Distintas perspectivas sobre el escenario económico se prestan a explicar la centralidad política de Cristina Fernández de Kirchner. Ella, como síntesis de las profundas diferencias presentes tanto en la sustancia de los modelos en pugna como en sus propios limitantes.

Por Luciana Glezer

KIRCHNEROMICS VS PROCONOMICS  

En términos económicos, el kirchnerismo puso su énfasis en intervenir fuerte en la circulación del excedente, mucho más que en la producción del mismo. Según doctor en Sociología Daniel Schteingart, el gobierno anterior distribuyó bien hasta el 2011, año en que la economía dejó de crecer. El problema fue que no hizo a tiempo para tocar la estructura productiva y hacer políticas de desarrollo más finas. Así, se convirtió en rehén de la restricción externa, donde la energía jugó un rol determinante.

Desarrollista, beatlemaníaco y tecladista fogonero, Schteingart agrega ladrillos al muro contra el que chocó el proyecto K: la sobreideologización de los instrumentos de política económica y la mantención de una tasa de interés a la baja provocó la dolarización de carteras. “Hicieron del desendeudamiento una bandera cuando se trató de una política económica de la que habría que haber salido a tiempo”, le dice a Kamchatka.

Sin embargo, afirma que la fuerte intervención pública sobre la circulación del excedente hizo que bajara la desigualdad y, hasta 2013, también la pobreza. Agrega que el kirchnerismo fue cuidadoso en sostener el nivel de empleo, y el impulso a la demanda agregada fue sustancial para llevar adelante ese proceso. Pero faltaron cambios estructurales.

Comparte esta lectura Martín Burgos, licenciado en economía de la UBA, magíster en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París y, además, poeta. Coordinador del Departamento de Economía del Centro Cultural de la Cooperación, describe al modelo kirchnerista como un keynesianismo periférico porque le da mucha importancia a la demanda a través de la redistribución del ingreso con una fuerte presencia del Estado y el límite de ese modelo estuvo dado por la restricción externa.

Muy lejos se encuentran las definiciones sobre el modelo económico del Gobierno. Schteingart advierte que en el PRO están convencidos que el gran asignador de recursos es el mercado y cualquier política industrial o administración del comercio, les suena a distorsión. Tienen la idea fija de que para crecer hay que bajar la inflación, cuestión que reducen a un fenómeno exclusivamente monetario. Otro fundamento de su dirección económica es que el ahorro es lo que fomenta la inversión. Y Schteingart los considera absolutamente equivocados.

A criterio del joven sociólogo, la inversión es producto de la demanda agregada de los demás componentes. Entonces, el consumo puede resultar un gran inductor de la inversión. De hecho, la inversión del 2011 fue la más alta, medida desde principios de los 80, con un consumo volando. Inclusive, si se toma de 1930 a 2016, hay 67 de esos 86 años donde consumo e inversión van de la mano. Suben los dos o bajan los dos. Sólo en 4 años de esos 86 hay subida de la inversión con caída del consumo. No casualmente, 3 de esos años correspondieron a  golpes militares y el que resta lo tuvo a Arturo Frondizi como presidente, dada una coyuntura económica bastante particular.

Burgos, por su parte, suma que si bien el gobierno nacional lleva adelante un modelo pro-mercado,  esto se da en un contexto donde los mercados internacionales están en crisis, lo cual dificulta mucho la gestión en términos de resultados

El economista Enrique Szewach, en tanto, asegura que la economía argentina es una economía dolarizada: “no tiene moneda propia, tiene el dólar”. Ex vice presidente del Banco Nación durante la gestión de Carlos Melconian, considera que cuando la economía está dolarizada y el tipo de cambio sube, “eso se traslada a los precios”, mientras que cuando el tipo de cambio baja, “no bajan los precios”. Enorme definición para la interna histórica del bloque económico, dolarizadores versus devauacionistas.

En esta misma línea, Szewach señala que el segundo problema es una flotación del tipo de cambio ‘mentirosa’, donde aparece el sector público: “como el Gobierno se endeuda y como no tenemos moneda, se endeuda en dólares, tiene que pagar gastos en pesos y termina vendiendo los dólares en el mercado”, alega.

Por eso, Schteingart aporta que Cambiemos apunta a la disciplina salarial, y su limitante más visible son las elecciones cada dos años. Pero Juan Carlos Sacco, titular de la Federación Argentina de la Industria Gráfica (FAIGA) y dirigente de la Unión Industrial Argentina (UIA), a quien el periodista Leandro Renau define “como uno de los más duros con posicionamiento mesurado”, indica que están usando todas las herramientas habidas y por haber para no despedir gente. “Primero, las vacaciones viejas; después, las vacaciones del momento; después, suspensión; y luego, viene lo otro”, detalla, y remata: “por ahora, la industria, en relación a lo que se habla, es muy poco lo que despidió porque además los empleados calificados son muy difíciles de reemplazar”.

Consultado por esta revista, el economista Matías Tombolini contesta que “existe un conjunto de iniciativas que responden a una idea que todavía no queda claro si es un modelo o una propaganda”, aunque se encarga de aclarar: “sí me parece que Macri ha tenido una mirada distinta -desde la propuesta- a la de Cristina, porque él sí dijo que no se crece como proponía ella, se crece de otro modo”. “Lo que no queda claro es hasta dónde hay un modelo o hay una gestión política en función de la conveniencia coyuntural”, subraya.

OÍD MORTALES

Entre los observadores del rumbo económico, deuda y déficit son gritos que se imponen por encima de los paupérrimos resultados económicos del Gobierno nacional. Cuando el bramido retumba, quedan expuestas las fisuras.

Burgos antepone la pregunta sobre cómo se compone el bloque dominante. “En el macrismo, lo integran las empresas multinacionales y las finanzas internacionales”, precisa. Se trata de sectores que requieren de un tipo de cambio bajo para retirar sus utilidades en “moneda fuerte”. Un aliado de ese bloque son los grupos económicos concentrados, los medios de comunicación y, más relegado, la UIA. Lo lógico es que los industriales necesiten un tipo de cambio alto para mejorar su rentabilidad, reduciendo costos en pesos. “Es evidente que este último grupo se está quedando afuera del proyecto y es el que fuga capitales en gran cantidad, mucho más no puede hacer”, concluye Burgos. Basta observar la composición del directorio de la Sociedad Rural, la Bolsa de Valores y la central fabril, para constatar que los apellidos se repiten notoriamente.

El problema es que, para tener un tipo de cambio bajo, se necesita una entrada de divisas importantes, en este caso provenientes del endeudamiento externo y con la doble función de cubrir los baches en el sector externo y en el fiscal. Justamente, el sector externo conoce el grave desequilibrio debido a la fuga de capitales realizada, entre otros, por los grupos económicos locales. La deuda permite financiar esa salida.

De modo ineludible, la cuestión del déficit se asocia a esto. Burgos considera falaz el debate entre  shock o gradualismo. “No hay ningún apoyo social para realizar un ajuste más importante y los únicos que lo plantean son economistas con poco arraigo en la sociedad”, señala, y añade: “tiran la colcha para la derecha y, en la televisión, el único debate que aparece es si hay que ajustar más o menos”.

Bajo ese enfoque, remarca que “el déficit fiscal no es el problema mayor de la economía, sino las cuentas externas y el endeudamiento del Banco Central”. Según este rapsoda, el déficit fiscal no puede reducirse bajando impuestos y ajustando el mercado interno, ya que la recaudación depende de la dinámica del mercado interno.

Los más ortodoxos alertan que el Banco Central que preside Federico Sturzenegger está emitiendo más de lo que quisiera. No sólo para financiar sino para comprarle dólares al Tesoro, las Provincias y, ahora, a los privados. La base monetaria crece al 35,7%. Sin embargo, la demanda de dinero no lo hace a ese ritmo y, por lo tanto, sobran pesos en el mercado. No le queda otra opción que absorber todo el exceso y, así, mantener la tasa de interés real alta, o sea, la de las Lebac en el secundario.

El cuadro pinta la articulación entre endeudamiento y gasto público. “Con el déficit fiscal clavado en 5 o 6 puntos del PBI, el BCRA hace lo que puede, no lo que quiere”, opina Pablo Goldin, director de la consultora Macroviews.

Desde esta perspectiva, supone que la entidad monetaria “pretende emitir sólo $ 150.000 millones por año para financiar al Tesoro y termina emitiendo el doble o más, porque además le compra un montón de dólares al Tesoro contra pesos”. “Hoy se da la paradoja de que hay mucha plata en la calle para cumplir la meta de inflación del BCRA pero poca para cumplir la meta de reactivación del Gobierno y, a esta altura, más importante que medir con el telebeam el cumplimiento del 17% de inflación de este año es testear la meta del 2018 y el nivel de actividad que podría perderse en el camino”, argumenta, y recomienda: “el desafío es bajar en serio el gasto público”.

Apoya la moción de Goldin, el fugaz ministro de Economía de Fernando De La Rua, Ricardo López Murphy. Banca la salida vía deuda como solución para el corto plazo pero antepone que “lo preocupante es el déficit”. Para el bulldog, el desequilibrio de las cuentas públicas, que mostró una variación positiva del rojo fiscal de más del 70% interanual, es una gran continuidad con el modelo kirchnerista. A López Murphy el déficit fiscal le da por encima de los 9 puntos del PBI, o sea 2% más que el guarismo que arrojó la gestión de Axel Kicillof.

Con esos números, Burgos clava una diferencia sustancial: “El kirchnerismo tenía déficit porque tenía un estado activo y la demanda del sector público permitía motorizar las ventas del sector privado pero este déficit es porque la recaudación cae más rápido que los ajustes de gasto”. “Uno busca el crecimiento, el segundo profundiza la recesión”, apunta.

Por el carril izquierdo pero autodefinido como independiente, lo acompaña, en parte, Pedro Gaite, miembro de la agrupación Economistas de Base, que reconoce que “no es el mismo déficit porque los ingresos se redujeron por la recesión pero fundamentalmente por la quita de impuestos a los sectores más acomodados de la economía, como las retenciones a las mineras y al agro, y los beneficios sociales se recortaron en términos reales”. “Un  caso concreto: el gobierno salió a subsidiar los aportes de la patronal de la escuela privada en pleno conflicto con los docentes”, ilustra.

EL ESPECTRO SOBREVUELA

La pregunta que muta en pesadilla recurrente para unos tantos pocos es si el kirchnerismo es de forma determinada un adjetivo económico, apenas siquiera, en función de la distribución de la riqueza.

De hecho, durante la totalidad del período K se achicó la brecha social, tal como lo prueba la mejoría evidente en el coeficiente de Gini, acompañado por una marcada reducción del índice de pobreza. Como bien aclara Gaite, “siempre dentro de la lógica de mercado”, donde el consumo funciona como motor de crecimiento.

Pero la tendencia positiva frenó de ñata contra el vidrio. Las explicaciones sobre los limitantes pasean por los matices de cada color de la paleta.  Restricción externa (escasez de dólares para entender toda la demanda), inflación y déficit encabezan el ranking de las causas más nombradas.

El Gobierno actual resolvió el tema de la demanda de dólares con endeudamiento, pero la inflación se sostiene en dos dígitos y el déficit fiscal es mayor aunque distinto. Cambia Cambiemos, para quien con los mismos números extremos la economía no ocupa el centro de la política. Un cambio de figuritas que evita el tratamiento del deterioro de las condiciones sociales y enciende el cartel que vende las cualidades de una clase política corrompida.