La investigadora de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA especialista en consumo problemático de drogas, Ana Clara Camarotti, y el periodista Abelardo Vitale ponen en discusión una serie de conceptos denostados o ignorados en los medios masivos de comunicación.

 

El mandato y la careta

Por Abelardo Vitale

Las tendencias y los hechos. Por ambas cuestiones los jóvenes son, muy a menudo, protagonistas centrales de las discusiones públicas e invaden como marabunta los noticieros de TV, los portales y las tapas de los diarios. Y por algún tiempo, todos nos creemos con derecho a ejercer una opinión sobre ellos.

Pero caramba, ¿cuánto estamos dando por hecho siquiera antes de esbozar una sílaba? Podríamos empezar por cuestionarnos de qué hablamos cuando hablamos de jóvenes: ¿hasta cuándo se es joven en estos tiempos? Hasta demasiado adultos, elijo responder. Y lo hacemos porque “ser joven” es uno de los imperativos culturales de la época. Uno de esos mandatos unívocos, transversales, avasallantes. Un mandato rizomático, gustaría de esbozar un trajinador de academias: viene por todos lados, carente de centros y jerarquías, del cual todos somos mandatados y mandantes. Tan extendido como otro signo de los tiempos, igual de obligatorio: tenemos la obligación de ser felices. Jóvenes y felices son los sinónimos de otra condición de la existencia actual: el éxito. Incluso, se puede tratar de ir más hondo: no es que tenemos que ser jóvenes, felices y exitosos. No. Tenés, vos tenés–vos, que ahora leés esta columna- esa obligación. Es tuya. Y es personal, individual, intransferible. Bancatelá. Y hacelo como puedas, siempre que sea consumiendo. Objetos, ropas, marcas, redes sociales, drogas. Sos libre y sos joven, consumí, disfrutá, reíte, comprá, ganá.

Así es como vemos reflejadas en la esfera de lo público las “tendencias juveniles”. Es el sesgo positivo, el aspiracional, el “buen modo” de soportar esta exigencia. Claro que también, de vez en cuando, hay hechos con el “sujeto joven” como protagonista. Y estos hechos son siempre negativos, una fisura en la trama, un desgarro, unos pibes muertos por ahí y el ahí puede ser un pasillo en una villa, una ruta que trae de bailar o el vip de una fiesta electrónica. Los hechos, con la muerte como democratizadora social, como grito a lo colectivo. Se muere un pibe, dos, cuarenta y cae como castillo de naipes aquel llamado exigente al individualismo. Con la caída, la reacción inmediata.Es el brote de lo grupal buscando a quién echarle la culpa. Y mágicamente resuena, recordemos que ahora es un coro, un “Hola, Estado, ¿estás ahí? Vinimos como individuos a exigirte, a marcarte tus fallas, tus ausencias, tu falta de control”.

La queja es legítima, en tanto aquí creemos que el accionar del Estado es legítimo. Sí, el Estado debe controlar, debe cuidar, debe prevenir, debe reducir daños. Claro que sí. Pero también es una fuga, una comodidad. O al menos, sólo una parte de la torta.

Porque dejémonos de joder, al menos los que somos adultos. Como también “somos jóvenes”, y piolas, y copados, y porque no somos caretas, ni represores, ni –puaj- viejos, nos cuesta horrores asumir la parte que nos toca. Y la parte que nos toca es asumir nuestras responsabilidades y también, claro que también, hacerles asumir la parte de responsabilidad que les toca a los propios jóvenes. Una responsabilidad, como mayores, que es primaria: cuidar y enseñar a cuidarse. Se llama educar esto, si quieren.

Saber decirles que no como primer paso para que a su vez ellos puedan decir no: no a tener que sí o síempastillarse o romperse la pera contra el piso,escabiados para divertirse. No al éxito como medida de felicidad. No a ser joven para siempre.

Impulsados por el mercado a ser jóvenes, felices y exitosos, y con nosotros los adultos tratando de no bajarnos nunca de ese bondi, estamos condenando precisamente a esos que tanto decimos admirar y a los que tanto, por otra parte, les exigimos: los pibes.

Vamos, que algunos ya estamos grandecitos para hacernos siempre los boludos,¿eh?

 

La contracultura no viene en pastillas

Por Ana Clara Camarotti *

Las drogas no existen como algo independiente de las variadas y diferenciadas formas de su uso. Si algunas personas consumen al punto de que no pueden manejar sus vidas, no hay que interrogarse sobre las sustancias, sino sobre las motivaciones que tienen para consumirlas de ese modo.

Por lo general, socialmente se concibe a los usuarios de drogas desde una de las dos lógicas que lograron la hegemonía en el tratamiento de estos temas: la que pretende su “cura”, o lógica sanitaria, y la que busca el “control”, o lógica punitiva. Sin embargo, no son los dos únicos modos de analizar este fenómeno.

En las últimas décadas, el consumo de sustancias ha adquirido en Argentina una masificación y popularización a niveles no observados hasta el momento. Ejemplo de ello son el incremento de la venta de drogas legales, como el alcohol, el tabaco y los psicofármacos, y el consumo de marihuana, principalmente entre los jóvenes. Un detalle a considerar es la progresiva feminización en estas prácticas, al tiempo que aumenta la medicalización de la vida cotidiana y se consolidan circuitos cada vez más diferenciados.

Por un lado, se encuentran jóvenes de sectores vulnerables que acceden a drogas baratas y de mala calidad, produciendo un alto índice de consumos que rápidamente se convierten en abusivos y dependientes; y, por otro, jóvenes de sectores mejor posicionados económicamente que consumen drogas de síntesis, cuyos usos en la mayoría de los casos se denominan recreativos. No obstante, siempre conlleva un riesgo, como lo demostró la tragedia en la fiesta electrónica Time Warp.

Los que consumen éxtasis experimentan con esta sustancia ya no como una respuesta contracultural sino, por el contrario, para poder cumplir con las exigencias que la sociedad demanda. En ese sentido, resulta ser un insumo efectivo para lograr la diversión y aguantar largas jornadas de baile. Al igual que lo que ocurre con los medicamentos psicotrópicos, lejos de caracterizarse por la desocialización y la decadencia, se definirá la apelación a las drogas de síntesis por los efectos positivos que se consiguen en la socialización y porque permiten una performance adecuada.

Consideradas como “pastillas para sentirse mejor”, se consumen cada vez más según las estadísticas. Se usa el Viagra para tener sexo, pastillas para dormir, pastillas para aumentar el volumen muscular y mejorar el rendimiento físico, pastillas para chicos inquietos, pastillas para enfrentar momentos como la pérdida de seres queridos. A la par, el consumo de alcohol y tabaco sigue extendiéndose y disminuyendo la edad de inicio entre sus consumidores aunque, a pesar de su estatus legal, generan los mayores problemas de salud y adicción en las poblaciones.

Por todo esto, no debe sorprender que los adolescentes y los jóvenes consuman éxtasis y otras drogas de síntesis para bailar. Las fiestas electrónicas imponen un tiempo: duran muchas horas y ellos deben permanecer en movimiento, eufóricos y divertidos.

En última instancia, puede que los que asistan a esos eventos no sean adictos a estas sustancias, pero las situaciones y el contexto en las que lo realizan hacen que tengan que asumir demasiados riesgos. La responsabilidad de los adultos y el Estado reside en la reflexión de por qué estos jóvenes no cuentan con los cuidados suficientes en un lugar público de diversión, por qué no había agua para poder consumir, por qué la capacidad del lugar estaba superada y por qué se vendían dentro del lugar pastillas adulteradas. Es preciso que se ofrezcan “otras alternativas de ocio para los jóvenes”, en donde la salud no entre en contraposición con el disfrute. La falta de información y medidas de seguridad hicieron que Time Warp termine en una tragedia.

*Socióloga. Doctora en Ciencias Sociales de la UBA e investigadora adjunta del CONICET/ Instituto de Investigaciones Gino Germani.