El 22 de noviembre pasado, el peronismo fue derrotado por novena vez en su historia. Desde entonces, deambula en busca de un nuevo liderazgo que le permita abandonar el marasmo en el que se encuentra sumido desde el 27 de octubre de 2010.
Por Horacio Ríos
La muerte de Néstor Kirchner –el último líder peronista- desató una crisis que quedó disimulada durante cinco años por el liderazgo de Cristina Fernández de Kirchner, aunque ella ejerció el gobierno sin tomar en cuenta la opinión de los caciques provinciales, que son el verdadero poder interno. Si bien los convocó para que se sumaran a un proyecto que no los satisfacía porque les recortaba poder, les alcanzaba para ganar las elecciones en sus distritos, mientras que a la ex Jefa de Estado le permitió completar su mandato con menos sobresaltos de los esperados.
En el peronismo, cualquier derrota significa cambiar verticalidad por horizontalidad en el mando, desobediencias de todo tipo a los “mariscales de la derrota” y, montados sobre todo esto, la renovación dirigencial. Si, además de una derrota, sobreviene una crisis –como es el caso actual- a la desobediencia y a la horizontalidad le sigue la dispersión. Y así va a seguir hasta que la catarsis (sinónimos para el diccionario: purificación, liberación, purga, expulsión) deje lugar a la síntesis política.
Las agresivas medidas que tomó el presidente Mauricio Macri desde el mismo momento en que asumió encarnan mensajes terribles para el peronismo y para el pueblo argentino, al que intentan convencer cada día de que sufrió una derrota absoluta. El objetivo es que revertir las medidas económicas de este tiempo sea una utopía.
Por lo demás, en el seno del liberalismo confiesan que buscan quedarse en el poder al menos por 12 años. Y admiten que no sólo operarán sobre la economía, sino también sobre la política, aunque éste sea un territorio que desprecian. Las disidencias que aparecieron al interior de la Liga de los Gobernadores y de los bloques legislativos fueron una consecuencia directa de la mano del nuevo poder constituido el 10 de diciembre. Esa cooptación significa para ellos una doble victoria: por un lado, debilitan al peronismo y, por el otro, suman aliados para su proyecto político, lo “engordan”.
El Regreso
Desde el 10 de diciembre hasta el 13 de abril, todo salió a pedir de boca para la alianza Cambiemos. La dispersión, la desarticulación del esfuerzo, el cuestionamiento a todos los líderes y la rabia ciega que atrapaban por esos días al peronismo y a sus aliados significaron el complemento ideal para permitir la ofensiva de Macri.
Pero el 13 de abril comenzó una nueva etapa política. Sólo una líder como CFK pudo lograr la hazaña de convertir una derrota contundente en una victoria, parcial quizás, pero real.
Y es que cuando termina la mano de truco, los contendientes proponen “barajar y dar de nuevo”, para renovar la partida. El regreso de CFK realineó a los dispersos, alejó aún más a los que ya estaban afuera y obligó al adversario a apurar la marcha, ante el temor que genera en ellos la mística que genera el peronismo cuando vuelva a organizarse.
Para peor, la ex presidenta volvió a plantear la reconstrucción del Frente para la Victoria –enclenque desde el 22 de noviembre- al lanzar los lineamientos del Frente Ciudadano, un concepto político que sus partidarios aún no comprendieron del todo, pero que ya comenzó a ser pergeñado por algunos. Con su sola presencia, convocando a sus partidarios y hablándole a la militancia en el acto del ND-Ateneo obligó al universo peronista a abandonar el cómodo, e inquietante, exilio de la derrota. El resultado inmediato evidencia una serie de polémicas y  gestos de incomodidad y de júbilo, tanto hacia adentro como hacia afuera del gigante inmóvil, que comenzó lentamente a desperezarse.
El rumbo de los trabajadores
El primer estamento peronista que respondió al desafío de CFK fue el Movimiento Obrero. Además de plantear ante sus bloques legislativos en el Congreso el proyecto de Ley de Emergencia Ocupacional, el 29 de abril planeó, organizó y concretó un gigantesco acto en protesta por la situación social, que comenzó a delinear un camino que es imprescindible: el camino de la unidad de las fuerzas populares.
No hay pueblo sin unidad, aunque a veces los compañeros sean incómodos. Y esta última afirmación tiene dos direcciones. Genera la misma incomodidad para la clase media la compañía de Hugo Moyano, que la que a él le producen algunos “progres” que caminarían a su lado.
El acto fue apenas una gran manifestación, como antes fue la de Comodoro Py. La calle es importante, pero más lo es la política. No solo la política en los medios, en las redes sociales o en los salones acolchados de los palacios legislativos, sino la política de acumulación de fuerzas que precede a los grandes hechos.
En este sentido, el primer gran triunfo de la oposición desde la derrota electoral en las presidenciales fue la sanción –por medio de mayorías contundentes en ambas cámaras legislativas- de la Ley de Emergencia Ocupacional.
Esta importante victoria legislativa marcó, no solo una mayor suma aritmética de manos levantadas, sino que separó el campo del oficialismo del campo peronista. Ahora, “ellos” son los que no quieren que haya “Pobreza Cero” y el peronismo es el que sanciona leyes que favorecen a la gente, dicen desde el kirchnerismo. Para peor, “ellos” las vetan y no proponen nada mejor a cambio. Sólo se escucha como una melopea monocorde la voz del presidente prometiendo un bienestar futuro –siempre es para mañana-, que hoy es imposible de imaginar, entre tanto desempleo, tarifazo y encarecimiento de la vida.
Un partido de coroneles
La tercera pata imprescindible que necesitaba ponerse en marcha es el Partido Justicialista. Todavía aprisionado en el lodo de la derrota, eligió a duras penas una nueva conducción, en la que no habita, precisamente, un futuro venturoso.
José Luis Gioja y Daniel Scioli son la expresión de un peronismo que fue. Ambos son exgobernadores –y en las vicepresidencias hay dos gobernadoras, que hoy son más que ellos-, hombres que pueden escribir en sus pergaminos que fueron dos de los laderos principales de Néstor Kirchner, pero que fueron más en el pasado que hoy.
La derrota volvió horizontal al partido, como en 1983 y en 1999. Nadie puede mandar, nadie conduce a todos, nadie es más que nadie. Y eso que el peronismo no es socialista. Si alguien se quisiera calzar los galones, se quedaría solo, porque nadie lo escucharía. Allí se lo puede ver a Juan Manuel Urtubey planteando que quiere suceder a CFK y sólo habla de poder con Sergio Massa y con Diego Bossio. Allí está boyando el propio Massa, que jamás será presidente del PJ después de que Macri lo presentara en Davos como eso mismo que quisiera ser, pero que difícilmente sea: el próximo presidente peronista.
En ese contexto, la ex presidenta dejó en claro su nivel de convocatoria, atributo que ejercerá por afuera del PJ, pero no sin él. El dilema que hoy tienen frente a sí los líderes peronistas es elegir entre el liderazgo de CFK o el de alguien que sea menos que ella, porque nadie es más. Quizás surja algún líder que esté en condiciones de conducir en lugar de CFK, pero eso será, a lo sumo, en el mañana.
El único obstáculo para la reconstrucción, entonces, sería que ocurriera una derrota en 2017, cuyo saldo profundizaría la diáspora peronista, y el futuro sería, así, muy oscuro. Sin embargo, la mejor posibilidad de armar una opción exitosa es la constitución de un frente que reproduzca lo que fue el Frente para la Victoria en 2007 y 2011.