Por Augusto Taglioni

¿Por qué toda la región mira con tanto detenimiento lo que pasa en Ecuador? ¿Cuánta incidencia puede tener para el acontecer latinoamericano un país petrolero con poco más de 280 mil kilómetros cuadrados y 16 millones de habitantes?

Una respuesta posible podría encontrarse dentro de la lógica de los últimos  15 años con la aparición de gobiernos post-neoliberales que instalaron una lógica regional sostenida en la “integración regional” o el sueño de “Patria Grande” de la que hablaba Hugo Chávez. Si se abandona un rato de la retórica progresista y se adentra el observador en un análisis más pormenorizado del asunto, se evidencian dos hipótesis sobre el futuro de la región que se superponen y se concentran en la contienda electoral ecuatoriana.

Por un lado, están quienes dicen que el ciclo progresista terminó, que el “populismo” puso su fecha de vencimiento en Argentina y Brasil y, por ende, el destino está marcado por procesos políticos más amigos “del mundo”. La otra mirada es la teoría de “Ecuador como la batalla de Estalingrado”, que pone la responsabilidad de continuidad del bloque progresista como tal en la victoria del correísmo. Refútese.

El punto es que si el oficialismo pierde en Ecuador, tal como perdió el Frente para la Victoria en Argentina, no puede adjudicarse a un especie de efecto dominó regional. Cuando Chávez, Kirchner, Lula y el resto de los líderes que tuvo la región irrumpieron en el escenario político de sus países, no lo hicieron por contagio sino por un agotamiento de un modelo de acumulación global que destrozó el tejido social profundizando el desempleo y la desigualdad. Muchas de estas experiencias latinoamericanas accedieron al poder en un contexto de fuerte crisis de representatividad, undebilitamiento de la institucionalidad que hizo que partidos como el PT en Brasil, el PSUV en Venezuela o el Frente Amplio en Uruguay terminaran con la hegemonía de los partidos tradicionales. Incluso, el caso argentino se da con una disputa interna del peronismo, como suele ocurrir desde hace 70 años.

La cuestión es que el ascenso de los progresismos regionales fue posible porque la sociedad demandaba nuevas representaciones, es decir, se necesitaron grupos de personas o personas que encarnaran el descontento social.  En algunos casos, como Argentina, Bolivia o Ecuador se generó a partir de estallidos sociales, mientras que en Brasil y Uruguay la transición fue pacífica.

Ecuador no es ajeno a esto. Rafael Correa llegó al poder sin partido y con una crisis institucional sin precedentes. Desde allí, construyó su poder y el partido Alianza País que hoy lidera.

Es innegable que tanto Ecuador como el resto de las experiencias han tenido importantes conquistas sociales y protagonizaron un sistema de integración sin precedentes en la historia regional reciente. Teniendo en cuenta esta realidad vale la pena preguntarse, por qué pierden o por qué les está costando ganar. En primer lugar, porque las demandas de antaño no son las de hoy, afortunadamente. Pero que las urgencias no sean la mismas no implica que quienes otorgaron derechos no tengan que empezar a proponer escenarios de futuro. El Frente para la Victoria utilizó el mismo mecanismo de campaña que Alianza País en Ecuador: “la década ganada”. Mas allá que hay datos objetivos que lo demuestran, es importante para la continuidad de estos procesos que se mire mas allá de lo que pasó, dado que las sociedades no votan con el libro de historia bajo el brazo.

Por otro lado, si Guillermo Lasso vence a Lenin Moreno y engrosa las filas de presidentes conservadores tendrá enormes inconvenientes para pensar la manera de abrir el mercado en un mundo cada vez mas chico. Sí, el mismo problema que tienen Macri y Temer en sus países y que no han obtenido más resultados que la recesión, el desempleo y la injusticia social. Si Macri pierde las legislativas en Argentina y Lula gana las elecciones en Brasil, ¿se estaría frente a un fin de ciclo conservador? No. En todo caso, la derecha tiene enormes problemas para proponer algo más que ajuste y endeduamiento, un manual que no se cambia hace varias décadas.

El escenario ecuatoriano es una radiografía de la actual disputa en América Latina. El progresismo tiene que renovar sus plataformas y dejar de demandar los votos que ya obtuvo por sus importantes logros en el pasado y afrontar la difícil tarea de reemplazar esos liderazgos que saldaron la crisis de representatividad existente cuando asumieron hace más de una década.