Entrando al cuarto semestre del mandato macrista a nivel nacional, Kamchatka elaboró un glosario que funge de aproximación a la forma en que el actual gobierno habla de sí mismo y sus acciones. Eufemismos, metáforas u operaciones lingüisticas cuyas remisiones se pierden de vista pero sedimentan significados crudos y duros para la sociedad.

Por Carlos Romero

 

Los detractores de la dicción presidencial suelen acusar a Mauricio Macri de tener “una papa en la boca”. La figura es algo tosca pero cumple su función descriptiva. Al margen del “coucheo” y de los esfuerzos de su fonoaudióloga, el jefe de Estado arrastra dificultades para leer de corrido y tiene tendencia a hacer desaparecer algunas sílabas cuando habla rápido. Entre otros indicios más determinantes, esta pronuncia del mandatario es la marca de pertenencia a una clase alta argentina que hizo de la afectación –y hasta la deformación– al modular una de sus características distintivas. A diferencia del político que finge barrio comiéndose las eses o usando vocablos populares, el presidente Macri no necesita impostar su verba “cheta”. Le sale de adentro.

Más allá de estas cuestiones de tipo anecdótico, la alianza Cambiemos no ha tenido dificultades para hacerse entender. Al contrario, se reveló como una muy dinámica maquinaria discursiva, enfrentando e incluso desandando parte de lo construido en ese plano por el kirchnerismo durante 12 años, a pesar de que muchos sostuvieran –desde otra construcción, claro– que eso integraba el paquete cerrado de “lo irreversible”. Tanto en la campaña de 2015 como ya en la Casa Rosada, el PRO hizo de la terminología un arma destacada y eficaz.

Dos tonos

Para el primer momento –la contienda por los votos–, el macrismo buscó simplificar su mensaje y desdramatizar el del rival, con promesas de felicidad y autorrealización, rebatiendo toda advertencia sobre su eventual gobierno como parte de una “campaña del miedo”. El clímax de esa estrategia ideada por Jaime Durán Barba fue en el debate televisivo con el candidato del FPV, cuando Macri le dijo a Scioli: “Daniel, ¿en qué te han transformado? Parecés un panelista de 678”. Pero una vez al mando, Cambiemos modificó el tono. Del manual de autoayuda y el todo-es-posible –Macri llegó a exclamar: “¡Qué va a ser difícil bajar la inflación!”– pasó al gesto adusto de quien, aunque le duela, está “haciendo lo que hay que hacer”, afrontando “la pesada herencia”.

En definitiva, con la lengua PRO ocurre un fenómeno similar al de su anclaje político: mientras el partido gobernante se anuncia como desideologizado, todos sus actos muestran una profunda ideologización. No podía ser de otra manera, porque nadie en política se hornea por combustión espontánea. En todo caso, el mérito del macrismo reside en que llegó al poder diciendo que no le interesaba porque ya lo tenía. Una indiferencia tan impostada como otras –ningún dirigente celebra el culto al poder– pero más acorde a su tiempo.

Desde Balcarce 50, el oficialismo desplegó sobre el debate público una serie de términos de su paladar, tomados de su propio universo cotidiano, ajeno al folklore del comité radical o la unidad básica peronista, y más acostumbrado al mundo empresarial, de las ONG y la sobremesa de negocios. En muchos casos, apeló a neologismos acuñados por el marketing, y en otros, al diccionario liberal, que siempre buscó en la técnica una forma de redondear, de suavizar, el borde afilado de sus políticas de recorte.

Galeano y Peña

Lo que sigue es una breve selección de seis figuras claves en la jerga del PRO. Pero antes, una aclaración: no fueron escogidas para encontrar allí camelos, estafas o “humo”. En definitiva, todo lenguaje es una construcción, un relato, tanto el que nos agrada más y nos parece pertinente, como el que nos agrada menos y le vemos la mampostería. “La revolución de la alegría” no es más artificial que “la Patria es el otro”. El truco –en este caso, vuelto política y economía, y con efectos reales en la vida– consiste en comprender el código, a sus protagonistas y las relaciones que establece. Como explicó Nietzsche, “no hay hechos, hay interpretaciones”. Y el macrismo lo entendió a la perfección.

Eduardo Galeano escribió que “la utopía está en el horizonte” y que al caminar en su dirección, ella se va corriendo. “¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar”, se contestó, poéticamente, el uruguayo. Aunque suene extraño, el PRO tiene su versión de la utopía de Galeano y la expuso el jefe de Gabinete. “Pobreza Cero tiene que ver con una meta como sociedad. Es una meta desde ya inalcanzable. Pero es la primera prioridad para el Gobierno”, aclaró Marcos Peña, que lejos está de ser Galeano, aunque sabe valerse de palabras para interpretar los hechos.

1) Pesada herencia: clásico comodín de toda administración recién asumida, el PRO apeló a esta figura de forma plena: no es sólo el desafío de revertir lo recibido, sino también de lo descubierto, de lo oculto por la gestión anterior. La “pesada herencia” explicaría así lo que el gobierno se ve obligado a hacer, esa pena de la que habla Macri al ajustar: “Hay una parte muy dolorosa, me desespera”. Este malestar por hacer lo necesario es también señal de madurez y pragmatismo. Además, la “herencia” conecta con el “se robaron todo” y el mandato de las cuentas ordenadas. “Después de una década de despilfarro y corrupción, empezamos a normalizar el sector energético”, sostuvo Macri.

2) Sinceramiento: otro término tomado de la economía liberal y el argot fiscal. Si lo anterior era un “relato”, un artificio discursivo, el ahora es el sinceramiento, el asumir el precio real de las cosas y aceptarlo, pagarlo, por duro que sea. El caso de los servicios públicos es bien gráfico: no se trata sólo de sincerar las boletas –la frase “corrección tarifaria” también supone la idea de enmendar un error– sino de admitir que se abonaba muy poco, que ese “relato” tarifario era insostenible. El ajuste es ahí sinónimo de realidad pero también de verdad. Es casi un imperativo moral: hay que  pagar lo que “de verdad” vale la luz, el gas o el tren. Otro registro es la sinceridad de políticos que admiten sus equivocaciones –“Aprendemos sobre la marcha”, confesó el ministro Juan José Aranguren–, humanizando la gestión: ya no se trataría de ajuste o insensibilidad social, sino de un error que se puede enmendar.

3) Voluntario: contracara del militante o el “fanático”, del que “va porque lo llevan”, “por el choripán y la coca”, “a cambio del plan”, en un micro. El voluntario, en cambio, es genuino y espontáneo –otro reverso, en este caso, de lo organizado como montado–, es racional, un ciudadano que decide y va “por su cuenta”. El voluntario actúa en uso pleno de su libre albedrío como individuo. Del otro lado, donde está el militante, quedan disvalores como la masa, la violencia, el populismo, lo irracional y la venalidad. El voluntario conecta con otra pieza clave del imaginario PRO: la ONG, reservorio del altruismo de quien aporta a la sociedad sin meter las manos en el barro estatal.

4) Emprendedor: versión empresarial del voluntario, es un gran estereotipo positivo de Cambiemos. El emprendedor opera como demostración de que los problemas colectivos se pueden resolver de forma autogestiva. Por ejemplo, al desempleo se le puede oponer la voluntad emprendedora. Ahí está Esteban Bullrich celebrando “un caso que está surgiendo en lugares como Matanza: cervecerías artesanales”. Una de las contracaras del emprendedor es el empleado público, el “ñoqui”, la “grasa militante” de la que habló Alfonso Prat-Gay o el “empleo público ficticio” del que se quejó Macri. En definitiva, desde su percepción, qué otra cosa que voluntarios y emprendedores son los funcionarios de Cambiemos, hombres y mujeres de éxito abocadas al Estado.

5) Diálogo: nació como un reclamo al kirchnerismo, acusado de “soberbio” y “autoritario”, con la cadena nacional como paradigma del que habla y no escucha. Con el PRO en la Rosada, el diálogo se volvió un fin en sí mismo, máxima expresión democrática. En los cinco meses del conflicto docente, el gobierno de María Eugenia Vidal mantuvo 14 reuniones con los gremios, hasta destrabar la paritaria. El Ejecutivo no se movía de su posición, pero recordaba que siempre estuvo “abierto al diálogo”. El PRO vio allí una solución prefabricada al conflicto social. Mientras al FPV se le atribuye la grieta, el macrismo la resolvería hablando, en la ficción de que no hay clases ni luchas, sino falta de entendimiento. En el lado oscuro, cuando el diálogo se agota sin dejar residuos, surge el endurecimiento de las políticas represivas.

6) Equipo: tomado de la dinámica empresarial y de la ONG, es otro triunfo de la técnica por sobre la ideología. El equipo es una forma aplicada de marcar distancia con la política clásica, donde además se licúan las responsabilidades, en un esquema sin centro, más coordinado que liderado, y con fines concretos. “El mejor equipo de los últimos 50 años”, dijo el presidente al presentar a su gabinete original. Esta entidad operativa del equipo permitió desdramatizar las salidas de funcionarios. La baja de un ministro de Economía no era un cisma, sino apenas un escritorio que se desocupa y un técnico que sale con sus cosas en una caja de cartón. En cuanto al juego de reversos, en el otro extremo de la asepsia del equipo está la “mafia”, la vieja política que estafa al contribuyente.