Por Marina Glezer

Aquellas personas que transmiten el valor de la palabra, ese conducto de la experiencia, son admirables. Se destacan, se les nota la vocación. Y aunque es difícil encontrar maestros en los tiempos que corren, todavía quedan soñadores que viven de lo creativo, aferrados al deseo, al empuje, la garra y el amor. Mauricio Kartun es uno de ellos y nos deleita en cada respuesta, como si fuésemos a pasear al parque de los recuerdos mientras le damos un mordisco a la madalena, revisamos las cartas a un joven poeta y pensamos en Caín y Abel como parte de nuestra familia. En esta entrevista, cosas lindas: esperanza y teatro.

Te iba preguntar por la telefonía celular, porque me dijiste que no usabas. Dado que el dramaturgo o el artista suelen ver situaciones de la vida cotidiana con un prisma distinto, a qué escenas asististe por no usar celular. Qué tipo de preguntas se desatan cuando decís que no usás celular.

En principio, siempre hay desconcierto. Se lo vincula a una necesidad pero yo creo que, en todo caso, son necesidades creadas. No es una posición frente a la vida no usarlo, simplemente no lo necesito y no termino de entender qué me aportaría cargar con él. Y visualizo en el ejemplo de otros la dependencia: alguien sale de su casa, se olvida el celular y vuelve 20 cuadras a buscarlo o entra en el mecanismo compulsivo de consultarlo continuamente. O acepta una hipótesis, a mi gusto algo sometida, de tener que estar dispuesto a hablar con alguien siempre, estar abierto a recibir esa llamada. De hecho ni siquiera sé cómo se usa. Cuando me prestan uno y termina la llamada, lo devuelvo porque ni siquiera sé qué tecla usar o cuál es la “horquilla” con la cual cortar. Pero, por cierto, estoy absolutamente convencido de que hay gente que, después de mucho tiempo, cree que miento cuando digo que no tengo celular. Asiente con una pequeña sonrisa que esconde la idea de “no lo quiere dar”. Y en realidad empezás a crearte otro personaje: el canuto que no quiere dar el número.

No obstante, tengo una mirada crítica sobre ciertos fenómenos que se producen alrededor de eso, que es la comunicación virtual como forma de despegarnos de la tierra más allá de lo que la salud indica. La comunicación verbal en tiempo real y presencial y recorrer los espacios en tiempo del paso son algo natural al ser humano y que traemos desde hace muchos siglos. Y merced a la aparición de la comunicación virtual de pronto remontamos vuelo y perdemos tierra, en una especie de sueño omnipotente de que el tiempo se duplica, podemos hacer más y podemos aprovechar mejor el resto del tiempo. Pero nadie trabaja menos por tener el celular o tener comunicación vía internet sino que en realidad ocupa más su tiempo. Su tiempo ahora está fragmentado en más trabajos que lo vuelven más obsesivo, obligando a tener mayor velocidad y certeza, tratar de acertar en una serie de cargas que son inevitable signo de la infelicidad.

Entonces, pudrimos ciertas herramientas de comunicación. Porque el teatro es una herramienta de comunicación…

Sí…     

¿Cuánta potencia tiene actualmente si todo está en el plano de lo virtual?

Fijate, justamente. Alguna gente se pregunta por la rareza de que el teatro mantenga la vigencia. Yo digo: al contrario. Frente a la aparición de estos nuevos lenguajes que virtualizan la relación y eliminan la distancia (vos hoy podés tener una charla cara a cara con alguien que está en Europa), frente a eso que aparecería la condena del teatro, vuelve al teatro casi una actividad emblemática de lo hodológico, lo que se hace caminando, de manera presencial. El teatro no funciona si el actor y el espectador no están juntos en ese momento allí. Es un acto de comunión. Es el non plus ultra de la actividad en vivo. No puede hacerse nunca de otra manera. Es la única actividad que no soporta la posibilidad de pasarse a otro lenguaje. Cuando nació el cine, apareció el teatro filmado pero rápidamente se dieron cuenta que era una pavada y que el teatro tenía que encontrar su propio lenguaje. La televisión hizo lo mismo. Pero es un lenguaje que sólo funciona en comunión. Es un rito que se vive en comunión.

En Terrenal trabajás con imágenes bíblicas y la Biblia es o fue una enorme pieza de comunicación. ¿Cambian los soportes y las herramientas pero las angustias y los deseos siguen siendo los mismos desde el fondo de la historia?

Sin duda. La Biblia como libro de mitos es el ejemplo perfecto. Qué es un mito. Un mito es una realidad humana atrapada en un relato. Hay un relato que atrapa algo de tu propia realidad, tu drama, tu interior, tu circunstancia y permite que se reproduzca de generación en generación llevando su conocimiento. Cuando uno retrocede a la búsqueda de la sabiduría de la Biblia, lo primero que tiene que hacer es rascarle la pintura que la Iglesia le puso arriba. La Iglesia la pintó a la Biblia. Porque la Iglesia es un poder y necesitaba que la Biblia abone todas sus hipótesis políticas.

Uno rasca y le saca la capa de pintura a lo que las religiones pintaron sobre el cuadrito de Caín y Abel y descubre que, atrás, hay un mito extremadamente más poderoso y es nada menos que el enfrentamiento entre las dos tribus emblemáticos del comportamiento humano: los nómades y los sedentarios. Los nómades, aquellos que no necesitan posesión ni bienes. Lo único que necesitan es aquello que los hace estar más cómodos y felices esa noche, la noche en la que van a dormir en un lugar diferente al que durmieron la noche anterior. Los sedentarios, en cambio, los que se quedan, los que tienen que acumular y los que luego terminan invirtiendo el único bien verdaderamente preciado de la vida, que es el tiempo…

¿Hay una salida para el atolladero en el que nos metieron los que empezaron a parcelar para comprar y vender?

El ser humano lo que ha encontrado es plantear sin parar un pensamiento alternativo. Que el pensamiento alternativo no haya construido alternativas concretas en el presente no significa otra cosa que sigue en lucha y está buscando. Pero lo que es interesante es que el alma humana y el cerebro humano, de generación en generación, vuelven a tener la lucidez de oponerse a un sistema que observan a cierta distancia y descubren opresivo y generador de angustia. Y en principio, aparece la voz que dice: así, no. Y del otro lado te dicen: planteanos algo mejor. Bueno, planteémoslo todos juntos. Esta es la lucha que viene trayendo la civilización desde hace siglos. Lo extraordinario y lo que hay que agradecer es que el otro pensamiento no haya doblegado la necesidad de ser más felicidad. Esto sería el horror, aceptar que la posibilidad de Caín, la producción, la posesión, los bienes y la propiedad, es la única y es la mejor. Estaríamos en el horno. Lo interesante es que continuamente esté saliendo el grito contracultural. Y las dos grandes colaboraciones frente a eso las hacen la filosofía y el arte, siempre desde un lugar de objeción. Por eso es tan lamentable ver a un filósofo o un artista conformista.

Pienso si habría que inventar el “kartunismo”, un movimiento que sigue al pie de la letra las consignas para poder gritar “¡así no!”. Pese al resfrío que tengo y que no me deja respirar mientras le pregunto, me conmueve su sabiduría. No nos acostumbremos ni adaptemos a que las reglas del juego las impongan otros, cavilo al tiempo que me pregunto cómo queremos que sea y quisiera que agarremos las antorchas y no nos conformemos.

Quizá hasta que no lleguemos al default no vamos a resurgir. ¿Tenemos que llegar a tocar fondo o uno puede recapitular antes?

En todo caso eso sería plantearlo en términos de una estrategia que escapa de los límites del grito. El grito proferido es el grito de “así, no”. Y cuando aparecen alternativas que parecen inclinarse hacia aquello que uno cree que sí tienen que ver con una mayor justicia y una mayor inclinación hacia la felicidad de la gente, por supuesto que la apoya. Pero siempre mirando muchísimo más lejos. No podemos mirar o no tenemos siquiera la capacidad de pensarnos en una estrategia en el marco de la vida de uno. Son antorchas que van pasando.

Tu metodología de trabajo contradice la lógica mercantil. Te tomás tu tiempo para escribir y producir la obra con todo el elenco, como si hubiese en ese proceso una disrupción de gestar obras de teatro como si fueran chorizos. ¿Alcanza con la crítica o el pensamiento a contramano cuando da la sensación que todo nuestro sistema nervioso está bajo estado de sitio?

Efectivamente uno encuentra la porosidad. El sistema es sólido pero poroso. Hay lugares en los cuales uno puede meterse y trabajar de otra manera. Esos intersticios en los que uno se instala y trabaja como en una especie de oasis. A la burbuja no le corresponden las generales de la ley de la materia que lo rodea. Yo trabajo de esta forma porque privilegio el resultado por encima del rédito. No me importa la ecuación inversión-rédito sino que me importa la creación misma, la obra.

Mis últimos espectáculos, sin excepción desde hace 14 años, le dieron de vivir a los elencos y trabajé siempre en el campo independiente. Buscándole la vuelta, estrenando a veces en un teatro oficial, inventando giras y haciendo las mil y una ocurrencias. Pero hemos conseguido transformar una hipótesis. Lejos de ser un capricho, es algo razonable.

Y por otro lado, en mi casa siempre se decía: el que trabaja de lo que ama cumple el sueño de vivir sin trabajar. Para mí, ensayar y escribir es pasarla bien. No siento la carga del trabajo como condena.

¿Hay entre los dirigentes políticos actuales alguien con la audacia para animarse al pequeño misterio ácrata?

En realidad no sabemos quién es…

O sea, ¿te parece que hay pelotas u ovarios para encarar lo que hace falta?

A mí me parece que siempre, ante el campo conservador, aparece la alternativa del campo contestatario. En ese campo contestatario, cada uno elegirá la figura en la medida en que respondan al modelo en el que uno tiene más fe. De lo que se trata siempre es no aceptar nunca la hipótesis resignada de quedarse con lo menos malo.                

Qué juguetes había en la casa de tu infancia. ¿Con qué soñabas de chico?

Es curioso. Soñaba con héroes de la literatura porque el juguete más habitual de la infancia fue el libro. Uno lo dice así y aparece como una especie de tacho de veinte litros de pintura romántica pero la verdad es que, en mi infancia, la televisión no tenía una presencia importante en la casa y al cine podías ir una vez por semana. No había muchas otras cosas. El libro era la posibilidad de tener acceso a otras realidades apasionantes, como son siempre la aventura y el conocimiento de personajes. Entonces, yo leí mucho. Mi gran juguete en la infancia fueron los libros y yo jugaba con los personajes de los libros. Soñaba y me identificaba. Recuerdo haber leído un libro de la colección Robin Hood, que todavía tengo guardado por allí en mi estudio y se llamaba Rayo Dorado y era la historia de un chico que criaba palomas, y ponerme a criar palomas y tener una a la que llamé Rayo Dorado. Y durante un tiempo tener palomar, impulsado por eso, y soñar que tenía palomas que competían en carreras internacionales. Pero después leí “El juguete rabioso”, de (Roberto) Arlt, y en un momento soñé con volverme ladrón. Fantaseé con la aventura de un ladrón. Los libros me fueron llevando en los sueños a instancias muy diferentes cada uno de ellos. Luego tuve otros juguetes. En el recuerdo, más perturbadores. Me crié jugando con juguetes carísimos, importados, inhallables en este país, absolutamente impagables para una familia de clase media como la mía pero, además, rotos. Porque eran los juguetes que mi tía Amelia, que era ama de llaves de una de las familias más ricas de la Argentina, me regalaba cuando iba a visitarla. Para mí, eran un material absolutamente precioso. Nunca iba a poder tener, por ejemplo, una carabina inglesa de aire comprimido, extraordinaria, con sistema Winchester, pero que le faltaba el cargador. No tiraba. Lo único que hacía era el ruido de disparar. Pero, por supuesto, yo salía a la vereda en San Andrés y era Gardel. Eran siempre juguetes rotos. Recuerdo haber tenido una colección de lápices de colores a la que le faltaban los verdes. Por lo tanto, todos mis dibujos de árboles de aquellos años eran anaranjados, como si estuvieran siempre en otoño.

Entonces, esta mezcla imaginativa. Jugar con los juguetes de otro también es una mezcla imaginativa. No son tuyos, son de otro. También fantaseás. Esta mezcla entre los libros y los juguetes de otro terminaron tallando un destino en este campo que uno eligió, que es el campo artístico.

¿Hay algo que añores de aquel mundo?

El paraíso perdido está presente en cada uno de nosotros siempre. En todo caso, la añoranza viene siempre, con el paso del tiempo, de aquellas cosas que uno no aprovechó. Los padres hablamos mucho, cuando nuestros hijos crecen, de que hubiéramos querido aprovechar más tal época. “Creo que no lo aproveché porque estaba con mucho trabajo y ahora pasó, y ahora es grande”, decimos. A mí me pasa muchas veces pero también al revés: no aproveché todo lo que podía haber aprovechado a mis padres. En un momento, ese acto de rebeldía, reacción y mirada crítica frente al mundo de los padres, no me permitió aprovecharlos a fondo. Tengo recuerdos de momentos en que los aproveché, como las tardes en que mi padre me proponía irnos a una pileta, por ejemplo. Y no hacer esa salida de varones. Padre e hijo, yendo a una pileta y nadar y lo tengo como un recuerdo extraordinario pero por qué no lo hice más…

Hay eventos que cambian nuestra vida para el resto de la cosecha. ¿Hubo algún hecho en tu vida que te obligara a decir “Ok, es por acá”?

Allá, al lado de una de esas ventanitas, hay una plaquita de las que se entregan a los que ganan algo. Los primeros premios que gané en mi vida fueron de concursos de disfraz, porque mi madre, asturiana, me disfrazaba con trajes típicos españoles y me llevaba a los corsos y los bailes y me hacía participar. Mi madre era la que cosía y yo subía. Pero en todo caso, el primer premio que gané, de adulto y haciendo algo propio, fue eso que gané en un concurso de cuentos. Yo tenía veinte años, no había terminado el secundario porque fui repetidor tres años, había muerto mi padre y yo, de alguna manera, había heredado su trabajo en el mercado de Abasto. De manera que yo trabajaba todos los días levantándome a las 2 de la mañana hasta las 11. Y eso se había transformado en mi horizonte. Tenía que sostener ese horizonte económico que, de alguna manera, también era el soporte económico de mi madre. Tenía una novia que me proponía irnos a vivir a Estados Unidos y fantaseaba con la posibilidad de emigrar y sólo me retenía que en ese momento estaba la guerra de Estados Unidos con Vietnam y, si yo llegaba y pedía una radicación, podían mandarme como soldado. Todo alrededor mío era una circunstancia dramática y angustiante. Y en el medio de eso, escribí un cuento, lo presenté en un concurso y lo gané. La sensación fue que era para ese lado. Una luz. Estoy en el medio de la tormenta, hago un trabajo que no me gusta pero lo hago porque, además, tengo que llevar el dinero y mi madre llora todo el día porque quedó viuda y yo encima le voy a dar… ¿dejo el colegio, me decido y me voy a la mierda? ¿Me voy a Estados Unidos por amor y corro el riesgo de terminar como soldado en una guerra? El panorama era oscuro. Y en el medio del mar embravecido, apareció la luz del faro. Y agarré para ahí, de una manera rara, porque yo no sabía cómo era agarrar para ahí. Y me metí a estudiar… primero, un curso de literatura de vanguardia y, después, otro de dirección teatral. Fue una circunstancia que, definitivamente, cambió mi vida. Si no hubiese estado ese premio, estoy absolutamente seguro que no hubiera tomado ese camino.

Si alguna vez jugaste al TEG o viste la película de Darín con Roth, sabrás que Kamchatka es un rinconcito en el mapa. Siempre terminamos estas entrevistas preguntándoles a los entrevistados por el lugar de ese paisito en el planeta, pero metafóricamente. ¿Dónde queda Kamchatka para vos?

Ante todo confieso: el TEG está asociado, para mí, a momentos de mucha angustia. Fue refugio durante la dictadura de muchas reuniones de grupos de teatro que hacíamos durante la dictadura. No podíamos trabajar y, sin embargo, seguíamos reuniéndonos bajo la inercia por la pregunta de qué vamos a hacer. Y terminábamos siempre jugando al TEG. Recuerdos tristes: jugar al TEG escuchando al Tata Cedrón. Lo encontré al Tata hace un tiempo en un subte y se lo pude decir. Yo tengo mi Kamchatka. Hace 15 años, decidimos con la familia utilizar todos los ahorros que teníamos en construir una casa cerca del mar, que de alguna manera se transformase en un refugio o un club de felicidad. Un lugar cerca del mar, donde paso gran parte del tiempo escribiendo y cuido un gran jardín.