Yo tengo, usted tiene, todos tenemos un televisor
Allí gritan se acogotan y se matan todos los cowboys
Indios flacos sin jabón, negros feos que atacan a traición
Y muy poco alguna vez los hombres blancos malos pueden ser.

La del televisor, Piero y el Cuarteto Zupay. Circa 1972

Por Gonzalo Carbajal

Las consecuencias de una esfera comunicacional cerrada y monopolizada no las descubrimos ahora, pero las estamos experimentando.

Basta recordar el Informe McBride, que en los lejanos ´80 denunció los desequilibrios en el flujo de la información, y cómo las potencias pasaron a retiro a Sean Mc Bride y a su documento. Allí se señalaba que la paz y el desarrollo humano dependían de un nuevo orden para la información y la comunicación que limitara los monopolios en la comunicación, garantizara la pluralidad de fuentes y los canales de información y lograra el respeto de la identidad cultural de los países y los pueblos. Lo resolvieron dejando a la UNESCO sin plata.

En esos años, la dictadura cívico-militar legislaba para asegurarse exclusiones y control en el mundo de los medios. Recuperada la democracia, pese a las manifestaciones de deseos de los partidos mayoritarios, el pueblo argentino nunca logró pasar a la ofensiva en esta materia y, en lugar de alcanzar la democratización, la legislación de la dictadura fue retocada para propiciar mayor concentración y transnacionalización.

El virtuoso (y excepcional) período en que el kirchnerismo se hizo carne de esa demanda de décadas y, con voluntad política digna de mejores resultados, promulgó la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual (LSCA), prometía un camino de desconcentración para propiciar el surgimiento de medios donde la sociedad pudiera representarse a sí misma para disputar aquel poder. Semejante audacia merecía mejor suerte. La Coalición por una Radiodifusión Democrática sintetizó una demanda en 21 Puntos que, sin resignar amplitud y heterogeneidad, puso en el escenario a un nuevo actor social, llamémoslo Sociedad Civil. De los organismos de derechos humanos a los sindicatos, pasando por las organizaciones sociales, cooperativas y comunitarias, entre muchas otras.

El kirchnerismo supo absorber esas demandas en su seno, darles forma y administrar los tiempos para llevarla a buen puerto, pero chocó con escollos a la hora de desplegar los recursos que la nueva ley ponía en juego. Podríamos pensar que midió mal la acumulación que la ley le había permitido o que la LSCA quedó más dura de lo que la acumulación le permitía aplicar. También que no se puso todo el empeño necesario para incubar a quienes lo necesitaban, que se sobrevaloró el apoyo que podían brindar algunos actores y que se embarcó en épicas que lo debilitaron —como el 7D—. Ya para la finalización del segundo mandato de Cristina Fernández de Kirchner, el fuego de aquella acumulación estaba muy menguado y los beneficios de la Ley no terminaban de ser visibles.

Ni bien asumió, Mauricio Macri mutiló por decreto algunos aspectos centrales de la LSCA y el panorama hoy es de mayor concentración que hace una década. Sabía que para gobernar iba a necesitar de los medios y lo hizo sin demora.

“RAM es un nombre genérico”

El relato del gobierno nacional ha tomado una nueva dimensión a partir de la mitad de este año. No es un cambio de discurso, es un cambio cualitativo. Pero Macri (y su gobierno) no comunican solos, o mejor dicho, no son los que generan mayor volumen de comunicación. Las alocuciones del Presidente en actividades públicas son escuetas y, aquellas que realiza con el periodismo, parecen reuniones de amigos que no valen para el análisis.

Son los columnistas y opinadores de todo tipo, instalados en ese escenario de medios concentrado, los que le aportan al gobierno lo que por sí solo no quiere o no puede. Lo aplauden y lo incentivan a ir por más. Interpretan las líneas directrices del discurso y lo amplifican, pero también trabajan líneas que lo amplían. Recordemos cuando en la represión a docentes que armaban una carpa en el Congreso instalaron el concepto “piqueteros” o cómo demonizaron a esos mismos docentes en etapa de paritarias y elecciones internas.

Del relato comenzado antes de la desaparición de Santiago Maldonado en una redada de la Gendarmería al de los últimos días con el “terrorismo mapuche” en Bariloche, hay sólo un par de pasos. Pero el gobierno solo no podría haberlos conseguido, pese a una pieza de colección como el comunicado del Ministerio de Seguridad que afirma que en el operativo en que asesinaron a Rafael Nahuel los tiros de Prefectura eran dirigidos “hacia los árboles”, y que los agentes se defendían de atacantes con “lanzas con cuchillos en las puntas”, “armas blancas” y animados con “gritos de guerra”.

Una vez lanzada la versión de los indios malos con “piedras, boleadoras y lanzas”, los medios hacen lo suyo, salen a amplificar y buscar más testimonios. Veamos algunos:

El 25/11, el Diario Río Negro tituló: Tras el choque con fuerzas federales hay un muerto en Villa Mascardi, al mejor estilo del recordado “La crisis causó 2 nuevas muertes”, de Clarín. Al día siguiente, en TN fueron a buscar al jefe de gobierno local: Es “imposible” negociar con la RAM, tituló la señal de noticias a partir de las palabras del gobernador de Río Negro, Alberto Weretilnek. Debía ser cierto, Patricia Bullrich debió reconocer horas después que RAM “es un nombre genérico”, “es como un nombre pero puede haber otro grupo que se llame de otra manera” y “se pone en el RAM a todo aquel grupo que no respeta la ley”.

En otras instancias, hacen eso con el kirchnerismo. Quien mejor lo ejecuta es Marcos Peña, que cada vez que tiene que hablar de sus referentes o ex funcionarios dice que su lugar es dar explicaciones ante la Justicia. Y tilda de kirchnerista cualquier manifestación opositora o a cualquiera que participe de ellas.

Son los columnistas y opinadores de todo tipo, instalados en ese escenario de medios concentrado, los que le aportan al gobierno lo que por sí solo no quiere o no puede. Lo aplauden y lo incentivan a ir por más. Interpretan las líneas directrices del discurso y lo amplifican, pero también trabajan líneas que lo amplían.

Esta semana el mecanismo se recargó con la decisión de impedir directamente la entrada de representantes de la sociedad civil para la reunión del G20. No era posible tildarlos de kirchneristas, lo único que le faltaba al gobierno es que el kirchnerismo tuviera ramificaciones en Noruega o Gran Bretaña. Pero permite ver que no solo el kirchnerismo está vetado. Le puede tocar a cualquiera, es un mecanismo.

El gobierno parece no querer adversarios. Construye un enemigo genérico y luego ubica ahí a todo el que le molesta. Ese mecanismo elimina del campo de la política la posibilidad del disenso, cualquiera que ofrezca una interpretación de los hechos que no coincida con sus objetivos es eliminado del espacio público. Por eso, no van a programas de televisión a debatir. Porque con el enemigo no se debate, se lo condena al ostracismo de la democracia al ubicarlo en la mira como “enemigo de los argentinos”.

En este contexto, estas construcciones solo pueden ser enfrentadas con datos o testimonios que aporten información concreta, contundente, certera, que no deje lugar a interpretaciones o supuestas intenciones políticas y que desarmen a tiempo los supuestos núcleos de verdad que se intentan alojar en el sentido común de las personas. Bullrich debe reconocer que la RAM no existe como tal, cuando no puede aportar datos que apoyen tal afirmación. En ese sentido, juegan testimonios contundentes como el del 28/11, atribuido al obispo de Bariloche. Juan José Chaparro dice desconocer la existencia de la RAM: “hay gente que vivía en un lugar y que luego se fue endeudando hasta que de repente no tenían más ese terreno (…) pero de ahí a que se trate de un ejército organizado con armas de grueso calibre, hay una distancia muy grande”. La supuesta existencia de armas en poder de los mapuches de Bariloche termina de caer en estas horas con la inspección ocular que hace el mismo Juez de la causa.

Big Data

La desconcentración de los grandes grupos que retenían para sí el grueso de los recursos comunicacionales (pauta, licencias, publicidad, audiencia) al momento de la sanción de la Ley de Servicio de Comunicación Audiovisual debía dar lugar para que emergieran espacios que oxigenaran el ambiente periodístico. Nuevos canales de tv y radios, la tv digital abierta, la expansión de señales públicas. Todo ese espacio debía propiciar la circulación de discursos que históricamente venían corridos de la existencia mediática, y por supuesto también los nuevos de toda novedad.

No sucedió, como vimos anteriormente. Y ahora el gobierno nacional aplica con precisión procedimientos de censura indirecta, por vía de la sequía de recursos públicos y el hostigamiento a periodistas y propietarios, con aquellos que se animaron a dar lugar a un discurso opositor. Y en un círculo vicioso, son apuntados y corridos de la escena quienes se animan a denunciar este estado de cosas, lo que agrava aún más la situación.

En ese contexto, los dos últimos años representaron un retroceso brutal en materia periodística, y aunque aún subsisten algunos, no hay certeza de que el cepo informativo no aumente la presión sobre los que no hayan logrado alcanzar equilibrios económicos con independencia del mercado o el Estado.

El país parece funcionar en un supuesto “estado de verdad” opuesto a “la ficción en la que vivíamos en el pasado”. Como este cúmulo de afirmaciones no se puede contrastar, ya que no se somete al juicio ni de periodistas ni de dirigentes de cualquier espacio, el camino que queda es ser muy sólidos en materia de datos que, como ya vimos, impacten en las afirmaciones antes de que se expandan.

No hay dudas de que la difusión de la lista de familiares blanqueadores de dinero afectó a Macri. Cuando se supo que se iba a autoperdonar una deuda multimillonaria, puso marcha atrás al acuerdo del Correo. Esa debe ser nuestra Big Data: la investigación, la información cotejable.

Un gobierno que no puede someter su palabra al juicio crítico no es de ninguna manera un gobierno fuerte. El desafío de la etapa es poner en el debate público los hechos y las pruebas, que han demostrado ser lo más efectivo para confrontar al gobierno nacional en el terreno mediático. Nada ayuda la abrumadora circulación de información incompleta, recortada o incluso falsa con la que muchos militantes se entusiasman.

La síntesis de una oposición que pueda vencerlos en la arena política quizá deba transitar caminos diferentes, pero será mucho más difícil si no hacemos un esfuerzo por deconstruir la farsa que el macrismo ha logrado con la colaboración y complicidad de los medios dominantes. Para eso, todavía existen medios que no se someten y es preciso trabajar con ellos, promoverlos y defenderlos.