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Doctor en Letras, el profesor Martín Kohan fue invitado como expositor al Seminario Permanente de Discurso Político el pasado 29 de noviembre en la Facultad de Ciencias Sociales. Excusándose con humildad de opinar sobre la cuestión, decidió leer un texto de su autoría escrito para la ocasión y accedió ahora a publicarlo en Kamchatka.

Por Martín Kohan

¿Qué pienso, qué ideas tengo, qué puedo llegar a decir, sobre el discurso político del PRO? Me temo que más o menos lo mismo que piensa Jaime Durán Barba, que es todo un especialista en el tema. Y eso no por una feliz, o infeliz, coincidencia entre mi propio enfoque y el suyo, sino por una razón más sencilla y más concreta, que es que mis pareceres sobre la cuestión se formaron en buena medida escuchando a Durán Barba o leyendo a Durán Barba. Mis conclusiones no son para nada las suyas, pero las caracterizaciones sí, en buena medida.

Yo pienso, al igual que Durán Barba, que la capacidad oratoria del Presidente de la Nación es sumamente limitada; y pienso, también al igual que él, que el discurso político del PRO oscila entre la vaguedad general y la más extrema simpleza. Al recomendar la práctica del timbreo, se encontró con la siguiente inquietud por parte de sus clientes, sus asesorados, los dirigentes de esa fuerza: ¿qué tenían que decir una vez que les abrieran la puerta? Y él les hizo saber que lo fundamental era el timbreo propiamente dicho, el llegar y presentarse y estar ahí, que lo que fueran a decir no tenía mayor importancia, que podían muy bien decir alguna cosa rigurosamente insustancial, o incluso, llegado el caso, si preferían, podían aun no decir nada.

A eso me atengo. Ahí queda claramente indicado, ahí queda por lo demás definido: la fábrica general de oquedades, que vacía lo que toca; el arte de nada decir, pareciendo decir algo; el fraseo seminarcótico evangélico pastoral, la dudosa letanía del new age, la recitación memorística y maquinal (la del alumno de escuela primaria que memoriza todo pues nota que no sabrá decirlo “con sus propias palabras”) de una ristra de slogans publicitarios; la trama simple del manual de autoayuda al uso transpuesta al género de los proyectos políticos de país.

Durán Barba es el que advirtió, y por lo visto advirtió muy bien, que existe una considerable cantidad de gente (bastante, sí, o mucha, y hasta, por qué no, claro está, una mayoría) que está fuertemente saturada de los discursos asertivos y concluyentes, rotundos en su convicción de verdad (y en ellos no percibe verdad, ni falta de verdad tampoco, sino apenas prepotencia); gente fatigada de tanto discurso explicativo o pedagógico, transido de conceptos y propuestas (y en ellos no percibe conceptos ni propuestas, ni siquiera para discordar, sino tonos de magisterio muy irritantes, gestos de aleccionamiento muy enervantes); gente hastiada de discursos más o menos espesos o complejos (y que en ellos no percibe el respeto al interlocutor de todo discurso complejo, la confianza en su capacidad de comprensión, sino al revés: petulancia, suficiencia, pedantismo).

La frase vacua, por lo tanto, trae alivio: eso fue lo que alcanzó a discernir Durán Barba. En eso coincido con él (en la vacuidad y en el efecto de alivio, las dos cosas me parecen ciertas, las dos funcionaron así). Discrepo en las conclusiones. Él trabaja de hacer ganar elecciones, y por eso vio lo que vio, una oportunidad, y por eso sintió lo que sintió, un vasto y profundo entusiasmo. Yo trabajo de enseñar literatura, de indagar largamente en el lenguaje, de estudiar su relación con el mundo, por eso vi lo que vi, lo que veo, sigo viendo, una desgracia generalizada, un fuerte empobrecimiento social; por eso siento lo que siento: pesar, angustia.

Ustedes recordarán, estoy seguro, pues no es de esa clase de cosas que se olvidan fácilmente, la vez que Carlos Menem, Presidente de la Nación por entonces, ofreció en un discurso público su explicación sobre la nave que, saliendo a la estratósfera, podría unir Argentina con Japón en nada más que dos horas. La hipótesis optimista sobre el episodio (la del disparate involuntario, la del delirio y la ignorancia) cedió ante una segunda versión, según la cual Menem y Kohan habían entablado una apuesta: ¿se atrevería a decir semejante barrabasada, delante de todo el mundo, el primer mandatario nacional? Se atrevió, sí: se atrevió. Y ganó la apuesta (¿el monto? Según se dijo, yo no lo sé, fueron dos mil pesos, convertibles por entonces a dos mil dólares estadounidenses).

Si así es como sucedieron las cosas, hubo un punto de inflexión ahí en cuanto al discurso político argentino y sus características: la marca de que podía decirse, estrictamente, cualquier cosa. Ese rasgo entraba claramente en contradicción con los parámetros discursivos de Raúl Alfonsín, su convicción habermasiana en la argumentación racional comunicativa, su fe en el valor de la fundamentación lógica, en la rigurosa elaboración de sentido. Y entraría en contradicción también, con otros tonos y otras vehemencias, con el énfasis de sobreproducción de sentido del discurso kirchnerista, cuyo proyecto tuvo efectos inflacionarios también en este rubro, su pasión por la plenitud de sentido frente al gusto por el sinsentido del menemismo.

No se trata, sin embargo, hoy por hoy, de decir cosas, o bien de decir cualquier cosa, sino de decir nada (por eso ha tenido que ocuparse Durán Barba de hacer callar a Lilita Carrió. Pues no es cierto que a ella nadie la calla: Durán Barba la calló). Esa nada, para lucir, se ofrece como sencillez, se resalta en la simpleza, se repite como una mantra (“si, se puede”), se adquiere como un eslogan (“vamos juntos”). A diferencia del discurso con sustancia, que admite la discrepancia (con el alfonsinismo, por lo pronto, y luego con el kirchnerismo, yo mismo, para tomar un caso cercano, he discrepado), este juego de naderías obtura hasta el desacuerdo (¿alguien acaso no quiere estar mejor? ¿No quiere la felicidad? ¿No quiere avanzar?), pues nos arroja, o intenta arrojarnos, a un estado de catalepsia mental. De ahí que el desacuerdo empiece a pasar por la propia modalidad del discurso, antes que por sus contenidos, que son huecos.

Esperando un poco, por supuesto, o raspando un poco esa superficie, no tarda en aflorar el verdadero discurso político del PRO: brutal, insensible, necio, terrible, cruel. Pero a poco de manifestarse algo así, se apresura a reaparecer en escena Durán Barba. Manda callar o manda decir, según los casos. La nada se restablece. Sus honorarios, según se dice, son muy -muy- altos; como sea, a mi entender, son enteramente justos, o son incluso modestos, en proporción a lo que logra.