Foto: Franco Roggero

En plenos preparativos de la concentración de las centrales obreras contra las reformas previsional y laboral, Hugo Yasky recibió a Kamchatka en la emblemática sede de la CTA, ubicada en la calle Piedras. Bajo una catarata de mensajes de WhatsApp con las últimas novedades de las modificaciones que se le hacían a los proyectos de ley en danza, se animó a la comparación entre las dotaciones que acreditaba el campo popular en los 90’ y el saldo organizativo que quedó tras el kirchnerismo. Además, advirtió que la lucha no está cerrada en favor de las derechas en la región y atisbó algunos de los desafíos a futuro.

Es el secretario general de la CTA y, al cierre de esta edición, protagonizaba la organización de la manifestación de los trabajadores en rechazo a la reforma laboral propugnada por el Gobierno, junto al líder del sindicato de Camioneros, Pablo Moyano. Humilde y accesible como cuando ayunaba en la Carpa Blanca o, incluso, antes, no hace gala ni repara en ese detalle porque su agenda es una vorágine interminable de notas a medios masivos y alternativos, intercalada con reuniones y discusiones con sus compañeros de la central pero también con representantes gremiales de la CGT. Ahora, suma a sus responsabilidades la de la integración del bloque de Unidad Ciudadana, presto a asumir su banca a partir del 10 de diciembre.

Aunque no lo diría, Hugo Yasky encaja perfecto bajo la definición esbozada por la ex presidenta Cristina Fernández en la noche de la derrota electoral del 22 de octubre, cuando le dijo a la militancia desde el bunker del estadio de Arsenal de Sarandí que ese día no se terminaba nada sino que ahí mismo empezaba todo. Maestro de verba pausada pero encendida y contundente, el flamante diputado nunca cejó en las batallas que encaró codo a codo con los suyos y, a diferencia de una parva de dirigentes sindicales, fue el más duro y aguerrido contra las políticas de Mauricio Macri, llamó incansablemente a sus pares de Azopardo durante todo 2016, los esperó siempre que hizo falta y salió a la calle igual, aun en medio de desaires de un triunvirato cegetista que se negó al paro hasta que subastaron el atril de su central en Mercado Libre.

En ese contexto, Yasky recoge los aprendizajes de cada etapa aunque, sin duda, reconoce la potencia de la experiencia de la Carpa Blanca, en 1997. “Fue, dentro de las luchas con las que intentamos resistir el neoliberalismo, la que más impacto tuvo para romper el cerco de aislamiento, que era la condición de fragilidad de todas las acciones que enfrentaron las políticas de Carlos Menem”, rememora. A su juicio, “el discurso único, la descalificación de las luchas sociales y la diatriba permanente contra aquellos que eran tildados de nostálgicos y se habían quedado en el 45’ fueron el cimiento para derrotar a los telefónicos, los ferroviarios y los jubilados”, y con tono reflexivo admite que a los docentes también: “el gobierno de Menem logró imponer la ley de provincialización del sistema educativo sin recursos ni financiamiento, eso aceleró una crisis de la escuela pública en las provincias del país y la Carpa Blanca fue el espacio que empezó a dar testimonio de eso”.

Sin embargo, lo que distinguió ese reclamo de tantos otros por aquellos años fue la capacidad de hacerse carne en toda la sociedad. “Nos conectó con una sociedad que había dado vuelta la esquina, una clase media que había convalidado con su voto al menemismo pero la Carpa hizo que al gobierno le entraran las balas”, consigna.

Sin jactancia, recuerda la cita que tuvieron él y su entorno cercano con el por entonces ministro del Interior, Carlos Corach, cuando presentaron el pedido para instalar la carpa por una semana. “Con una sonrisa socarrona nos dijo: ¿se van a quedar una semana dentro de una carpa? Bueno, ponganlá”, cuenta que les respondió el funcionario de la servilleta. A 20 años de aquella gesta, conjetura que el consiglieri del presidente riojano hubiese querido volver la historia atrás pero ya no se podía.

Si bien el saldo organizativo ahora es mayor que en los 90’, ¿el campo popular está mejor o peor que entonces?

Comparativamente, el gobierno de Macri es un gobierno de la clase dominante blindado por el apoyo de todos los grupos concentrados y sectores de poder. En el menemismo, algún sector de los grupos económicos acompañó y otros fueron críticos, algún sector de los medios de comunicación brindó su apoyo y otros tomaron distancia. En aquella época, Joaquín Morales Solá, Mariano Grondona, Alfredo Leuco, Radio Mitre y tantos otros transmitían desde la Carpa Blanca. Hoy eso cambió. El bloque de poder, homogéneamente, apoya y sostiene la política de Macri como la esperanza que tienen ellos de terminar, de una vez y para siempre, con el movimiento popular tal cual existió en Argentina hasta ahora. La diferencia, en términos positivos, es que los sectores populares no están en la orfandad en que estábamos cuando asumió Menem. Macri llega al gobierno porque hay una derrota del campo popular en las urnas. Menem llegó y el campo popular lo había votado. Eso grafica la orfandad política en la que estábamos. El presidente que nosotros habíamos votado es el que se encargó, primero, de trepanar la CGT, quitándole como a un pollo las vísceras y dejándola como una carcasa vacía. Para eso, hicieron el operativo con Luis Barrionuevo y otros secuaces, neutralizando a Saúl Ubaldini. Y nosotros, los que queríamos sostener una resistencia a las políticas neoliberales, estábamos en una orfandad total y absoluta. Por eso, nos retiramos de la CGT. Y tratamos de ponernos bajo un paraguas muy frágil. Otro grupo constituyó el MTA. Hoy no estamos en situación de orfandad. Unidad Ciudadana representó el 37 por ciento de los votos en Provincia, más de 3,5 millones de sufragios. Hay un liderazgo muy claro de Cristina Kirchner. Sin duda, las grandes movilizaciones que hubo a poco que el Gobierno iniciara su andanada de medidas antipopulares también marcan una diferencia. Hubo que recorrer un trecho muy largo durante el menemismo hasta que hubiera masividad en las marchas de oposición…

¿Falta ahora, a pesar de que no hay orfandad en lo político, apoyo social por fuera de las estructuras organizadas?

Creo que hay un sinceramiento hacia el interior de lo que serían las fuerzas políticas que uno, a priori, define del lado del campo popular. Es decir, el justicialismo y los sectores de centroizquierda. El kirchnerismo aglutinó a gobernadores y referentes que, en realidad, como decía Néstor Kirchner, produjeron el milagro de un gobierno con medidas que desafiaban la lógica del poder fáctico o medidas de izquierda con componentes de derecha. Es así. Ese fue el milagro del kirchnerismo: llevar adelante políticas de transformación, como la recuperación del sistema jubilatorio, con gobernadores, diputados y senadores que hoy siguen siendo los mismos. (Miguel Ángel) Pichetto es el mismo. Lo que hay es una crisis donde se sincera todo esto. Se expresa a partir de que muchos de los que acompañaron esas medidas ahora acompañan las medidas de Macri. Eso, hacia adentro, genera un reacomodamiento de las fuerzas políticas. La discusión que viene de acá al 2019 es cómo construir esa fuerza política que marque la continuidad de lo que fue la capacidad transformadora del primer peronismo, con lo que vivimos en la década del 70 y lo que necesitamos que hoy se exprese en torno a la figura de CFK, pero con el agregado de una construcción política. Porque tampoco le podemos pedir milagros a una persona, que es importante y clave en estas construcciones populares –como lo son Evo Morales en Bolivia y Lula Da Silva en Brasil, así es Cristina-, pero no es el todo. No alcanza solamente con eso. Esa es la crisis que hoy tenemos. Por eso, se nos desagregan sectores y hay un intento de vaciamiento desde los postulados del peronismo. Y aparecen personajes como (Juan Carlos) Schiaretti o (Juan Manuel) Urtubey proclamando la adaptación a las reglas del mercado y la sociedad del siglo XXI por parte de un peronismo que deje de ser peronismo y se quede con la liturgia y se desembarace del compromiso con la clase trabajadora y los sectores populares. Y en lo social, esa misma crisis. Los mismos dirigentes sindicales que eran oficialistas con Cristina son oficialistas con Macri. En un momento, se convirtieron en aguerridos combatientes contra el gobierno anterior. Hoy, la mayoría de ellos son fervorosos adherentes al gobierno de Macri y llegan hasta el extremo de entregar las conquistas del primer peronismo en aras de una reforma laboral para promover la dinamización del mercado de trabajo y la baja del costo laboral. Si hoy tuviésemos la CGT férreamente unida confrontando un gobierno como este, estaríamos en otras condiciones. La misma desagregación o crisis de refundar el peronismo para convertirlo en el Plan B de los neoliberales también se da en el movimiento sindical y social.

Eso es la crisis de representación. ¿Se corre el riesgo de que la sociedad encuentre cada vez menos canales legítimos para sus mediaciones institucionales, sea el parlamento o el sindicato, y florezcan mecanismos de acción directa, en tanto y en cuanto el gobierno suspende y ataca sistemáticamente garantías y derechos constitucionales, censura y oprime medios de comunicación díscolos, persigue sindicalistas y dirigentes opositores o reprime la protesta social y encubre a sus fuerzas de seguridad?

El riesgo es que siga creciendo la adhesión a candidatos como Elisa Carrió. Esa es la sociedad, de alguna manera, sin brújula, que pierde la credibilidad en la construcción de proyectos colectivos y se sumerge en el individualismo más chabacano y atroz. Carrió lo expresa de forma textual, en toda su miserabilidad, y ese es el principal peligro que tenemos. La violencia que genera el desencanto, la negación de la solidaridad hacia el otro, la banalización de la represión o el asesinato del que reclama algo. Lo demás no existe. Una sociedad que es capaz de votar a un personaje que dice las barbaridades que dice esa mujer en el distrito electoral donde tenemos el PBI per cápita más alto del país y el nivel cultural más alto… tiene que producir miedo. Es la forma de violencia cuya matriz ni siquiera es de Carrió o Macri. Se aplica en todos los países del mundo, para que vayan sus electorados deslizándose hacia formas que tienen que ver con la xenofobia. Pensemos cómo se trata el tema de los mapuches. Eso tiene que ver con la búsqueda de soluciones fascistas. Esa es la única violencia que nos acecha y la tenemos demasiado cerca como para no verla.

¿Qué experiencias debiera mirar el kirchnerismo para tomar en esta etapa?

Tenemos que estar atentos a la experiencia de Evo en Bolivia; el gobierno de Portugal, que dentro de Europa parece abrir una pequeña luz de esperanza; lo que pueda ser el reposicionamiento electoral de Lula. Las cosas no están tan encarriladas hacia el lado de la derecha como nos quieren mostrar. Fue una sorpresa que (Sebastián) Piñera no ganara en Chile por la gran diferencia que vaticinaban todos los escribas de la argentina. Hubo sorpresa en Honduras, un país casi sometido a una dictadura tutelada por fuerzas militares y el Pentágono y, sin embargo, ahí ganó un frente electoral donde está Mel Zelaya. Hay señales de que en América latina parecería no estar tan definido el ciclo largo de derecha y neoliberalismo que vaticinan algunos, más por expresión de deseo que por objetividad en la mirada.

¿La lucha está abierta?

Absolutamente. Fijate que la misma gente que vota enfervorizada a Carrió es la misma que iba a golpear y rasgar con las uñas las puertas de chapón de los bancos. Los mismos que venían y decían “piquete y cacerola la lucha es una sola” en aquella época se colgaban de las pancartas de Luis D’Elía porque estaban desesperados, al ser arrojados al terreno baldío de la confiscación de los fondos en los bancos. Nada de esto se entendería si uno se abstrae del hecho que estamos viviendo una etapa que sólo puede compararse, en cuanto la profundidad de la crisis, con la del capitalismo en la época del crack 1929. En aquella época, la solución no podía ser brutalmente en contra de los sectores populares porque existían del otro lado el comunismo y el socialismo. No podían arriesgarse a generar soluciones que empujaran a una crisis política sin posibilidad de regreso a los países capitalistas. Por eso aparece el Estado de Bienestar…
La crisis es hoy tan profunda como esa pero del otro lado no hay nada más que la nada. Estamos arriba de un terreno sujeto a temblores profundos. Es una situación en la que la maquinaria para construir liderazgo funciona recalentada. Están ahora modelando la sucesión por si hay un agotamiento de Macri. Aparecen elementos nuevos, como las redes sociales…

¿Pero cuánto cambian las cosas si en el fondo la lucha es la misma?     

En el fondo la lucha es la misma pero en condiciones más difíciles. Vos, en aquella época, tenías un diario o dos que bancaban las políticas de la derecha y hoy tenés una degradación del mensaje político con este panelismo caníbal que vemos en la televisión y ese permanente hostigamiento a la inteligencia humana. Ponen en tela de juicio la posibilidad de entender un mensaje complejo. Todo eso, picadora de carne. Picadora de carne en las radios, los diarios, la ola de los trolls. Eso genera una subjetividad vulnerada. Si me decís cómo titularía el cincuenta y pico por ciento de los votos a Carrió, subjetividad vulnerada con intervenciones inteligentes del poder fáctico.

¿Es cuestión de combatir esa subjetividad?

Hay que construir otra subjetividad.