Por Pablo Dipierri

Una tormenta de tristeza arreció sobre los militantes argentinos desde que se encontró el cuerpo cuya identidad investiga por estas horas el cuerpo médico forense que trabaja en la causa por desaparición forzada* de Santiago Maldonado. A la noticia del hallazgo del cadáver 300 metros río arriba del punto donde la Gendarmería reprimió a los mapuches el 1 de agosto pasado, le sucedió el nubarrón de mugre periodística, con los bombazos teledirigidos de los trolls en redes sociales y el despreciable desquicio verbal de la candidata porteña y aliada principal de Casa Rosada, Elisa Carrió.

Las sospechas de los familiares de la víctima, la comunidad de Resistencia de Cushamen y los organismos de derechos humanos sobre la posibilidad de que el cuerpo haya sido plantado, luego de que la zona se rastrillara tres veces, habilita la confirmación de los peores fantasmas. Y el ánimo de los que atribuyeron desde el principio la responsabilidad política del caso a la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, y al propio presidente Mauricio Macri, se desmorona. Si el Gobierno nacional sale airoso de esta situación, cinco días antes de los comicios,  apelando al desparpajo de sus lenguaraces y encargando una encuesta telefónica para medir el impacto, el escenario se convierte en un páramo espeluznante.

Sin embargo, los estrategas de Cambiemos habían diseñado otro cierre de campaña, con el foco puesto en Comodoro Py. Las teorías conspirativas sobre una presunta rebelión de los gendarmes contra el Poder Ejecutivo cimentan las chances de que el macrismo, tal vez, haya perdido el control de las riendas en el último tramo de la carrera electoral.

De ahí que abortaran todas las entrevistas que Carrió tenía pautadas en los medios de comunicación antes de la veda. Por más que los alfiles oficialistas sostengan en off the record que los hechos no inciden en la decisión de los votantes, el consultor Rosendo Fraga sostuvo ayer que el veredicto de las urnas no mutaría en Capital Federal y el interior del país pero es una incógnita lo que pueda suceder en provincia de Buenos Aires.

Bajo el título “Final infartante en la elección a senador nacional”, una encuesta de Analytica pronosticó esta semana que la lista de Cambiemos obtendría un 38,4% de los sufragios y la de Unidad Ciudadana, 38,3%. Elaborado sobre 1011 casos telefónicos entre el 14 y el 16 de octubre últimos, el informe advierte que no se puede determinar si los electores que no acudieron a las PASO lo harán esta vez pero arriesga que “la elección del domingo próximo no está generando demasiado entusiasmo” porque “muchos sienten que ya votaron”. “Si la cantidad de votantes no aumenta, no hay demasiado margen para un crecimiento de Cambiemos en el distrito clave”, concluye el trabajo de esta empresa que, entre su cartera de clientes, cuenta a firmas que van desde P&G, Acindar y Arcor hasta Macro, Galicia, HSBC y Morgan Stanley.

Arma de doble filo, la angustia generalizada puede ser un elemento desmovilizador o el motor de una reacción organizada, cuyo resultado redundaría en una cosecha adversa para Macri en el escrutinio -si cuajase rápidamente- o sembraría a la inexorable indignación popular que florece cada tanto en Argentina, trascendiendo banderas políticas y confluyendo en Plaza de Mayo -como ocurrió con el fallo de la Corte Suprema por el 2×1 a los genocidas-.

Después de todo, hay un piso democrático que, con contradicciones y bemoles, se construyó desde 1983 a esta parte. Y un gobierno que protege más a sus fuerzas de seguridad que a su pueblo compra todos los números del sorteo cuando se rifa un cachetazo social. Más temprano que tarde, llega la hora de los premios.

* El artículo se publicó antes que se confirmase el resultado de las pericias de ADN.