Redacción Kamchatka
Foto: Ezequiel Pontoriero

Precuela

El presidente Mauricio Macri mutó después de la Marcha Federal. El temor a una tormenta perfecta, con gremios y organizaciones políticas en la calle, empresarios atrincherándose en el llanto y la especulación y la Justicia avocada a los susurros del Plan B, le sacudió la modorra. O lo obligó a postergarla.

Tras el fallo adverso de la Corte Suprema sobre el aumento de tarifas para el servicio de gas, en Casa Rosada blandían que dos tercios de los contribuyentes habían pagado el impuesto a pesar de las quejas. Y confiaban en que, tras las audiencias públicas a las que fue conminado el gobierno, se diluiría el tono del reclamo social.

Por aquellos días, el establishment pataleó porque la dilación de la aplicación de la suba pedaleaba el déficit fiscal pero un funcionario con despacho emplazado frente al Patio de las Palmeras daba por sentado la absorción de los costos, tanto políticos como económicos. “Sí, se puede”, repetía con una mezcla de sorna y cinismo.

El kirchnerismo duro creía, entonces, que Cambiemos “la iba a chocar” y los dueños del país, que caracterizan al jefe de Estado como el más lerdo de su clase, se irritaban por la ausencia de una política económica consistente con sus apetencias y las tensiones del gabinete o el bartoleo y la tirria entre ortodoxos pura sangre, como Federico Sturzenegger y las tasas del Banco Central, y los hijos putativos y pragmáticos de la patria contratista y financiera, como el ministro de Hacienda, Alfonso Prat Gay. Pero Macri aprendió, y movió sus fichas.

Espalda con espalda

En cada foro donde les habló, el primer mandatario les suplicó compromiso a los empresarios para que se reactive la economía. La última edición de esta revista dio cuenta de cómo industriales, ruralistas y banqueros cerraron filas, más allá de los disgustos, y reconocían “un acuerdo político para bancar al gobierno” aunque eso implique una demora en la cosecha de los frutos o la rentabilidad anhelada. Tienen espaldas y les sobra tiempo, aunque moqueen en público.

Tal fue la conducta que mantuvieron en torno de la negociación por el bono de fin de año con los gremios y los representantes del Estado, durante la cocción del pomposo “Diálogo para la Producción y el Trabajo”. Una semana antes, pagaron hasta 50 mil pesos por la entrada al Coloquio de Idea pero en las horas previas a sentarse en la mesa redonda del Museo del Bicentenario con representantes de la CGT y ministros del gabinete nacional advertían que no podían pagar mil pesos por empleado antes de la Navidad.

Sin embargo, los hombres de negocios metieron violín en bolsa y complacieron a Macri. El propio Héctor Daer, triunviro de la CGT y diputado por el Frente Renovador, confirmó antes de sentarse al convite que su central ponía 2 mil pesos como piso en la discusión. El acuerdo ya estaba sellado, con licencia para que los sectores que pudieran remunerar más lo hicieran y los que no, tuvieran respaldo para agitar las cifras de la caída de la actividad económica y los incrementos concedidos en paritarias. Win-Win.

“Nos dejaron solos”, decía el miércoles por la tarde un dirigente de la CTA. Hasta los bancarios liderados por Sergio Palazzo dudan ahora en ir al paro, si no se mueve la vetusta CGT. A la sazón, entidades crediticias como el Macro comunicaron a los trabajadores que otorgarían un bono de 10 mil pesos.

Exégetas del Papa

Una foto y un par de sonrisas era lo que buscaba Macri en la visita al Papa Francisco. Los grandes medios de comunicación, ensañados con el sumo pontífice por la prudente distancia que dispensó hasta el momento al Presidente, dan por terminada la afinidad y cercanía del sacerdote con dirigentes peronistas, el legislador Gustavo Vera, denunciante crónico de talleres clandestinos y trata de personas cuya mira apuntó directamente a la primera dama, Juliana Awada, y su amigo Juan Grabois, uno de los armadores de la Corriente de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP).
Como si el religioso hincha de San Lorenzo fuera un bronce a conquistar, “Su Santidad” administra los gestos: recibió a la familia presidencial el sábado 15 pero se reunió con el senador Fernando “Pino” Solanas 48 horas más tarde, cuando en Argentina se evocaba el Día de la Lealtad. Y para colmo, citará a Grabois por lo menos tres veces antes que expire el 2016.

Un conocedor de los pasillos del Vaticano le dijo a Kamchatka que a Jorge Mario Bergoglio lo afligen los comentarios de los lectores en portales como el del diario La Nación. Y esa sería, a su criterio, una de las razones por las que habría mandado a imprimir en papel, y en castellano, miles de ejemplares de L’Osservatore Romano, el periódico que expresa la mirada del máximo representante de la Iglesia Católica. “Lo convencieron de que esos lectores sintetizan el clima argentino y la consideración hacia el Papa”, asegura.

En ese sentido, la misma fuente no desmiente ni confirma que Bergoglio haya intervenido para desactivar el paro de la CGT, anunciado como mandato para su conducción, postergado luego sin fecha y, quizá, archivado tras el acuerdo con los empresarios. La confluencia de la CTEP con la central que todavía conduce Hugo Moyano desde las sombras y la reunión de esa misma fracción de trabajadores desocupados y precarizados con la ministra de Desarrollo Social, Carolina Stanley, el mismo día en que se rubricó el pacto por un bono de fin de año abonan la especulación.

Stand by

Al día siguiente de que el gobernador de Salta, Juan Manuel Urtubey, deslizara que “el peronismo está jodido” de cara a las elecciones de 2017, el diputado parlasureño Eduardo Valdez lo contradijo en declaraciones a FM Boedo. “Si Urtubey no mete la cola, el peronismo gana el año que viene”, aseguró.

El entredicho pone de manifiesto, por lo menos, los dos polos centrípetos del peronismo en la actualidad. El de los que acusan al kirchnerismo de sectarismo pretérito y la falta de asados y palmaditas en partidos de truco, por un lado, y el de los que siguen reconociendo en Cristina Fernández de Kirchner un liderazgo superior al de cualquier dirigente opositor, por otro.

No es casual, en consecuencia, el desinhibido trabajo del ministro del Interior, Rogelio Frigerio, con los gobernadores peronistas que reniegan de la ex presidenta, como tampoco obedece al azar el enojo de los radicales desplazados en el reparto de poder dentro de Cambiemos o el encono del Grupo Clarín, sintetizado en las agresiones de Jorge Lanata a CFK, y el libreto repetido por la diputada Margarita Stolbizer por el jalón al freno de mano que estaría metiendo el Poder Ejecutivo en torno de las causas sobre presuntos hechos de corrupción que acechan a la contradictora más potente del macrismo.

En ese río revuelto, el establishment despotrica porque Macri se avivó. No va a librar batallas que no reporten una victoria segura antes de las elecciones de medio término, no culminará la faena del ajuste cuyos efectos iniciales fueron devastadores para un grueso porcentaje de la población desde que asumió el timón Cambiemos y buscará pactos políticos en todos los rincones del país para que nada amenace su continuidad, con una promesa para Martín Lousteau en 2019 y tranquilidad para Horacio Rodríguez Larreta en 2017; sosiego para los intendentes bonaerenses con la contención económica a través de la gobernadora María Eugenia Vidal; y toma y daca para el massismo y los correligionarios.

El endeble sistema de acuerdos se financiaría, obviamente, con el brutal endeudamiento que se impulsa desde el equipo económico. En tanto, el viraje drástico que reclama el Círculo Rojo tendrá que esperar. Como la CGT, que –adocenada- junta sus manos en forma de cuenco para atajar lo que se derrama, o como el peronismo ortodoxo, que presta gobernabilidad como si su responsabilidad institucional evitara males mayores.

Encima, en Casa Rosada presumen que Macri irá por su reelección. El agobio padecido, al parecer, lo fortaleció más que las zurras y diatribas que le dedicaba su papá, delante de los gerentes que lo conocen desde joven y hoy lo acompañan, señalando sus limitaciones pero sin dejar que se suicide políticamente.

Aun así, se sabe, la historia se les puede escapar como agua entre los dedos.