Foto: Ezequiel Pontoriero

Con el triunfo electoral de medio término, el macrismo ratificó su legitimidad de origen y despejó el frente externo. Las miradas se posan ahora sobre sí mismo y habrá que ver cómo lidia con sus corcoveos internos, luego de que se disipara el pronóstico de tormenta por el regreso del pasado.

Por Carlos Romero

 

A pesar de que todavía no completó siquiera dos años de gestión, la alianza gubernamental Cambiemos alcanzó un pico de hegemonía difícil de empardar. Eso que muchos espacios codician y proyectan a lo largo del tiempo, y que difícilmente logran, el gobierno encabezado por Mauricio Macri lo tiene hoy entre sus manos. Cómo consiguió esa hegemonía y para qué la utiliza es otro tema, pero incluso a la evidencia sobre estos métodos y planes se sobrepuso el partido amarillo, gracias al aporte de sus socios políticos, judiciales y empresariales.

El resultado electoral de medio término no sólo reconfirmó las conquistas de 2015 en la Nación y la provincia de Buenos Aires, sino que además las tradujo en peso legislativo y mayor autoridad de cara a la sociedad. En cuanto a la Capital Federal, distrito de origen del PRO y donde la victoria se descontaba, el oficialismo llevó su supremacía a un extremo histórico, con autosuficiencia parlamentaria.

Este tridente hegemónico, al que se suman otras conquistas provinciales de relevancia, redundó para la Casa Rosada en la clásica figura de los “dos pájaros de un tiro”: la derrota bonaerense de Cristina Fernández, único contrincante real, despejó el frente externo y, a la vez, resolvió cualquier eventual puja puertas adentro, consolidando el liderazgo de Macri, a quien sus laderos ya dan como solitario candidato oficialista para renovar en 2019.

Esta es la foto pletórica de la que disfrutan –incluso descuidando las formas– en el PRO, la UCR y la Coalición Cívica (CC). Sin embargo, el problema es la película, es decir, lo que va desde la postal del ahora a ese futuro promisorio que imaginan en la mesa chica del gobierno. Se trata de una secuencia con varios desafíos inevitables. En primer lugar, aparece el costo político de las medidas de ajuste que el oficialismo va a seguir tomando, cada vez con más profundidad y crudeza, junto al natural desgaste de sus estrategias de contención discursiva, en un trance que hasta ahora resolvió valiéndose de las fuerzas de seguridad y los tribunales. Cuando la “pesada herencia” y la judicialización de la política pierdan eficacia argumentativa, es esperable que el gobierno se recueste aún más sobre la criminalización y la represión de la protesta social. Es imposible separar este escenario proyectado de lo ocurrido con Santiago Maldonado y el joven mapuche Rafael Nahuel, más aún luego de la postura asumida por Balcarce 50.

A esto se suma una constante de la dinámica política local: la aparición de variados escenarios de crisis de coyuntura que ponen a prueba al funcionariado. Lo sucedido con el submarino ARA San Juan, por citar un ejemplo reciente y de impacto, da cuenta de estas situaciones que exponen a una gestión en su naturaleza más genuina. En el caso del Cambiemos, es cuando suele mostrar su rostro más desencajado.

Puesto ante estas disyuntivas, el macrismo viene apelando al choque policial y a la fractura de la opinión pública antes que a la búsqueda de consensos, valiéndose de un clima de época que lo favorece y que ayudó a construir. Para muchos opositores que miran sin entender, la única respuesta viable es que “hoy al gobierno no le entran las balas”. En la jerga política, la figura supone que, más que por mérito consciente, el éxito de Cambiemos se vale de un humor social que lo blinda. Y no sólo de las críticas externas, sino también de sus propios errores. Como contracara, existe otra expresión, prima de la anterior: “Cuando entre una bala, entran todas”.

Ese “día a día” en que para muchos parece vivir Cambiemos responde a la impronta del gurú de la posverdad, Jaime Duran Barba, quien aconseja gobernar bajo el signo de una “campaña permanente”. La idea, que viene dando resultado, tiene un punto de contacto con el kirchnerismo, célebre por alimentar y construir poder en escenarios de conflicto. Con el tiempo, esta estrategia del FPV acarreó un lógico desgaste, y muchos ven allí un motivo para el agotamiento de su potencia política. ¿Aprenderá Durán Barba de los errores del rival?

Un tercer elemento a tener en cuenta es la amenaza de la disputa interna. Que no se discuta el liderazgo presidencial no significa que el frente de gobierno sea tierra santa, sobre todo porque abundan las instancias de horizontalidad, fruto de una alianza electoral que no termina de madurar en fusión. Esto genera compartimientos estancos que así como sirven para distribuir poder –el PRO gobierna, la UCR se despliega en el Congreso y Carrió articula judicial y mediáticamente–, también nivelan de facto instancias que, en un esquema más vertical, se alinearían sin colisionar. Esta conflictividad de apariencia sui generis tiene que ver con la dinámica de un bloque que, como se dijo, alcanzó la hegemonía: agotada la disputa externa, entonces comienza a darse hacia el interior del espacio que se impuso. El conflicto encarna ahí donde el poder se concentra. Y no se agota en lo partidario, sino que puede provenir de otros ámbitos que dispongan de terminales políticas, algo que abunda en el esquema oficial.

En este caso, además, la hegemonía se logró velozmente, sin mucho tiempo para la maduración de los procesos y sus intérpretes.

Esa es quizás la paradoja de Cambiemos: ya tiene lo que debería ser su objetivo y está en su mejor forma cuando aún faltan dos años para el momento de la verdad.

A punto caramelo

Elisa Carrió está atravesando quizás su mejor momento político. El presente de la diputada combina un altísimo nivel de incidencia mediática –algo que siempre la caracterizó– pero también de poder real, en el marco de una coalición de gobierno que le otorgó el rol de auditora interna. Lilita sube o baja el pulgar; dice quién es digno y quién es impuro. Ya venía siendo así antes de los comicios y ahora, luego del paso por las urnas, salió aún más fortalecida, gracias a su notable performance en la Ciudad de Buenos Aires.

Para el macrismo, Carrió es como el río Jordán: los funcionarios sospechados –incluido el primer mandatario– pasan por sus aguas y resurgen purificados. También están los que no superan la prueba y saben que su situación es de difícil virando a terminal. En el universo Cambiemos, el criterio de la líder de la CC tiene el mismo valor, o incluso más, que un fallo judicial.

Pero, claro, no es fácil lidiar con la fama y el poder. Y menos para un personaje como la chaqueña, sobrexpuesto en la prensa y con una autoestima frondosa. Su perfil de antisistema, de mujer indomable, es el que la depositó en la primera línea de la dirigencia de Cambiemos, sin olvidar el trance de las presidenciales 2011 y el pozo del 1,8 %. Para dimensionar la resurrección, a partir del 10 de diciembre la bancada de la CC se duplicará, pasando de 5 a 10 diputados.

Sin embargo, en los últimos meses Lilita viene sumando desaciertos no forzados en una cancha que conoce tan bien como son los sets de televisión. Exceso de confianza, tal vez. Después de sus dichos sobre Santiago Maldonado –incluido el “20% de posibilidades que esté en Chile” y la alusión a Walt Disney– también desbarrancó con respecto al submarino ARA San Juan. Mientras Carlos Zavalla, primer comandante de la nave, reflexionaba sobre la muerte, tiempo atrás, de su hijo y su deseo de no sufrir, Carrió lanzó: “Ah, mi ambición es que hagan arroz con champiñones en mi velorio”. Todos en la mesa de Mirtha Legrand miraron desconcertados y Carrió dijo que lo estaba “tomando en broma” porque ella tenía un hermano que había muerto a los 42 años. La “broma” no se entendió en ningún lugar, tampoco en la Rosada.

Hasta ahora, Lilita vino construyendo en su zona de confort: la denuncia de corte “noventista”, el caso sonado de corrupción, la disputa con personajes específicos del gobierno y, siempre pero siempre, la mira en el kirchnerismo. En paralelo, supo mantenerse al margen de las políticas estructurales del modelo PRO y también de los escándalos que involucraban a Macri, poniendo como argumento la trayectoria de su criterio y la confianza en la figura presidencial.

Pero cómo podrá hacer para congeniar su prédica intransigente y denuncista con un gobierno que está entrando en su etapa de consolidación y endurecimiento; con un funcionariado que expande su esquema de negocios, recrudece su tono represivo y fuga dinero sin que le tiemble el pulso. Sin dudas, es un desafío digno de un mundial de posverdad. Tal vez Durán Barba tenga la respuesta, aunque el ecuatoriano nunca gozó de buena relación con la legisladora. Antes de los comicios, ella había dicho que el encuestador “es un chanta total y vulgar”. Ahora, él la comparó con Luis D’Elía y admitió que ambos le caían simpáticos: “Me divierten, son como dos personajes de la familia Addams”. Desde la CC, le salió al cruce la diputada electa Paula Oliveto Lago: “Aníbal Fernández y Durand Barba un solo corazón. Demasiado silencio en el PRO ante la agresión de su asesor a Elisa Carrió”, escribió en su cuenta de Twitter.

El hecho de que la respuesta haya quedado en manos de Oliveto Lago, una de los dirigentes que mejor conoce a Lilita y de probada capacidad política, explica que ahora la chaqueña liderará una bancada con más voces que la propia y que en la vecindad de Cambiemos los lilitos están en plena expansión. Su rechazo a tocar la Ley de Glaciares y la intención de retomar la disputa con Ricardo Lorenzetti sirven como prueba.

Viejas glorias radicales

La UCR consiguió su regalo de fin de año: retuvo para sí la presidencia de los interbloques de Cambiemos en ambas cámaras del Congreso nacional. El cordobés Mario Negri fue reelegido para conducir la bancada oficialista en Diputados, mientras que en el Senado ese rol quedó para el formoseño Luis Naidenoff. La confirmación de estos roles se inscribe en lo que el radicalismo considera lo justo en la distribución de poder en una alianza donde el Ejecutivo es del PRO y el parlamento es radical. Y también lo ve como parte de la puesta en valor de la marca propia, en un proceso de largo plazo.

La satisfacción que prima entre los correligionarios sólo es alterada por un viejo hábito: el ejercicio de la interna. Lo que está en disputa es la presidencia del Comité Nacional partidario, un cargo que deberá renovarse antes de fin de año, cuando termine el mandato de José Corral. Muchos pensaban en Negri, por su refrendado peso parlamentario y su buena relación con Macri. Pero los gobernadores radicales –el jujeño Gerardo Morales, el correntino Ricardo Colombi y el mendocino Alfredo Cornejo– no vieron con buenos ojos esa sumatoria de atributos en la figura de Negri y el puesto quedó en discusión.

Esta tensión se da en un contexto donde el partido tiene expectativas con respecto a su futuro, luego de décadas de sobrevivir en los cuarteles de invierno de la política. En ese sentido, el contrapunto es señal de que hay poder por distribuir. Tanto es así que Enrique “Coti” Nosiglia, eterno operador en las sombras, volvió a mostrarse para apostar en la interna, ya no como hábil titiritero, sino en primera persona.

Puestos a proyectar en el aire, en la cúpula de la UCR piensan que están dadas las condiciones para comenzar a recuperar la impronta. Lejos van quedando aquellos vaticinios de Ernesto Sanz, que en 2015 justificó la entente con el PRO en el riesgo cierto de una extinción boina blanca. Ahora, en el partido centenario hacen cuentas y viajan en el tiempo hasta el día en que se agoten las fichas de Macri, algo que, estiman, ocurrirá en 2023. Los radicales descuentan que el presidente será el postulante propio para renovar en 2019, con posibilidades ciertas de éxito. De la misma forma, confían en que hombres propios serán los candidatos de Cambiemos para seguir sumando gobernaciones. Con esa deseada acumulación de ejecutivos radicales, más la salida de juego de Macri al no haber re-reelección, en la UCR creen que podrán presentar una opción competitiva en esa interna oficialista del futuro. Más bola de cristal: una posibilidad sería enfrentar a María Eugenia Vidal, a la que imaginan ya desgastada luego de ocho años lidiando con la provincia de Buenos Aires.

Así sueñan los radicales. Y sus socios lo saben. Habrá que ver cómo se combinan los sueños de unos y otros, y qué pasa con las pesadillas. Sobre todo, porque si algo enseña la historia reciente es que, así como se pueden proyectar escenarios de acá a dos o seis años, ir más allá de las 24 horas supone el riesgo de dejar la política para ingresar a la ciencia ficción.