Blanco sobre blanco

Por Abelardo Vitale

Hablemos de la actualidad. Que el año fue difícil para (casi) todos los argentinos es una verdad tan rotunda que por rotunda no debemos naturalizar. El nuevo gobierno llevó adelante sus políticas con la legitimidad que le dieron los votos y con la secreta convicción que bastaba su triunfo para que “las cosas” se arreglaran. Un equipo de funcionarios que “sabían” y que con diversas “señales” hacia los mercados lograría “mantener lo que estaba bien y mejorar lo que estaba mal”. Promesa tentadora, sutilmente populista, vale decir. Pero a poco de andar, cuando la campaña ya fue pasado y el gris de los pasillos estatales reemplazó a las pantallas que soportan las redes sociales, se les complicó la cosa y la creada expectativa de algunos por la “nueva derecha” comenzó a deshilacharse. Casi nada de nueva, casi todo de derecha: aumento de la pobreza, de la desocupación, de la inflación, de las tarifas, de la timba financiera. Descenso del consumo, de la producción, de la igualdad, del poder adquisitivo, de los salarios. Podemos decirlo blanco sobre negro: el macrismo es un gobierno de pocos para pocos. Pero un gobierno que le sigue “hablando” a muchos.

Ahora hablemos de nosotros. Porque yo sigo creyendo que hay un nosotros. Un nosotros que, como siempre, es una minoría también. Que comparte un horizonte de creencias, de expectativas, de valores y de sueños. Que gustamos de sintetizar en algunas palabras claves: pueblo, justicia social, redistribución, progreso. Por citar tan solo algunas. Y nosotros, entonces, estamos jodidos. Porque al igual que el macrismo, que justifica sus desaciertos con apelaciones al pasado, seguimos tratando de explicar el presente mirando para atrás. Y atrás está el pasado. Que reivindicamos como experiencia y como proyecto, pero que no alcanza para representar las demandas, las necesidades y las expectativas del presente. Perdimos por dejar de representar a muchos sectores sociales que debíamos representar. Y volver a construir mayorías (perogrullo: único modo de ser gobierno e intentar mejorar la vida de esas mayorías) es un imperativo ético y político. Así que también podemos decirlo negro sobre blanco:  en 2016 seguimos hablándonos a nosotros y entre nosotros.

Y ahora hablemos de otra cosa. Hablemos de arte. El suprematismo como corriente pictórica nace en la Rusia revolucionaria. Impregnado de ese espíritu de época, también lo era: perseguían la abstracción total, una pintura sin objetos, sin representación alguna. Lo figurativo era concebido como una distracción para los sentidos y un desvío de lo único que debía importar: la pura sensibilidad. Postulaban un arte por encima de todo fin social, político o material.

En su manifiesto fundacional los muchachos no se andan con vueltas: “Lo objetivo en sí mismo no tiene significado para el suprematismo, y las representaciones de la consciencia no tienen valor para él. Decisiva es, en cambio, la sensibilidad; a través de ella el arte llega a la representación sin objetos, al suprematismo. Llega a un desierto donde nada es reconocible, excepto la sensibilidad”.

La máxima expresión, quizás, haya sido una obra del fundador del suprematismo: “Cuadro blanco sobre blanco”, de Kazimir Malévich. Un cuadrado blanco sobre otro cuadrado blanco… Era este un gesto arrojado y revolucionario. Claro que para eso uno debía antes haber bajado del tranvía, entrado a la galería, quitarse el sobretodo, después los guantes y tener una noción de cuál era la búsqueda estética del suprematismo ¿Pero qué pasa afuera de las vanguardias?  Afuera, en las calles, el blanco sobre blanco era la nieve sobre la nieve y si estabas desabrigado, pobre, con hambre, hacía frío.

Está en cada uno de nosotros, y a eso convocan estas líneas, el reflexionar si nuestra sensibilidad -y ahora hablamos de la social y la política- se expresa de manera vanguardista, artística, acabada, segura de sí en su manifiesta completitud o corre el riesgo de la duda, del encuentro con otros, de la construcción imperfecta. El riesgo político de la representación.

El riesgo, el hermoso riesgo, de atrevernos a mancharnos con una amplia paleta de colores. Esa misma paleta que vemos en cada barrio y en cada uno de nosotros. Ahí, ahí sí, nos vemos.

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Entre tibios y grises

Por Martín Rodríguez

Se dice que a los tibios los vomita Dios. El mundo asiste a un espectáculo que las prensas subrayan a diario: el fin de las terceras vías. Las elecciones en Reino Unido, el triunfo de Trump, el triunfo del NO en Colombia, la caída de Dilma, e incluso la derrota del peronismo en Argentina pueden ser vistos como parte de la consagración de un esquema binario. No entremos en detalles en cada caso porque, en parte, los detalles lo desmienten. Los apresurados y entusiastas hablan del fin de la globalización aunque ese fin o caída sean por derecha. Está bien. Hablemos de los *tibios*, es decir, de esos que ni fu ni fa, que están en el medio, rabiosamente de centro. Y digamos que sí, hoy en día no está la cosa para socialdemócratas. En fin.

Otra cosa son los *grises*. Y en el mundo de los grises yo comprendo un mundo de “contradicciones secundarias”, “continuidades”, “costumbres”, donde se explica mejor el orden de un tiempo que en su máxima tensión o contradicción. Diría: hay que ver las dos cosas. La mirada extranjera sobre una sociedad tiende a ver lo que sobresale: sus racismos, explotaciones, violencias. El retrato que en los años 80 hizo el cine americano sobre la realidad de América Latina es ejemplo perfecto. En “Salvador”, de Oliver Stone, se refleja un país centroamericano absolutamente tomado por la guerra civil o el terrorismo de Estado. No hay nada que explique el orden más que las armas. Pero, ¿sólo el látigo explica los siglos de esclavitud? Tomar la parte por el todo. El cine argentino de revisión de la dictadura subraya también los tics de una conducta social que explica los cimientos que sostuvieron el “Proceso”. Personajes que dicen “algo habrán hecho”, “soy inocente” o “por algo será”, o que festejan el mundial sobreactuando una alegría porque debía tapar con su imagen los gritos sordos de las torturas. Un envoltorio de “sociología” de raje con el que se pretende fijar evidencia acerca del colaboracionismo blando de las capas medias argentinas con un orden represivo. Frente a esto queda el atajo de decir “es más complejo”. Y sí: es más complejo. Cada época tiene un poco de todo. Consensos, prudencias, sobrevivencias, indiferencias. ¿Existen las mayorías silenciosas? Que las hay, las hay. Pero en momentos oscuros de la Historia ese mundo de grises puede ser el de revelaciones (y rebeliones) mucho más contundentes que en el corazón desnudo de la “contradicción principal”.

Siempre viene a cuento recordar qué hecho dio el inicio de la “rebelión negra” en Estados Unidos, es decir, del movimiento por los derechos civiles que recorrió toda Norteamérica a partir de las segunda mitad de los años 50. Y fue el “NO” de Rosa Parks a ceder su asiento en el ómnibus. Busquen esa historia tan bella. Había en ese “preferiría no hacerlo” de una trabajadora negra, cansada, una potencia que destrabó a todas las demás. Porque hizo saltar el cable de muchas pequeñas cosas naturalizadas en el orden injusto de un país que derrotó el nazismo pero mantenía sumergida en la barbarie a su población afroamericana. Para los ansiosos del cambio: hay que saber esperar. Porque, queridos amigos de la teología, Dios también está en los grises.