El veto de Macri a la Ley de Emergencia Ocupacional descolocó al sindicalismo y resintió el concepto de unidad en la acción. Los dirigentes políticos, por su parte, tienen dificultades para constituirse como un polo opositor que acumule legitimidad e incremente adhesiones ante el descontento creciente.

Por Pablo Dipierri

Cuando al escritor Rodolfo Walsh le dijeron hace 60 años que había un fusilado que vivía, el destino le pateó el tablero de ajedrez en la cara. Y con el desparramo, la historia se les escapó de las manos a los militares de la Revolución Libertadora, aunque los testimonios quemaran en los puños del autor de Operación Masacre y nadie se animara a publicarla al principio.

Si bien La Nación y La Prensa -por entonces recién devuelta a sus antiguos dueños luego de la expropiación peronista que la pusiera en manos de la CGT- vendían alrededor de 250 mil ejemplares diarios, germinaban publicaciones de la Resistencia, circulaban hojitas sueltas, amanecían millares de paredes pintadas por semana y explotaban caños cada dos por tres. En definitiva, no hay persecución y cacería represiva que extinga las ideas que nutren una experiencia política con raigambre por abajo. O dicho de otro modo, una clase no se suicida, ni siquiera cuando sus dirigentes pifian.

La contundente movilización del 29 de abril ilusionó a los desprevenidos, conmovió a los desconfiados y asustó al Gobierno nacional. Sin embargo, el veto presidencial a la Ley de Emergencia Ocupacional fue un tajo para la porosa unidad que blandieron los líderes gremiales que congregaron una multitud inusitada en la esquina de Independencia y Paseo Colón.

Desde que se presentó el proyecto contra los despidos, las centrales obreras se habían movido con corrección ideológica, a pesar de los corcoveos iniciales. La praxis seguía el rumbo que, con notable claridad, precisara la ex secretaria general de CTERA, Stella Maldonado, al decir en cuanto plenario pudiera que “un sindicato no se mide por la cantidad de paros que haga sino por la capacidad para convertir sus demandas y reivindicaciones en políticas públicas”.

El problema es que la referente de los maestros lo planteó durante el segundo mandato de Cristina Fernández de Kirchner y su salud no le permitió asistir a la derrota del Frente Para la Victoria y el ascenso nacional del macrismo. Ante la pregunta por la caracterización que dispensaría para las políticas actuales, las aguas se dividirían en el estanque y algunos, sea por comodidad o la responsabilidad que emana del grosor de la representatividad, harían la plancha sobre los camalotes mientras que otros, menos voluminosos pero más ágiles y combativos, tratarían de hacer olas.

Con las ollas populares en las plazas, no alcanza. Y con los bombos, la verba pirotécnica y los dientes apretados, no se concentra suficiente densidad para cosechar incidencia. La disyuntiva no es nueva, se salda como se puede al interior del movimiento obrero –que no contiene ni expresa a la clase entera- y Cambiemos gana tiempo.

Base y superestructura

Abajo, bullen –aunque la temperatura no es homogénea-. Arriba, templan –aunque la destreza no abunda en las cúpulas y la consistencia es inversamente proporcional a la gravitación-. En ambos extremos, reconocen por igual la delicadeza de la situación y entienden que llamar a una huelga sin el acuerdo de todas las centrales condenaría el despliegue a la intrascendencia.

“Nosotros no podemos parar la movilización porque es una necesidad y una voluntad muy fuerte de los compañeros”, confiesa un cuadro de peso en la CTA con sede en la calle Piedras. Sin ir más lejos, los trabajadores que participaron del plenario dela Corriente Político Sindical Federal, el Núcleo del MTA y organizaciones regionales de la CGT,realizado a fines de mayo en Villa Constitución, corearon: “paro, paro, paro, paro general”. “El tema es que no vamos a ir a una huelga para que nos cuenten las costillas”, graficóuno de los concurrentes en alusión a la reacción de los cegetistas.

El escenario mutó desde diciembre a esta parte pero, paulatinamente, empiezan a tallar actores nuevos, curtidos en los años venturosos de la recuperación económica posterior a la convertibilidad. Criados en una década que empoderó a los trabajadores antes que su principal protagonista pronunciara ese epíteto, los jóvenes que pugnan por las comisiones internas de las fábricas y empresas que los conchaban muestran bríos que no se ajustan, a veces, a la costumbre de los que fatigaron la calle y ayunaron en carpas o cortaron rutas en los 90’. Y no siempre se cuadran.

Circula, entre otras, la pelea del delegado de Coppel para el gremio de Comercio y Servicios en CTA, Luis Armesto. Lejos de las cámaras de TV, una decena de empleados se levantó contra la precarización laboral, la vista gorda del sindicato hermano en la CGT y la impudicia empresaria para mandar telegramas de despidos o someter a los empleados hasta la licencia psiquiátrica. “No le queremos dar descuento del 20 por ciento en el hotel de Córdoba a los compañeros, sino que buscamos concientizar sindicalmente”, remarca Armesto cuando se cruza con otros representantes de su ramo.

Paradójicamente, los referentes políticos más identificados con el kirchnerismo carecen de una mirada, si cupiera el término, clasista. Aun cuando los mandatos de Néstor Kirchner primero y CFK después, acreditan una exigua cantidad de errores que perjudicaron a los obreros, en comparación con sus antecesores y -ni qué hablar- sus sucesores,refulge ahí una asignatura pendiente, que tiene su correlato en una deuda complementaria del sindicalismo.

Programa político

Crece la cantidad de dirigentes que olisquean en sus archivos para reponer las proclamas de La Falda, Huerta Grande e, incluso, la que se atribuye a Walsh en el primer número del periódico de la CGTA, en mayo de 1968. Las grandes gestas contra el neoliberalismo reposan en fotografías cuidadosamente dispuestas en los despachos de figuras emblemáticas para el sindicalismo argentino pero propios y ajenos admiten por lo bajo que hace falta un suplemento vitamínico, sobre todo en el entorno de los que se engolosinaron con la preservación de sus silloncitos.

La hegemonía del establishment había circunscripto la intervención de las organizaciones gremiales a la discusión salarial, cuando la suerte lo dictaba. Mal que le pese a los que deambulan con el detector de chupamedias y otros ditirambos, el Grupo de Trabajo Autorreforma Sindical(GTAS)calculó que la afiliación sindical de los trabajadores ronda el 42 por ciento en el país,contraun 28 por ciento en Brasil, 22 en Venezuela y 18 en Nicaragua y Paraguay.

Sin dudas, el sector se robusteció y le toca ahora enfocarse en su tonicidad muscular.Una de las claves reverberó, al cierre de esta edición, en el lanzamiento de la Fundación Germán Abdala, en el auditorio Roberto Carri de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA. Con el recinto repleto de trabajadores e intelectuales, el vicepresidente boliviano, Álvaro García Linera,llamó a los activistas a zambullirse a la tarea de la politización, y adujo que “un proceso revolucionario no se consolida si no se gana sentido común”.

El moderador de la charla fue el director de Comunicación de la CTA, Carlos Girotti, quien se regocija frecuentemente con el imborrable recuerdo de la entrevista en la que Abdala vacunó a Bernardo Neustadt. “Abdala, vuelva a ser dirigente gremial porque se me ha puesto un intelectual, folclórico y filosófico”, sancionó el conductor de Tiempo Nuevo, y el gremialista y diputado retrucó: “los trabajadores no necesitamos estar nada más que en mameluco y pedir por el salario, queremos opinar sobre el país también”.

 

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