Foto: Estanislao Santos

Por Pablo Dipierri

“Cuando Gregorio Samsa se despertó esa mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto”, descerrajó Franz Kafka en la primera oración de La Metamorfosis. Más allá de las disquisiciones literarias que se baten entre la idiosincrasia de escarabajo o cucaracha que el personaje adquiere en la obra, resulta claro que el protagonista somatiza la angustia ante un mundo que no comprende. Todo muy kirchnerista, al decir de cualquier panelista televisivo actual.

Sin embargo, la obsolescencia planificada que el establishment pergeñó para Cristina Fernández de Kirchner evade todavía su consumación. La derrota electoral en provincia de Buenos Aires, a manos del candidato Esteban Bullrich y la marquesina incombustible de la gobernadora María Eugenia Vidal, no estrangula una experiencia política cimentada por la fuerza y la persistencia de un núcleo social con enorme capacidad de movilización y un porcentaje de sufragios para nada desdeñable. Lejos de cualquier retiro, la ex presidenta permanece en el centro de la escena y la reconfiguración de las fuerzas políticas populares no se concretará con la prescindencia de su gravitación y liderazgo.

Anoche, el clima de Sarandí trasuntaba ese combo de sensaciones con la mística de los militantes que cantaban incesantemente, las lágrimas de otros cuando CFK empezó su discurso, cerca de las 23:30, y los tacticismos que barajaba su entorno. “La quieren meter presa”, le dijo una fuente a Kamchatka desde el búnker de Unidad Ciudadana en Arsenal.

Como sea, las definiciones de la ex Jefa de Estado ahuyentan los fantasmas de disolución, depresión poselectoral o derrumbe, tal como pronostican sus adversarios a izquierda y derecha del espectro ideológico. “Unidad Ciudadana llegó para quedarse” o “acá empieza todo” constituyen frases fundacionales antes que un epitafio. Kafka, al fin de cuentas, escribía sobre Praga hace más de 100 años y el kirchnerismo, caracterizado por sus detractores como una plaga de “kukas” a los que mandan a “garrarlapala”, parece vivito y coleando.

Hasta los gobernadores peronistas que hacían fila para subirse al escenario de la renovación trastabillaron ayer. Y aunque proliferen alegatos sobre la escasa disposición de Fernández de Kirchner a “escuchar”, la mezquindad de La Cámpora que encanutaba recursos, el destrato al movimiento obrero en épocas de Patio de las Palmeras, el PJ cual víctima del zamarreo de los pingünos y una mayoría electoral dilapidada en cadena nacional, el drenaje de los que se iban se detuvo. Si bien los consultores lustran con elucubraciones el techo marmolado del 37 por ciento bonaerense, el territorio blande con orgullo las banderas de sus básicas porque la diáspora se frenó. “Lo que ves es lo que hay”, sostuvo un frepasista porteño ante este cronista antes de los comicios.

Así, la ristra de condiciones que pretenden imponerle a los presuntos herederos del modelo que se rehúsa a la capitulación es pisoteada y escupida por los que llenan estadios y plazas, todavía convencidos de un proyecto político que puede ser batido en las urnas pero no erradicado de la experiencia viva de su pueblo. Revulsivo antes que revolucionario, el kirchnerismo retiene su vigencia porque mantiene la audacia en alto. No va a sobrevivir por pedir perdón por la caricatura de Josecito López ni por la reivindicación edulcorada de la figura de un patagónico campechano, copado y pragmático que en 2002 evaluaba a Elisa Carrió como compañera de fórmula, en 2004 bajó el cuadro de Jorge Rafael Videla, en 2005 le renovó las licencias al Grupo Clarín, en 2008 quiso dejarle el Gobierno a Julio Cobos, en 2009 se puso al frente de la campaña y en 2010 se convirtió definitivamente en estandarte.

Su continuidad no se garantiza por camuflarse en un PJ rancio que quiere desmarcarse del kirchnerismo ni por limpiarse de corruptos y sumergirse en un coaching ontológico de transparencia y budismo zen. Tampoco por lo que diga la senadora electa por Facebook ni por lo que calle en otros ámbitos.

En suma, no va a sobrevivir por encontrar un candidato en 2019 que no traicione el ideario original y auténtico. Al contrario. El kirchnerismo, el verdadero kirchnerismo, ni siquiera se pregunta si va a sobrevivir.

Los que se preocupan por eso todavía no entendieron qué fue, qué es y qué puede llegar a ser esa fracción histórica que emergió de rebote, casi de chiripa, como el nucazo de Hugo Romeo Guerra contra River, el doble de Emanuel Ginóbili contra Serbia antes que sonara la chicharra o la mismísima 125.

El kirchnerismo fue, en sus albores, el producto de una crisis sin precedentes. Agónica. Fatal. Increíble.

Ningún dirigente con actuación destacada en los 12 años previos a Cambiemos ni sus seguidores más jóvenes nacieron en 2003. Y precisamente por eso, no se agota con una caída en las urnas, una denuncia por corrupción, la rosca parlamentaria de unos cuántos diputados, un salteño católico, un tigrense de embajada o un chivilcoyano que se florea con el Movimiento Evita. A pesar de la suspensión de la revitalización de la política y sus esquemas de representación desde la asunción de Mauricio Macri o el tremendo saldo organizativo para las agrupaciones sociales, sindicales y partidarias después del Frente Para la Victoria, la pelea porfía con darse mano a mano, cuerpo a cuerpo y codo a codo.

Los argentinos que todavía pueden ir al supermercado, los que toman mate en la fábrica o fuman un cigarro en su hora de almuerzo están más preocupados por pagar el alquiler que por las denuncias contra Julio De Vido o, lamentablemente, las responsabilidades políticas innegables en la desaparición de Santiago Maldonado. Con todo, anoche arrancó una nueva temporada de la serie The Walking Dead. Y se sabe que las cucarachas ya sobrevivieron a los dinosaurios.