Foto: Ezequiel Pontoriero

Las elecciones de octubre dejaron interrogantes para la oposición y fuertes dudas para el peronismo. El kirchnerismo otea la región a la pesca de modelos que emular. La pregunta por la identidad política y los sujetos sociales. El peso del sindicalismo y sus vasos comunicantes para la construcción de lo nuevo.

Francisco Basualdo y Ezequiel Arauz

Lealtad de doble vara

La derrota electoral del Frente para la Victoria (FPV) en 2015, pero sobre todo el triunfo de Esteban Bullrich sobre Cristina Fernández de Kirchner hace pocas semanas, derivó en la emergencia de un peronismo encabezado por los gobernadores que busca presentarse como federal y abarcativo. En los hechos, no resulta más que una amalgama de poderes locales sin una conducción visible que sintetice los diversos intereses que conviven en ese bloque político.

Sin embargo, allí hace pie la reivindicación de una identidad peronista que busca expulsar a Cristina “porque creó y se presentó en otro partido”, en palabras textuales de Miguel Ángel Pichetto, hoy devenido vocero del peronismo “reformista”. El dato que suele ocultarse es que el Partido Justicialista, que no triunfa en una elección presidencial desde 1995, apenas si arañó los 6 puntos en el escenario bonaerense, en contraste con el resultado electoral que consiguió Unidad Ciudadana (UC) en medio de la tormenta de operaciones mediáticas y judiciales contra CFK.

Detrás de esa estrategia negociadora se encolumnaron prácticamente todos los gobernadores peronistas, a excepción de la San Luis de los Rodríguez Saá. El oficialismo imparte disciplina mostrándoles a los jefes territoriales las economías de Santa Cruz o Tierra del Fuego como futuro posible, si asumen posiciones díscolas.

Tras las elecciones, un movimiento similar hicieron los intendentes bonaerenses, sobre todo aquellos que supieron integrar los Grupos Fénix y Esmeralda antes de subirse efímeramente a UC. El pragmatismo demostrado por los jefes municipales para acercarse y alejarse la ex presidenta trae a la memoria una definición del fallecido operador peronista, Juan Carlos “Chueco” Mazzón: “en el peronismo existe algo peor que la traición: el llano”. Para algunos, ya es una declaración de principios.

Siguiendo esa máxima, quienes se distanciaron de la ex presidenta en diciembre de 2015 no tuvieron pruritos en acordar este año la integración de las listas legislativas de UC, poniendo como condición que no hubiera competencia distrital del kirchnerismo. El pacto les permitió, en la mayoría de los casos, salir del apuro ante el amague de la ola amarilla con destruir la gobernabilidad municipal, desequilibrando los concejos deliberantes y colocando sus gestiones y su propia continuidad en riesgo.

Pasados los comicios, los jefes comunales se dispusieron a encabezar otra renovación, esta vez en el Partido Justicialista bonaerense. La discusión giró en torno a quiénes debían ocupar la dirección partidaria y se zanjó con el triunfo de los intendentes dialoguistas, aquellos cuyos senadores y diputados provinciales levantaron la mano para garantizar los proyectos de María Eugenia Vidal en La Plata. Tanto Fernández de Kirchner como La Cámpora se mostraron prescindentes de la pelea partidaria, lo que configura un cambio respecto de cierres anteriores y, sobre todo, una señal sobre el futuro político de la ex mandataria.

Un salto hacia adelante

“Hoy empieza todo” fue la frase de Cristina el pasado 22 de octubre, en un discurso que reconoció la derrota pero también disipó dudas sobre el devenir. Durante la campaña electoral, la ex presidenta desplegó una estrategia diferente a la esperada por todo el arco político. Igual que en los primeros años del kirchnerismo, se despegó de la simbología peronista para adoptar esta vez una imagen ciudadanista.

Las visitas a empresas y barrios afectados por el modelo económico oficialista, las entrevistas en medios, el diálogo mano a mano con actores sociales y la presencia de los ciudadanos “víctimas del ajuste” en los escenarios de los actos, en detrimento de los dirigentes políticos, marcaron los extensos meses campaña. Tales decisiones provocaron cierto desconcierto entre los referentes peronistas del territorio bonaerense.

Aunque siempre reivindicó su identidad peronista, la flamante senadora por UC se autoexcluyó de la disputa para competir con la personería partidaria del PJ. Desde su entorno, no reniegan de la vigencia de las banderas históricas del peronismo, pero critican la ausencia de voluntad transformadora de esta fuerza en momentos de una feroz ofensiva de los sectores concentrados. Durante los últimos dos años, el peronismo se abocó más a tratar de despegarse de Cristina que a enfrentar a la derecha desde una identidad que no puede interpelar a ningún sector más que el que ya interpela, dicen. La objeción es similar a la que le hacen desde el peronismo a la ex jefa de Estado.

Los modelos posibles a seguir

La conformación de un frente plural y multisectorial no es una receta secreta ni una novedad para la región. No obstante, la historia política argentina estuvo signada por dos partidos tradicionales y de origen popular, que se alternaron la administración del Estado a lo largo del siglo XX en los intervalos que dejaban los contantes golpes militares. Lo que está en discusión hoy, especialmente después del crecimiento de Cambiemos, es si esas identidades políticas son representativas de los sujetos que transitan este siglo. Más tarde o más temprano, en diferentes países de América Latina, las fuerzas transformadoras, o el bloque popular en términos gramscianos, optaron por construcciones frentistas. Algunas de esas experiencias son las que hoy se miran desde el kirchnerismo para, con matices y diferencias, definir la hoja de ruta hacia adelante.

Una referencia es la del Frente Amplio (FA) uruguayo, aunque en rigor haber administrado 12 años el gobierno nacional pone a UC en un punto indudablemente distinto desde el que partió la coalición del vecino país, que surgió durante la dictadura y debió esperar 33 años para llegar al poder. En el caso oriental, la política frentista no diluyó las identidades políticas, que incluyen desde sectores demócratas cristianos hasta la izquierda radical con el peso determinante del Movimiento de Participación Popular, la organización que a fines de los 80 lanzaron los ex militantes tupamaros. Esa composición heterogénea se vio plasmada en la alternancia de los candidatos que accedieron a la presidencia por el FA, que como José Mujica y Tabaré Vázquez responden a diferentes espacios y no pocas veces antagonizaron en temas tan candentes como el derecho al aborto o la amnistía de genocidas.

La referencia al FA vale como reflejo también por la interacción permanente con el movimiento social y sindical oriental. Esa simbiosis se debe a la tracción permanente del MPP, que está integrado por referentes de esos sectores y ensayan un deslizamiento de constante ida y vuelta que marca la agenda de negociación o transformación, según el caso.

Otra experiencia en la que indudablemente abreva UC es la de Alianza País en Ecuador. Ese frente estructuró, con nuevo formato y a distancia de los partidos tradicionales, a diversos movimientos sociales, civiles y políticos surgidos en la resistencia al neoliberalismo para llevar a Rafael Correa al poder en 2006, logrando luego siete victorias electorales consecutivas en un país que había tenido esa misma cantidad de presidentes en 10 años. Es decir, una nueva estabilidad política que, entre otras cosas, destruyó la representatividad del sistema político preexistente.

Más allá de cualquier debate, es indudable que Correa y Alianza País lograron convertirse en esos años, y bajo el apelativo de la “revolución ciudadana”, en la fuerza representante de las demandas populares que venían dándose en Ecuador. La conformación de comités ciudadanos para organizar territorialmente las bases es otro punto analizado como línea a seguir y ya fue puesto en marcha en algunos distritos bonaerenses.

Por lo demás, Alianza País no fue capaz de construir la continuidad del proyecto tras la salida del ex presidente del poder. Más bien está pasando lo contrario. La llegada de Lenín Moreno, quien habiendo sido máxima autoridad de AP además de vicepresidente del país, avanzó con reformas de neto corte neoliberal.

Un nuevo movimiento

La posibilidad de que el kirchnerismo encarne o, al menos, sea el impulsor de un nuevo sujeto político que englobe a las fuerzas populares estará dada, antes que por su potencialidad electoral, por la decisión de reconstruir un tejido social plebeyo. Si durante los primeros años de este siglo, los movimientos sociales, principalmente los que agrupaban a desocupados, buscaban infructuosamente convertir esa representación social en una fuerza política, el kirchnerismo tiene por delante un camino opuesto. Con un piso de votos nacionales que rodea el 25% y una clara conducción estratégica, el proceso, al revés que hace una década y media, es cómo replicar la acción política hacia adentro de las representaciones sectoriales.

Durante su gestión al frente del Estado, CFK avanzó con determinación contra diferentes corporaciones que configuran el poder real a partir de una estrategia de desgaste de sus referentes, que se complementaba con el diálogo directo con los sujetos sin la mediación de las estructuras clásicas. En lo que respecta a la representación de los trabajadores, luego de la ruptura con Hugo Moyano, lidió con una CGT que se radicalizó bajo la bandera de las demandas de la elite asalariada en un escenario de indiscutibles mejoras para los sectores populares. Esta política de confrontación no implicó el desarrollo de una fuerza gremial afín: se sabe que el propio Néstor Kirchner siempre rechazó esta opción porque no quería “una nueva JTP”, por lo que nunca se configuró una “corriente kirchnerista” en el mundo gremial pese a la prolífica identificación que sí tenían, y en su mayoría conservan, dirigentes gremiales de segundas y terceras líneas.

Para los movimientos sociales, en cambio, la estrategia tuvo dos etapas. Una, con el propio Kirchner como presidente, en la que buena parte de los movimientos piqueteros que hicieron crujir el conurbano a principios de siglo se incorporaron a la gestión. La segunda fue el fortalecimiento de estos movimientos como “la pata social” del proyecto y tuvo su expresión más fuerte en el Movimiento Evita, cuyo origen es posterior a la llegada del santacruceño a la presidencia. El alejamiento de la tropa de Emilio Pérsico significó la consolidación de un polo de poder en torno a la Central de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP), que además del Evita integra el MTE de Juan Grabois y trabaja en tándem con la CCC y Barrios de Pie.

Hoy, tras dos años fuera del poder y en un escenario de fragmentación galopante del peronismo, el sector que le responde Cristina, tanto en frente gremial como en el social, cuenta con actores propios aunque algo marginales en relación al volumen de otras organizaciones. No es un dato menor que el surgimiento y consolidación de estos sectores fue más una decisión ad hoc de la militancia que una estrategia orgánica del Frente para la Victoria.

Aun así, la consolidación de la Corriente Federal de los Trabajadores al interior de la CGT y la definición política de la CTA de los Trabajadores aparece como un proceso interesante a la luz del desarrollo sindical, desde la salida de la dictadura a la actualidad. Más allá de la mencionada alianza con la CGT de Hugo Moyano, el kirchnerismo no había podido consolidar espacios sindicales afines orgánicamente. Los dos años de Cambiemos y sus políticas de ajuste provocaron un nivel de confluencia y coordinación sindical entre la corriente de la CGT y ambas CTA que no se había registrado antes.

La aparición predominante en la listas de Unidad Ciudadana de dirigentes gremiales de esos espacios, con Hugo Yasky, Vanesa Siley y Walter Correa como ejemplos principales que se extendieron incluso a la gran mayoría de las listas municipales bonaerenses, muestran una clara intención inicial de articular representaciones sociales y fuerza política. La voluntad de construir espacios que provienen de otras tradiciones políticas será uno de los grandes desafíos para el kirchnerismo e implicará, como mínimo, una vuelta de tuerca a la forma de organizarse desplegada durante los años de gobierno. Instancias sectoriales y mesas de síntesis políticas son algunos de los instrumentos de las construcciones frentistas que van a chocar de frente con la lógica verticalista heredada del peronismo.

Una identidad en debate

Quien con más precisión teórica definió hasta ahora cuál es el modelo a seguir en la construcción de una alternativa popular consistente es el actual intendente de Resistencia, Jorge Milton Capitanich. El chaqueño es escuchado con la misma atención por dirigentes del peronismo más clásico y por la ex presidenta. Desde la derrota de 2015, postula la necesidad de recrear un “gran movimiento de centroizquierda de base popular y progresista” que exprese una oposición clara al polo de centro derecha neoliberal que configura la alianza Cambiemos.

Capitanich, además, plantea la tensión entre el partido al que pertenece y el desarrollo de un movimiento. Esta definición es recibida por el peronismo con cierta sorna y acusa a UC de ser un nuevo Frepaso. Las reminiscencias a la Alianza entre la UCR y el Frepaso también están presentes en las discusiones dentro del cristinismo, donde señalan que justamente el error de ese espacio fue haberse aliado a un partido tradicional que le licuó el poder y estrelló la nave de un proyecto que quiso antagonizar con el neoliberalismo.

Los debates sobre cómo seguir -que dentro del kirchnerismo están limitados y condicionados por la brutal ofensiva judicial contra sus principales figuras- empiezan a cristalizarse producto de los proyectos impulsados por el oficialismo. El parate impuesto al cierre de esta edición contra la reforma laboral en el Senado, ante la confluencia del gremio de Camioneros con la Corriente Federal que encabeza Sergio Palazzo y alguna injerencia vaticana, es apenas una muestra de que en los reacomodamientos del peronismo empiezan a tener más peso las cuestiones programáticas que las rencillas personales de los dirigentes.