Los periodistas Martín Rodríguez y Abelardo Vitale exponen una mirada a contrapelo de las consigas de uso más extendido.

Unidad ni a palos

Por Martín Rodríguez

Si el peronismo tiene veinte verdades que son como las tablas romanas que todos repiten y nadie lee, podríamos escribir las veinte mentiras, algo así como el mundo real donde las “verdades” no se cumplen, sino, todo lo contrario, se desmienten. Una de ellas está en la letra de la marcha: “todos unidos triunfaremos”. El peronismo unido no existe. No existió. Recuerdo una pintada de Rodríguez Larreta en las viejas paredes porteñas de los 90: “¡por un peronismo unido y limpio!”. Lo que Rodriguez Larreta decía con “limpieza” era una ruptura. El peronismo siempre es una versión del peronismo. Y esa “versión” nace rompiendo cualquier “unidad”. Es una unidad imposible y es constitutivo. Perón “mató” políticamente a los “laboristas” que le hicieron su 17 de octubre. La izquierda peronista en los años 70 quiso ser la versión definitiva del peronismo, militaba más el “Regreso de Mao” (como dice la vieja canción ricotera). Y Perón les dio leña. Perón también era una versión del peronismo.

Podríamos decir: ¿hubo otro momento de mayor unidad del peronismo que la campaña y candidatura desangelada de Lúder en 1983? Desde los Montoneros hasta la derecha sindical, con tensiones pero con unidad, le dieron al peronismo esa consistencia que lo hacía imbatible en los albores democráticos. ¿Y qué faltó? Faltó esa palabra que ahora se pone de moda de nuevo: faltó sociedad. Alfonsín decía algo: no me votarán todos los obreros pero sí sus mujeres. La feminización del voto popular que el “estadista gramsciano” intuía era el paso de la “clase” a la “ciudadanía”: el voto no se decide solo en la fábrica, ahora también se decide en la casa. Menem fue una versión del peronismo. El peronismo desarma al peronismo. La revolución sofoca a la revolución. Kirchner fue una versión del peronismo. Y tuvo afuera de su perímetro concertador a decenas de figuras peronistas que blandían, como Duhalde, el ADN de la pureza. Llevamos una década de música animada por el vozarrón de Julio Bárbaro explicando que el peronismo verdadero no-sé-qué, pero la otra mentira de las 20 mentiras es que no existe tal cosa como la “ortodoxia” peronista, como si hubiera un genérico, un plexo de ideas centrales que no pueden ser decapitadas.

En el tramo final del gobierno de Cristina la candidatura salió del fondo de ese “pejotismo” y convocó, quiso convocar hasta donde el cristinismo lo dejó (impidiendo estúpidamente, por ejemplo, la captura del peronismo cordobés) a la unidad peronista. Ni Scioli logró la unidad, ni su discurso de unidad logró el triunfo. ¿Qué le faltó a Scioli? Le faltó, ¡otra vez!, sociedad. Una campaña mala y expresiva del estado de las psicologías después de doce años: Cristina no pudo nombrar a Scioli en ningún discurso, y recordarlo refuerza lo insólito del hecho. Scioli del que se dijo menemista y al que se acusó de obediente del kirchnerismo, es en realidad un hijo de Duhalde: creía que con tener atada las estructuras, sólo había que sumar a eso una flotación. Y no. Menem tuvo al peronismo pero agregó “algo”: neoliberalismo, relaciones carnales con EEUU, consenso de Washington, hedonismo cultural. Kirchner hizo lo mismo: se aseguró la estructura de poder y le sumó populismo, progresismo, integración regional, derechos humanos. Sumó la novedad. Todo proceso exitoso peronista nace de una ruptura interna, nace por dentro, y es expulsivo de muchos de ese adentro. La unidad es derrota. Y en esta coyuntura adversa, con el macrismo un poco “yendo por todo”, la invocada unidad del peronismo es un tigre de papel: cada vez que el peronismo se muestra unido (con Gioja, con Scioli, en San Vicente) se muestra débil. La biodiversidad es su actual clave con la que mostrar poder, aunque se pueda combinar, necesariamente, con actos de unidad, unidad en la acción. Hoy, hablar de la unidad del peronismo, es contar las costillas de una debilidad. La esperanza anida en las próximas rupturas de quien pueda devolverle novedad al peronismo. Las políticas agresivas del PRO no parecen hacerlo ni tan lejano, ni tan difícil.

 

Ese objeto tan deseado

Por Abelardo Vitale

En nuestro mundo pequeñito, ese mundito pequeño hecho de militantes, periodistas, opinadores, académicos que no viven en piyamas y políticos que no saben cómo vivir, todos hablan de ella. Para lograrla, para construirla, para ponerla en un altar o en una bóveda, para objetarla, todos hablamos de ella. Hablamos en los cafés, en las esquinas, en el laburo, en las revistas, en las redes sociales, en el psicólogo y en la cancha. Hablamos, en ese mundo, de la unidad. Ese desafío, esa meta, ese objeto de deseo.

¿Pero es hablando de ella que, cual permutaciones buscando un Golem, la construiremos?

Vale entonces detenerse, mirar para el costado y para arriba y empezar, con humildad, desde cero.

La unidad de los sectores populares es, desde siempre y para siempre, un objetivo y una utopía. Porque esa unidad es, en el mejor de los casos, un efímero momento en la larga historia de la historia, un chispazo, una epifanía que -por suerte, vale decir- apenas tocarla se desvanece. Porque pensarla detenida es negarla, matarla, desaparecerla. La unidad, esa unidad tan amada, tan bella, tan ideal, es, ay, como la política, contingente. Sujeta a ser en tanto cambio, movilización, camino. Tiene sentido, como tantas cosas, por el solo hecho de buscarla. No más.

Porque si concebimos los procesos sociales como, precisamente, procesos, y en tanto tal mutables, inestables, contradictorios a veces, la unidad esconde en sí misma ciertas paradojas de las cuales hay que dar cuenta: lo que hoy es unidad, mañana puede y dejará de serla. “Vamos todos juntos hacia allá” es más fácil de decir que de concretar. Porque no salimos nunca de la misma parada de bondi y porque “el allá” algunos piensan que es el mar y otros la montaña.

¿Cómo pensar hoy, en medio de un reflujo político y una creciente crisis económica, la unidad popular? Como siempre: poniendo el énfasis en “popular” antes que en “unidad”. Porque es desde lo popular, desde esas mayorías, desde esas múltiples dimensiones divididas, desde esas singularidades tan parecidas, tan semejantes, que se puede ir construyendo la unidad.

No es con las cúpulas. No es con la dirigencia. No es con teorías. No es con esta columna. La unidad comienza a vislumbrarse, sospechamos, sólo sospechamos, cuando la representación política representa lo social y paradójicamente se despreocupa, por una rato, de lo político. Porque entiende que lo político, cuando hay recesión económica y retracción social, es siempre un momento de segundo orden.

Otra vez: es lo social que determina lo político y no al revés. Así que, mientras en nuestro mundito pastoreamos libremente, sin corrales ni alambrados que nos den un marco de referencia y de pertenencia, es una etapa para poner los dos ojos apuntando a lo que hoy pasa en nuestros barrios, en nuestras escuelas, en nuestros hospitales, en nuestras fábricas y kioskitos, en el trabajo, en la vivienda, en el poder de compra, en la ciudad y en el campo, en el norte y en el sur, allá y acá, en los miedos y en las esperanzas, en la dignidad y el desconsuelo. Es el momento de poner el corazón en lo que sentimos, sufrimos y anhelamos, tan transversal y dispersamente como pueden hacerlo los pueblos.

Si hacemos algo de eso, un ratito de unidad vendrá sola a cobijarnos de nuevo.