Por Olivia Salas

Foto: Yegua & Groncha

Como en el pabellón volaban los rumores, Damián le había dicho a Leticia que fuera al banco y, con sus datos, sacara las 150 lucas verdes que encanutaba en su cuenta. Acababa de lamerle la vulva como nunca, así que ella prefirió no enojarse por enterarse de la buena recién cuando al marido le caían con un par de años a la sombra por la cabeza.

Con la concha húmeda todavía, repasaba a bordo del colectivo de la línea 85 cada palabra que le soltó el convicto. Preso por escamotear cocaína en sillones para diván que se despachaban a Barcelona, le había susurrado mientras se la cogía que el ex cagatintas de Clarín que purgaba su pena por homicidio calificado aseveró la noche anterior que se venía un corralito y que el país se iba a la bosta. “¿Qué es un corralito?”, inquirió ella entre jadeos y él, que le estrangulaba el pezón izquierdo con los labios, tardó unos segundos en responderle: “Vos andá y sacá la guita, linda”.

Leticia no era obediente pero, mucho menos, gila. Pasó a buscar al hijo de ambos por el jardín al mediodía y rajó para la sucursal crediticia donde el traficante, que siempre se autodefinía como un poeta social, la tenía guardada. “¿Ciento cincuenta mil dólares?”, pensaba para adentro ella mientras taconeaba rumbo al banco y casi llevaba a la rastra a Martincito, con las rodillas raspadas de tanto trastabillarse por el tranco veloz y la aspereza de las baldosas.

El trámite fue sencillo pero no resultaba tan fácil que el nene cejara con sus persistentes preguntas. “Mami, ¿qué vas a hacer con esa plata?”, lanzaba con su timbre agudo y ella le daba un tironcito de cabello y le decía, con los dientes apretados: “cállate la boca, Martín, porque te mato”.

Sin embargo, la inocente duda de Martín aguijoneó la astucia de su madre, que hasta ese momento sólo había pensado en sacarla para ponerla a disposición de lo que su Neruda resolviera tras los barrotes. “Yo me voy a la mierda”, se escuchó a sí misma profiriendo al paso que paraba un taxi. “¿A dónde vamos, mami?”, indagaba el gurí. “A ningún lado, hijo”, alcanzó a contestarle antes de indicarle al chofer el destino.

El microcentro era un infierno. Protestas en la Avenida 9 de Julio y cortes en los principales accesos a la Capital Federal tornaban imposible el tránsito pero la demora arriba del vehículo sirvió para que ella escuchara al comentarista de la radio que sintonizaba el tachero decir que, efectivamente, se aproximaba una hecatombe. Como no acostumbraba a informarse sobre los asuntos públicos, interpeló al conductor: “¿Será para tanto?”. “Con todo respeto, señora, la cosa está pa’l carajo y va a explotar en serio”, le retrucó el hombre al volante, fijando la mirada en su escote a través del retrovisor. Ella, que advirtió las pupilas libidinosas sobre sus tetas, se cruzó de piernas y le mostró sus pantorrillas mientras observaba, como si estuviera distraída, por la ventanilla. Al fin y al cabo, tenía un tocazo de guita repartido en la cartera, la faja bajo la blusa, la bombacha y la mochila de “Tincho”. Además, comenzaba a sentirse forreada por Damián y empezó a pensar que podía hacer lo que se le antojara. “¿Y a usted le va bien?”, lanzó mordiéndose el labio inferior.

Al tachero se le puso tiesa y los huevos se le hincharon de golpe. “Mire, yo soy sociólogo pero manejo este coche de día y doy clases en la Facultad de noche, qué sé yo”, respondió él. Leticia, decididamente juguetona, quiso saber un poco más: “Y qué enseña en la universidad”. “Trato de que los estudiantes entiendan que todo lo que vemos está de adorno y que lo único que importa es que todos tenemos una bomba entre las piernas que podría demoler el mundo entero”, chamuyó sin sacar la vista del espejito y tratando de mostrarle que estaba listo para penetrarla con ropa y todo.

Hacía calor y el aire acondicionado no alcanzaba. Al llegar, ella hizo de cuenta que no tenía dinero suficiente y que tenía que entrar a buscar más filo a su casa, un PH típico de Villa Ortúzar. Sin trepidaciones, bajó del auto con el pibe a upa y le explicó al mocoso que lo dejaría en la casa de la tía Berta, la vecina que siempre le regalaba golosinas y lo dejaba ver Cartoon Network. La diligencia no tardó más de 50 segundos: Leticia volvió, el tachero entendió, puso primera y deliraron un turno a los gritos en el telo de Olazábal y Superí.

Cuando salieron, un locutor adelantaba que el gobierno restringiría las extracciones de dinero de los bancos a partir del lunes siguiente. Eran las 17:45 del viernes 30 de noviembre. Pasaron 15 años de aquellas jornadas picantes: Leticia y el exégeta de Karl Marx administran ahora un complejo de cabañas y una flota de taxis pero siguen matándose con el mismo fervor, sobre el sofá color crudo que labrara el poeta para empaquetar mercancía que nunca despachó.