Por Juan Federico von Zeschau

Le digo para hacerla estallar:

─Hay que matar a la madre…

Y estalla. Gira la cabeza, el pelo latiguea a lo propaganda de shampoo. Se quita de encima la sábana que le cubría las tetas y me apunta con sus ojazos negros, rabiosos, como dos pozos que quieren llenarse de sangre fresca. La mía.

─¿Qué dijiste, boludo? ¿Otra vez con eso?

─Exquisita infusión ─le devuelvo el mate.

Ella no lo agarra, me apuntala con la mirada. Intimida, me cubro con las mismas sábanas que ella desparramó en su arrebato. Ya es tarde para volver atrás.

─¿Cómo decía esa canción? ─me hago el pensativo─. “Volver con una ex, es perder doblemente el tiempo…”. ¿Era así?

Las franjas de luz que llegan desde la persiana semi cerrada le atraviesan la piel desnuda. El cuarto está inundado de una claridad difusa. Deben ser las once de la mañana. Tal vez, las tres de la tarde. Desayunábamos, hasta que decidí chicanearla. Hubiera sido mejor liquidar medio termo y volver a coger, como hicimos dos veces ayer por la noche. Medio borrachos, medio solos, después de una fiesta en un centro cultural, de esas que venden vasos de cerveza de litro y pasan cumbia hasta la madrugada. Cogimos bien, cogimos lindo. Hasta se me paró, con lo que me cuesta hoy en día, enajenado con su tatuaje de Evita coronado en flores, impreso en la espalda blanca, de vampiresa peronista, una pared de yeso que contrastaba con mis manos morochas que se multiplicaban por todo su cuerpo. Estoy viejo para una mina así, tan guerrera, tan pulenta. Tan convencida. Debe ser por eso que la quiero pudrir.

─Hay que matar a la madre ─repito y ella esquiva mi caricia a su pierna que sobresale del acolchado. Blanca también, casi láctea. Con una estrellita federal tatuada cerca del tobillo, una islita roja─. Superar el Edipo, ¿entendés?

─Ella va a ser la candidata ─dice─, le guste o no a tu pejotismo ortodoxo. Y, si no es candidata, va a seguir siendo la Jefa, la que conduzca. Es la única que tiene los ovarios.

─Hay que construir algo nuevo, desde cero, limpiar a la dirigencia. Buscar una síntesis.

─¿Una ancha avenida del medio? ─me pica.

─La gente no vota pasado, Negra, no existe eso de “vamos a volver”. No podés ofrecer lo mismo que hace dos años. Hay que mirar hacia adelante, armar otra cosa. Rearmarse. Salir de este loop infinito en el que estamos metidos, patear a la mierda la dicotomía. La polarización. Necesitamos nuestro Trump, alguien que resetee el sistema político.

─La única que puede armar es ella ─se corre un mechón que se le desprendió y le oscurecía todavía más los ojos─. Los sindicatos son unos entreguistas, la patota vandorista de “¿Quién mató a Rosendo?” son los obreros de Carpani al lado de estos.

─Yo soy delegado, no me lo tenés q explicar… ─las palabras se superponen.

─Los gobernadores hacen su juego, manejan las provincias como una pyme: mirá al pelotudo chupacirios del salteño, yendo a mendigar guita con la fe del converso. Un menemista tardío ─hace una pausa─. Los intendentes son los únicos dispuestos a jugar. Y hasta ahí, porque están hasta las pelotas. ¿Con quién vas a armar algo nuevo?

─Los sindicatos nunca fueron a la ofensiva ─me agarro de su primer argumento─. Sirven para bancar. Exigirles más, es no entender de qué la juegan.

─Se cansaron de entregar compañeros, no me jodás, yo laburo en Cultura y ahí…

─Los gobernas están hasta la pija con la plata ─la interrumpo─. No les podés pedir que sean mártires, que hagan la heroica, que la jueguen de William Wallace.

─No me vengás con eso de la vanguardia iluminada con lo que me jodías ayer. Borracha, te lo aguantaba; con resaca, no. Yo no digo que los gobernadores bajen desde Sierra Maestra. Que se la jueguen un poquito, nomás. Las cosas están mal.

─Sí.

─Y nosotros, la Orga, como vos la llamás, somos los únicos que copamos la calle.

─A este gobierno le chupa un huevo la calle. No se trata de mover gente.

La quiero besar, no se deja. Se pone la tanga, levanta un poco las caderas para hacerlo, mientras permanece acostada. Tiene un culo fenomenal, me dan ganas de cogérmela otra vez.

─Lo único bueno de volver a perder, es poder jubilar a unos cuantos ─digo con la seriedad berreta de un panelista de TV─. Sacarnos de encima el lastre de los mariscales de la derrota. Nada más.

─Acá no hay que jubilar a nadie. Hay que pegar fuerte, a fondo.

─Nos anduvo bien eso… ─ironizo.

─Tampoco anduvo eso de negociar con estos hijos de puta.

Las puntas de mis dedos intentan agarrarla, pero abanican el aire, ella ya se levantó. Me mira, implacable y hermosa, desde el otro lado de la cama.

─¿Te vestís que me tengo que ir?