Foto: Yegua y Groncha

Por Juan Federico von Zeschau

Que la política emergió de la década menemista prostituida, vacía y con moretones por todos lados, es algo repetido hasta el hartazgo. Como consecuencia lógica, la figura del militante también brotó de los noventa como un frasco sucio pero vacante. Un significante vacío, diría Laclau de forma más delicada y acorde a los claustros de Essex. Y ese vacío fue un terreno en disputa, llenado por el mestizaje y las tensiones de una lucha de sentido. En el marco de la tan bastardeada ─por lo repetida─ batalla cultural.

Néstor Kirchner primereó. Ancló su propia biografía política en los setenta. Referenció a la militancia pos 2003 con el militante de aquellos años. Contribuyeron a ese relato muchos otros: Página 12, Carta Abierta, la visión más “seisieteochista” de la política. Se profundizó con Cristina Fernández y la perspectiva de “vanguardia iluminada”. Se llenaba el significante vacío con un linkeo directo al militante de los años setenta, el que se tenía más a mano. La imagen épica, más literaria. El joven idealista, el convencido. El sacrificio como clave. El militante mítico, el héroe de la lucha armada, el que pone el cuerpo y apuesta la vida.

Sin embargo, el militante actual no es ningún mártir, por suerte. Nacido y criado en democracia y formado en el marco de sus instituciones, no teme  desaparecer o que lo maten –aun cuando existan casos como los de Maximiliano Kosteky y Darío Santillán o, más cerca en el tiempo, Mariano Ferreyra-. Tampoco combate contra un Estado terrorista: Macri no es la dictadura.

Difícilmente la militancia contemporánea sea el campo en el que se despliega la épica partidaria ni aquellos que participan en política lo hacen por una renta, como sugieren los grandes medios. Con ese contenido se llenó también el recipiente vacío de la figura del militante: una actividad que estaría integrada por una bandita de runflas, mafiosos, punteros, que opera sobre una masa imbécil y arrea hordas de choriplaneros. Una representación caricaturesca que parte de prejuicios enraizados en el sentido común de ciertas capas urbanas y bienpensantes, y que fogonearon los grandes medios de comunicación. No fueron los únicos. La producción cultural hizo lo suyo. Jorge Fernández Díaz aportó con “El Puñal” en 2014 a ese imaginario del militante como telón de fondo, el “llena-actos” o el aplaudidor. O el militante invisible de “Hombre de Gris” (2012), manuscrito de un Turco Asís, agotado. La serie “Entre caníbales” -el bodrio que produjo y dirigió Campanella en 2015- sigue el mismo camino. La política, en todas esas obras, es un negocio, y a ese negocio sólo entran los capos: gobernadores, dirigentes sindicales, funcionarios, empresarios contratistas. El militante la ve desde afuera, con inocencia y abnegación. ¿Y si esto último es así? ¿Y si la política pertenece sólo a los dirigentes? ¿Y si el militante -como en estas elecciones- la ve con la ñata contra el vidrio?

En el medio de las dos posturas, se planta el militante de a pie, que más allá de ciertos aspectos comunes (o corporativos), no existe en estado puro, así como tampoco existe “el Argentino”, “el Peronista” o “el Gorila”. Es, por un lado, el militante del siglo XX, anclado a una cotidianeidad estable en el tiempo: la fábrica, la universidad, el barrio. Es, también, el militante de la posmodernidad: el tuitstars con cincuenta mil seguidores, el editor que escribe análisis en un portal, el comunicador que merodea los grandes medios con sus opiniones expertas.

Esa militancia popular multifacética debe operar la realidad que le tocó en suerte. Operarla y también adaptarse a sus circunstancias, las de la derrota y el llano. De esas circunstancias surgen los dilemas, las dudas, las incertezas acerca de sus prácticas. ¿A qué conviene apostar: a la territorialidad o a las redes sociales? ¿Dónde militarla: en las unidades básicas o en los grupos de WhatsApp? ¿Actividad partidaria o #mesaza de Mirtha? ¿Snapchat junto a Shakira o rebalsados patios militantes? ¿Por dónde hay que ir?

Todo se resume, sin embargo, a que la figura del militante está en crisis. La derrota confunde y pone en duda la razón de ser de la militancia. Su existencia. ¿Sirve la militancia? ¿O está pintada al óleo? ¿Y si la militancia sobrevivió el siglo XX a puro respirador artificial? Tal vez, se trata de una anacronía andante. Un dead man walking. Un moribundo al que habría sido mejor soltarle la mano, allá por el 2000. A lo mejor, se asiste a los días de los nobles húngaros que seguían hablando de sus títulos, sin darse cuenta de que el Imperio se había desmoronado. O como los jerarcas del Politburó el día después a la caída del muro. Acaso Cambiemos haya dado en la tecla: ¿y si la forma de hacer política con la que se formaron las últimas generaciones explotó por los aires? ¿Y si el panteón de ídolos peronistas debe ser descartado? Y, más importante aún: ¿y si el militante quedó obsoleto?