Por Sandra Russo
Me resistí a las redes sociales durante mucho tiempo. Todo el tiempo en el que pude
configurar el mundo tal como lo percibo a través de los medios de comunicación, en los
que trabajo desde hace más de tres décadas. Hoy nos pasa a muchos, en la Argentina,
que los medios no nos ofrecen, salvo en espacios para los que nos sobran los dedos de
una mano, ningún reflejo de lo que vemos, oímos, sentimos, olemos alrededor nuestro.
Los medios, desde que gobierna Macri, se han vuelto un Truman Show, pero con la
monstruosidad de fingir la realidad no para uno, sino para millones. Un Truman Show a
la inversa, podría decirse: no son muchos extras los que actúan para convencer a alguien
de que la ficción es la realidad. Se trata de una ínfima minoría de funcionarios y
periodistas fingiendo, ante audiencias multitudinarias, que lo importante es lo
inventado. Ahora, son las redes las que por lo menos registran muchos hechos
demoledores, conmocionantes, que coinciden no ya con nuestro modo de pensar: no es
por afinidad política que uno construye su propia agenda en las redes sino por algo más
primario, más básico, que es la afinidad perceptiva. Es desde ahí que uno llega a una
identidad política.
El traslado de la atención de muchos argentinos de los medios a las redes, tuvo lugar
hacia las elecciones de octubre, y más intensamente entre la primera vuelta y el
ballotage, que ganó Macri. En ese interregno me sumergí en el Facebook, porque una
amiga me introdujo en el grupo Resistiendo con Aguante, que yo todavía no había
escuchado ni nombrar. Tuve acceso, gracias al click que hizo esa amiga, a un fenómeno
de comunicación extraordinario, que estaba naciendo de manera silvestre, como tantas
JP, pero desde un lugar nuevo. Ese espacio no había sido creado por una organización
política kirchnerista ni tenía contacto alguno con ningún funcionario. Una repostera de
San Martín de los Andes, Tita Ayán, había querido contactarse con sus amigos de Villa
La Angostura que iban a votar a Scioli, para compartir sus lecturas de la realidad. Pero
fue trepando, desde tan al sur, muy rápidamente, como una mecha de necesidad.
Ya con la ayuda activa de algunos administradores, también de la Patagonia, ese muro
de RCA se volvió antes del ballotage en una catarata imparable de modos de decir, de
modos de pensar, de modos de difundir y sobre todo de modo de activar. El resultado
puede verse hoy en cualquier marcha de cualquier lugar del país: RCA tiene un ancla
territorial, compuesto por lo general por ciudadanos de distintas generaciones y distintas
procedencias políticas, que defienden en las calles un modelo de país inclusivo, nacional
y popular.
Pero me quedó grabado aquel período de comunicación tan intensa que llegó al
ballotage. Se sucedían muchas fotos de casamiento. Parejas sonrientes, solas o rodeadas
de familias sonrientes, miraban a cámara y subían sus fotos con leyendas como “Nos
casamos en el gobierno de Cristina”. Los dos o tres domingos que incluyó esa etapa
hicieron desfilar por ese muro decenas de fotos de asaditos: familias del sur, del norte,
del este y el oeste del país, vivían la tregua del domingo mostrando a la comunidad
virtual sus parrillas, mostraban las tiras de asado, las achuras, las provoletas, las papas
al plomo. Todo eso pertenecía a su estirpe de clase laburante. Familias jóvenes de recién
casados o ya con dos o tres hijos posaban junto a sus casas del Procrear. Algunas casas
ya estaban hechas y habitadas, con los jardincitos prolijos y el perro posando junto a los
niños. Otras estaban en obra. Las frases que acompañaban las fotos eran de orgullo y
agradecimiento: en muchos casos, decían que el sueño estaba cumplido. Había fotos de
tíulos: eran los padres los que mostraban los títulos obtenidos por los hijos en
universidades de distintas provincias.
Intercaladas con la campaña real que toda esa gente hizo por Scioli, haciendo pintadas,
hablando con vecinos, escribiendo en billetes de diez pesos, subiendo a colectivos,
organizando charlas, llegaban las oleadas de esas otras fotos, donde lo que se veía eran
los fundamentos que llevaban a toda esa gente, a mucha por primera vez en sus vidas, a
poner el cuerpo para defender un modelo de país con un Estado que arbitrara a favor de
los sectores del trabajo. El fundamento era la chance de la felicidad.
Recuerdo siempre esas fotos de los casamientos, los asados, las casas y los títulos
porque fueron un ancla muy clara para especificar el objetivo de una lucha política.
Aquel muro era la versión inversa del aviso de la General Motors: no exhibía a aquel
que había hecho mérito y había sobresalido, sino a aquellos que habían comprendido
que la satisfacción y la plenitud de sus vidas había llegado colectivamente, y que era a
través de políticas inclusivas que el pueblo trabajador tenía la oportunidad de ser feliz.
No la garantía, la oportunidad.
Hoy que todas esas herramientas para la felicidad del pueblo han sido desmanteladas,
porque para extirparla alcanza con el desempleo, el aparato de lenguaje del Pro intenta
convencer a los humillados que ésa es su condición natural. Haber sido felices fue una
equivocación. Pero la única equivocación fue la de aquellos que viven de su trabajo, y
que creyeron que había otros que estaban sendo felices sin hacer ningún mérito, como
ellos. La única equivocación fue la de aquellos que no van a la par, los que se creen
mejores de los otros.
Me viene a la cabeza una frase de Saint Just, un revolucionario francés que terminó en
la guillotina, porque su pensamiento iba más allá de la igualdad, la hermandad, la
fraternidad. Decía Saint Just: “La revolución sólo debe detenerse en la felicidad”.