Por Augusto Taglioni

 

El Papa Francisco culminó una nueva gira por América Latina. Chile y Perú fueron los destinos que nuevamente depositaron al sumo pontífice en la centralidad de todos los medios del mundo. Como pasa cada vez que Francisco realiza estas visitas, los debates sobre su figura son encendidos e interminables. ¿Es el Jefe del Vaticano un actor decisivo para las discusiones estratégicas del orden mundial vigente? ¿O tan solo la cabeza de una estructura conservadora que se resiste a los cambios y se defiende corporativamente? Digamos que política y religión son, para la tarea del Papa, las dos caras de la misma moneda que conviven pero merecen ser analizadas por separado.

Para entender el rol de Jorge Bergoglio en el Vaticano hay que comprender a qué mundo se incorporó una vez elegido Jefe de la Iglesia Católica. Año 2013, occidente en plena crisis financiera, un contexto de disputa hegemónica y crisis de liderazgo y una etapa de vacas flacas en términos de feligresía para el catolicismo.

De esa manera, Francisco se mete de lleno en el terreno geopolítico, con el objetivo de intervenir directamente en conflictos mundiales de larga data. En algunos casos con éxito, como el proceso de normalización de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba y el proceso de paz de Colombia. La agenda de su papado ha sido bastante sencilla: crítica al capitalismo salvaje (“el dios dinero”) y la industria de la guerra, interpelación a la sociedades que se alejan de la catolicismo y mediación en conflictos y guerra civiles, algunos muy graves.

En este cuadro de situación es que el Papa visitó Chile y Perú. El país trasandino tiene varios elementos que justifican su presencia. Conflicto entre el Estado y el pueblo mapuche, una caída fuerte de la legitimidad de la Iglesia -producto de las denuncias de abuso de curas a menores- y un diferendo abierto con Bolivia por la salida al mar, situación de la que también forma parte Perú.

Francisco realizó, en consecuencia, los gestos esperados. Se reunió con los mapuches en Temuco, capital de la araucanía, citó a Violeta Parra, se juntó con pueblos originarios de Perú en la zona de Amazonas y habló ante una multitud de hombres y mujeres de movimientos sociales que tienen una mirada crítica de la realidad internacional.

No obstante, Chile también fue escenario de una situación vidriosa para El Vaticano luego que Francisco apoyara públicamente al obispo Juan Barros, acusado de encubrir al padre Fernando Karadima, quien fue encontrado culpable por el Vaticano de abuso sexual infantil.

Para Francisco, no hay pruebas a pesar del contundente testimonio de las víctimas y llegó a tildar de “zurdos” a quienes impulsan las denuncias y “bobos” a los habitantes de Osorno. La respuesta no tardó en llegar y los carteles “ni zurdos ni bobos” empantanaron una visita que tuvo algunos pilares de carácter histórico.

Entonces, ¿a qué fenómeno se asiste con Francisco en El Vaticano? ¿Al Papa de los pobres que lidera la voz de los que quieren un mundo más justo o, simplemente, a una pieza más de una estructura arcaica? Cada uno construye el Papa que más la conviene para representar sus intereses personales, partidarios o sociales y espera cada gesto del pontífice para justificar una u otra postura. Y alejados de las pasiones que se manifiestan en las redes sociales y los bares de café, se podría decir que Francisco nuclea todo ese conjunto de cosas. Su mirada social es tan innegable como los discursos contra el sistema económico y su lema “tierra, techo y trabajo”, que recorre las banderas de miles de movimientos sociales, sindicales, indígenas o políticos. Sin embargo, la Iglesia no deja de ser la Iglesia y su corporativismo es más antiguo que el propio Jesús. Es cierto que la defensa al obispo Barros se contradice con su política de “tolerancia cero” para los pederastas pero no debe sorprender que, cuando las cosas se complican, el poder eclesiástico cierre filas. Bergoglio no es una de las verdades, es todo eso, así de complejo y contradictorio.

Por último, es importante abordar el punto de preocupación de buena parte del periodismo local. ¿Por qué Francisco no viene a Argentina? Si se desglosa el derrotero de viajes del Papa, se cuenta que en 2013 fue a Brasil, el país de la región en donde más ha crecido la religión evangelista. Luego, fue a Ecuador, Bolivia y Paraguay, donde se abordó la problemática migratoria y, en el caso boliviano, se trabajó sobre la necesidad de un diálogo para dirimir diplomáticamente el conflicto de la salida al mar con Chile y Perú. También fue a Cuba en pleno proceso de normalización de relaciones con Estados Unidos. Por último, visitó México en 2016, en el contexto del anuncio del muro por parte de Trump, y Colombia el año pasado, en el marco del proceso de paz entre las FARC y el Estado. A Venezuela no viajó pero impulsó la mesa de diálogo entre chavismo y oposición y manifestó su voluntad para que no estalle un conflicto civil que ponga en peligro al conjunto de la región.

Argentina no tiene ninguno de estos problemas. Es un país multicultural, multiétnico y multireligioso y, por más debate que se suscite en torno al modelo económico de Mauricio Macri y varias lesiones que sufre el Estado de Derecho, no existe razón de urgencia para que el Papa venga por encima del resto de los países mencionados. Se trata de pensar más en clave geopolítica y dejar de mirarse el ombligo.

El Papa ya volvió a Roma y Argentina discute qué tipo de Papa es Bergoglio. Allí cada cual elige el que más le gusta.