo
las estrellas. En el barrio –sugieren- hay inmuebles vacíos.
Mientras tanto, Méndez y sus amigos seguirán atizando el fuego con la cocina en la calle y los
cocineros que vengan.
Donaciones
En la página www.cocinerosdelacalle.org, el lector encontrará detalles sobre las diferentes forma de colaboración con el proyecto. Allí aclaran que no reciben ayuda de ningún organismo estatal o privado pero diseñaron un esquema para que, a través de Mercado Pago, efectúen depósitos de dinero equivalentes al precio de las materias primas que se utilizan para la preparación de los diferentes platos de comida. El mismo mecanismo se replica también por Facebook.