Rita Cortese me cuenta un secreto. Y yo le cuento otro. Es la primera vez que entrevisto a alguien.

Me invita a su mundo y entro por la puerta ínfima, como Alicia. Y cuando la escucho, crezco tanto que ya no puedo salir por donde entré. Como si ella fuera el conejo blanco del tiempo, desesperadas, empezamos a conversar, sin saber si el sabor de las respuestas me dará lugar a las repreguntas.

Acaba de presentarse en su show “Canciones desesperadas”, en el Torcuato Tasso. Su repertorio y la forma en que el público se deja arrollar por la pasión de Rita, me obliga a averiguar detalles del hilo conductor de su puesta, que no es sino el amor. “El enamoramiento y el amor son cuestiones separadas”, distingue ella, y confiesa: “Me cuesta”.

A mí también, pienso -inmersa en lo que me imagino de ella-, pero me retruca: “El amor es tranquilizador pero hay que atravesar el enamoramiento para llegar”. Me sirvo un vaso de agua que ella me dejó en la mesa, mientras sigue sentada en el sillón, interpelada por mi curiosidad.

Ella define, yo la observo.

  • ¿Te obsesiona el amor?, le pregunto, porque ella parece seguir pensando y la veo enroscada en sí misma.
  • Y sí, dice. Y arremete: “Uno no se enamora del otro por lo que dice que se enamoró sino por los secretos del otro, que uno no conoce y quiere develar. No es normal, ¡pero uno se obsesiona!”.

Me causa gracia. No somos mujeres normales.

Ella me dice que el enamoramiento causa desesperación. Me pregunto si ella siente lo mismo para con sus causas vitales. Entonces, me animo:

¿Se puede trasladar esta teoría a un proyecto, Rita?

Es que, en general, uno se enamora como vive. Hay quien se enamora muy correctamente… no es mi caso.

Se produce un silencio. Y le digo que estamos desesperadas de forma permanente. “Y… yo casi, sí. En realidad, sí. Mirá, una amiga mía me dijo una cosa preciosa. Me dijo: no te olvides que vos revivís varias veces. Yo muero y revivo varias veces”, me explica. Y luego sigue: “en general uno se muere y revive, se muere y revive…”.

Sí, en general. ¿Somos personas desesperadas por cambiar el mundo?

Por vivir en un mundo mejor, sí. Yo personalmente, sí. El mal de este momento todavía me hace más claro ese estado, esa necesidad. Porque estamos viviendo en un mundo del  mal. Y el mundo del mal es un mundo tonto.

¿Creés que se podría?

“¿Cambiar?”, suelta Rita, rápido, sabiendo que esa palabra en boga está mal implementada. Le devuelvo, más veloz aún, un ‘si’ chiquito y ella lo agranda con efusividad y lanza una carcajada vitamínica que me impulsa a poder visualizar al menos un poco de esperanza.

Es una contradicción en sí misma porque el que está desesperado está como desesperanzado también…

No, no, no… A esta altura de mi vida, yo estoy desesperada pero puedo llevar el barco. No es que estoy desesperada y me llevo las paredes por delante, que me ha pasado…

Tengo curiosidad por su concepción del tiempo. Porque habla de un pasado donde no podía detenerse a pensar y ahora sí. ¿Cuál creés que es el parámetro del tiempo?, inquiero.

  • Y… el tiempo, el paso del tiempo… Yo tengo 66 años, el paso del tiempo, si hay algo que tiene de bueno, es la sabiduría y la templanza. Y es saber, bueno, que la muerte existe, hay conciencia de la muerte y poder tener momentos de felicidad sabiendo que existe la finitud. Entonces, ahí también es donde podés un poco capear esa desesperación. ¿Entendés?

Sí, completamente. Pero, ¿se le puede ganar al tiempo? Porque, digo, esa finitud hace que veas el límite de ese goce por el que vos decís que uno puede ser feliz teniendo la conciencia de que termina en algún momento. ¿Se le puede ganar a esa sensación?

Sí, porque la vida tiene valor. Tal vez, no tenga sentido pero tiene valor.

¿Dónde encontrás ese sentido para seguir resignificando ese valor?

En mi necesidad de ser feliz. Yo soy una mujer que, esencialmente, es feliz. Que accede a la felicidad. Uno no tiene un sólo estado de ánimo, uno tiene varios estados de ánimo. Y yo también cuando soy feliz, soy desesperadamente feliz. Soy como una niña. Bueno, por eso lo situacional, ¿no? Recuerdo que alguna vez fui un niño, eso es todo. Un niño es feliz, es infeliz, está contento, no se lastima, se lastima, se quema, no se quema. Bueno, es eso, la vida es eso. Y la vida… la vida es una. No, no, no… es mentira eso de que vos sos una persona a los dieciocho y sos otra a los setenta… ¡Nooo! A los setenta la lastimadura iniciática está con una cascarita. Pero viene un pelotudo que te tocó la cascarita y llorás igual que cuando tenías dieciséis. O sea que… yo, en realidad, si me pongo a ver, fui siempre igual, con un cuerpo material que resiste menos que cuando tenía dieciséis.

Rita se ríe, me río, nos reímos. Estamos comunicadas y siento que la carencia nos potencia y algo de nuestra dupla dispara contra el malestar.

¿Crees que es una reacción ante la orfandad el hecho de que se junten los artistas en las plazas?

No. No, creo que es una necesidad porque el arte ha dado respuestas, no respuestas concluyentes pero ha alumbrado en muchas oportunidades. Y creo que, esencialmente, los que queremos y tenemos el arma… ¡el alma de artistas! Y el arma de artistas, las dos cosas, sabemos que podemos tocar el alma del otro, creemos en esa energía. Y hasta el más fatuo de todos los actores, a lo sumo el más malo de todos los actores, creo que es soberbio, o sea, es tonto. Pero es una profesión, la del actor, de bastante bondad en general. Hay mucha exposición, somos fuertes por la exposición que tenemos, somos un blanco muy fácil. Muy fácil…

O sea, somos un arma fuerte…

Y un blanco fácil. Fijate lo que es un escenario. Bueno, de hecho hubo una película que se llamaba “Con los ojos vendados”, que hablaba justamente de eso, en la época de la dictadura.

¿Y creés que puede haber un saldo organizativo para construir, desde la esfera del arte, una respuesta política a esta etapa del país?

Yo creo que el arte siempre tiene una respuesta política. Ideológica, por lo menos. No partidaria pero sí una respuesta ideológica. No hay arte sin ideología. El que cree que es un artista y te dice “no pero a mí la política… soy apolítico”, eso es mentira, ese no es un artista. La ideología es qué mundo querés, en qué mundo querés vivir, cómo querés atravesarlo, ¿no?

Asiento, maravillada por sus palabras y las inflexiones de su voz. Pero ella es un torrente de vocablos, y continúa:

  • Después si hay un partido, algo como lo que pasó con el kirchnerismo –que, como en mi caso, sentís que te comprend-e… bueno, pasás momentos de felicidad. Apoyás y apoyás con alegría y con exposición, que nos cuesta.
  • Sí, nos cuesta…
  • Nos cuesta un precio. Pero, ¿qué nos importa? (Risas)

Pero si esta manera de exponerte y de dar una respuesta concreta sobre tu ideología te llevara a un lugar más marginal, o sea, te dejara outsider de la posibilidad de trabajar, de tener espacios donde manifestarte, ¿seguirías promulgando tu manera de pensar?

No tendría alternativa.

Lo harías sí o sí…

Es que no tengo alternativa.

Sos así.

Es que, si no, me muero. (Suspiro – risa) Si no, no sería yo.

Claro. O sea, es tu manera…

¡Es mi manera! Y no es que no tenga miedo, ¿eh? Pero es mi manera, yo soy yo. Y si a los 66 años me pierdo lo que me queda de vida para vivir en plenitud, aunque sea en la plenitud de la marginalidad…

Preferís…

¡Pero por supuesto! ¿Me voy a hacer la coqueta ahora?  (Carcajadas)

¿Siempre fuiste una outsider?

Toda la vida. Desde que supe que existía la muerte, que lo supe a los doce años, ya fui una outsider. Hago televisión y vos me verás y demás pero podría erigirme yo misma, como los idiotas, en otro lugar, si quisiera. No lo hago porque no me interesa, porque creo en la finitud en el arte. Entonces, yo creo en el arte. No creo en el mundo del espectáculo. Me pueden sacar del mundo del espectáculo. De donde no me pueden sacar es del mundo del arte.

¿Dónde queda Kamchatka, ese lugar tuyo desde donde se puede hacer una gran conquista?

En mis ojos, en mi mirada.

 

Por Marina Glezer