El flujo abrumador de especulaciones electorales repone la pregunta por la representación de las mayorías y el peso de las partes. El 20 por ciento del electorado decide su voto en los días previos a los comicios, la grieta divide más que la clase y las fracciones pugnan por ganarse la voluntad de los indiferentes. En medio del tole-tole, Kamchatka dialogó con los que juegan de memoria sin perderse en las tribunas ni la patria panelista.

Por Pablo Dipierri

La mayoría, con solidez y consistencia, es imposible en la coyuntura actual. Merced al bombardeo mediático, la propaganda y la precisión quirúrgica del data mining, la sociedad se acostumbra, paulatina y anestésicamente, al depósito de su soberanía en la cuenta del ballotage y las fracciones pugnan inclinando la balanza hacia un lado u otro del espectro ideológico.

La última encuesta del Centro de Opinión Pública y Estudios Sociales de la UBA arrojó que el 20 por ciento de los consultados definieron su voto para las PASO en los días previos a la cita con las urnas. El sociólogo Carlos De Angelis, responsable del sondeo, explicó a esta revista que, entre los que sufragaron por Cristina Fernández de Kirchner y Esteban Bullrich el pasado 13 de agosto, el 90 y el 80 por ciento, respectivamente, indicaron que no cambiarían su decisión de cara a octubre, mientras que el 60 por ciento de los que optaron por Sergio Massa y el 40 por ciento de los que metieron la boleta de Florencio Randazzo admitieron que podrían trocar su papeleta.

La volatilidad de las tendencias sociales no es nueva pero la velocidad con la que mecen el péndulo de la opinión pública –o publicada- sí, y dificulta la edificación de la mentada mitad más uno. Sin embargo, el filósofo Tomás Abraham recordó que el kirchnerismo cosechó el 54 por ciento en 2011, aunque difícilmente vuelva a erigirse con semejante nivel de adhesión. Los más nostálgicos todavía se muerden los labios con rabia al rememorarlo y hasta acuden en busca del personaje de Juan José Castelli que se figura Andrés Rivera, en “La revolución es un sueño eterno”, cuando se pregunta “¿por qué, con la suficiencia de los conversos, muchos de los que estuvieron de nuestro lado, en los días de mayo, traicionan la utopía?”.

Si bien existe una indiferencia constitutiva que diluye cualquier lazo colectivo en meros fragmentos ambulantes de un ágora devorada por el consumo y la mutación del sí mismo de cada cual en mercancía, los anhelos y aspiraciones de la clase de ciudadanos que no se siente inmersa todo el tiempo en una lucha económica son un jeroglífico indescifrable para dirigentes, consultores, encuestadores y militantes. Tales rasgos identitarios, patentes en sendas porciones de la población, no son deudores –solamente- del alud abrasador de la industria cultural. Las elites porteñas del Siglo XIX tampoco la tenían fácil con los gauchos que se perdían en las pulperías.

A escasos meses de la publicación de su libro “El deseo de revolución”, Abrham advirtió que “las mayorías son silenciosas porque el ruido ideológico es para pocos” pero reconsideró su afirmación al ironizar que “los encuestadores todo el tiempo las escuchan… decir una cosa, luego la otra”. “Las mayorías engañan, cambian, se dejan seducir y abandonan, son astutas, más que los espectros”, explicó.

En la misma sintonía, De Angelis reconoció que “ya no hay un Carpani”, en referencia a los murales que evocaban a los trabajadores como moles vigorosas y compactas. “Se perdió la homogeneidad y, en los sectores subalternos, hay trabajadores en relación de dependencia, organizados sindicalmente o fuera de convenio, monotributistas, obreros en la informalidad, changarines y excluidos pero permeados por aspiraciones y deseos insuflados por pautas de consumo”, argumentó.

Idéntico esquema teórico solicitó Abraham para pensar los cambios que operaron en el país desde 1916, con el advenimiento del radicalismo, o 1946, con el surgimiento del peronismo. “Aunque parezca extraño, el mundo cambió desde ese momento y ya no existen la clase obrera y la burguesía porque hay poblaciones que exceden a la antigua sociedad salarial”, indicó, y abundó: “la sociedad se compone de una multiplicidad de grupos con distinta ubicación en lo económico-social, nómades además, transversales de acuerdo a sus pautas de consumo, integración social, normas de vida y variadas porciones de poder”.

Partidos en jaque

La alarma sobre la crisis de representación permanece encendida desde el estallido del 2001, por lo menos. No obstante, la historiadora Hilda Sábato le dijo a Kamchatka que, antes de la emergencia de los partidos como se los conoce actualmente, “no se presumía que un sector social tenía que tener una traducción política específica”. “No se pensaba que había que coincidir en el plano político con la clase por simple pertenencia socioeconómica”, sostuvo.

Cuando la Ley Sáenz Peña no era siquiera proyecto, la sociedad se convulsionaba lo mismo en los comicios pero las minorías no tenían representación: el que ganaba se quedaba con todo, el que perdía acusaba fraude y el que detentaba el poder tildaba al otro de ser facción. Compiladora junto al profesor Alberto Lettieri del libro “La vida política en la Argetina del Siglo XIX. Armas, votos y voces”, Sábato consignó que por entonces “no se concebía que la política fuese un escenario para procesar los conflictos sociales sino para suturarlos”.

Si bien el partido apareció como la herramienta ideal para la participación y la construcción política, siempre hubo “una base heterogénea”, al decir suyo, y tanto la interpelación de Hipólito Yrigoyen como la de Juan Domingo Perón tejían tramas policlasistas. “La realidad es más flexible que lo que la imaginación sociológica diseñó como modelo”, aseguró.

Que al cierre de esta edición el senador chaqueño Ángel Rozas anunciara su renuncia a la jefatura del bloque en la cámara alta por los desplantes del macrismo al interior de Cambiemos no es casualidad. De la misma manera que el archipiélago del PJ no sólo obedece a los apetitos individuales de cada alfil en el tablero político sino a la compleja dinámica social que escapa a las fijaciones de disciplinas partidarias y compromisos programáticos.

Escrutinios inquietantes

Para el sociólogo De Angelis, “ya no existen las mayorías en el sentido clásico, dada la fragmentación que hay, y por eso se inventó el ballotage”. “Es muy difícil que vuelvan a producirse resultados como los que lograron Perón o Cristina Fernández de Kirchner”, aseveró.

No obstante, introdujo la distinción entre el aspecto cualitativo y el cuantitativo para el análisis. En el primer caso, ubicó los saldos netamente electorales y, para el segundo, cifró las creencias de la sociedad.

A su criterio, hay mayorías imposibles de cuantificar, latentes y flotantes. “A veces, el sentido común que se esparce es tomado por una fracción que lo expresa”, sugirió. Y con ese enfoque, admitió que “el macrismo ha sabido hacerlo y el kirchnerismo, en sus albores, también”.

Abraham, por su parte, discrepó con la pregunta de esta publicación acerca de los casos en que una fracción en el poder ataca a esas mayorías que la ungieron con su voto. “Es un prejuicio sostener que la fracción (macrista) ataca a las mayorías que lo votaron y tan equivocado es que aumentará su caudal electoral después de todo el aparente daño producido”, contestó, y concluyó: “finalmente debe ser cierto que la gente no sólo vota con el bolsillo”.

Predicadores en el desierto

La comodidad de la posverdad exime de la discusión sobre el desafío de sembrar, incluso, en terreno yermo. Ante esa aporía, son cruciales los aportes del filósofo Roberto Espósito con la categoría de lo impolítico como contorno para pensar lo político, colonizado casi completamente por lo apolítico.

Se sabe, lamentablemente, que el límite siempre es angosto y a la cornisa no se suben todos. Pero tal como sugirió el performer Emilio García Whebi, “la minoría constituye un campo de posibilidad que opera por sustracción y la democracia, se supone, también es la revalidación de las minorías”.

Alejado del kirchnerismo desde que se abandonó la transversalidad inicial, el autor del libro “Communitas” coloca la singularidad poética en el centro. “Elijo el camino de la utopía negativa: hay que seguir haciendo aunque la oscuridad lo cubra todo”, recetó.

Más allá del veredicto de las urnas, los proyectos en pugna que regurgitan desde el fondo de la historia persistirán en el antagonismo. No en vano Rivera le hizo decir a su Castelli que los héroes de mayo eran revolucionarios sin revolución pero que no hay revolución sin revolucionarios.