“Y él anda aquí…
Caminando junto a mí”.

Por Alejandro Rodríguez Viglietti

Criollos, como le gustaba decir al tío, era la casa en donde vivía mi familia. Morada de quienes necesitaban descansar luego de interminables horas de tareas clandesitnas. Lugar de reuniones de compañeros de la Salud y del Partido, lugar de encuentros maquillados de cumpleaños o reuniones familiares. Adriana, mi hermana -un año y medio mayor-, y yo nos habíamos acostumbrado a que era la casa (como tantas otras) en donde en amplificados susurros se tejía la activa resistencia a la dictadura. Un lugar en donde las notas eran siempre disonantes con el terrible momento que se vivía en nuestro país. Pero toda actividad se hacía con pausados silencios que teñían un pentagrama lleno de negras figuras.

Sin embargo, aquél primero de setiembre del 84, un Allegro cambió el ánimo de todo quien estuviese bajo el techo de Criollos. Es que íbamos a conocer al tío Daniel y a nuestra prima Trilce de tan solo tres años. Nos costaba entender todo el movimiento previo a su llegada. Es que en casa siempre nos hablaron del tío que se había tenido que ir por luchar contra la represión y el fascismo, por la misma lucha, aunque no siempre con idénticas ideas, que lo habían hecho en la clandestinidad todos los que habitaban en mi casa. Pero nunca nos hablaron del Daniel Viglietti público. Porque para nosotros siempre fue tío, hermano, padre, compañero.

El río impresionante de gente que lo acompañó en el recorrido desde el Aeropuerto (cómo sus gordos dedos recorrían la bordona por el diapasón) más nos confundía a Adri y a mí. ¿Por qué toda esa gente coreaba su nombre? Y ya en el concierto de la noche en el Franzini, con mis siete años, comprendí que el tío, nuestro tío, el hermano de mi madre, era el hermano de aquellas 25.000 voces que gritaban “el pueblo, unido, jamás será vencido”.

Por estos días mucho se ha escrito de Daniel Viglietti el revolucionario, el luchador social, el compañero solidario, el incansable comprometido con los derechos humanos y el artista exquisito, el guitarrista clásico devenido en cantante popular de protesta y propuesta. Pero yo quiero rescatar al ser humano, al familiar de todas las horas.

Daniel vivía pendiente de la familia. Desde que llegó del exilio siempre estuvo preocupado por todos nosotros. Siempre quería estar presente, y lo estuvo.

Recuerdo una vez que había venido un medio de prensa francés a conocer el Uruguay de Daniel, y a él se le había ocurrido irnos a buscar a la puerta de la Escuela de la calle Carabelas, en donde cursábamos con mi hermana segundo y tercero. Nos empezó a hacer algunas preguntas a nosotros y a otros niños (una especie de entrevista improvisada con cámaras al hombro). La directora salió gritando indignada y diciendo que iba a llamar a la Conae (Consejo Nacional de Educación creado por Sanguinetti y Bordaberry allá por 1973, órgano represivo y totalitario), aterrada porque Viglietti estaba en la puerta de la escuela hablando con los niños. Lo recuerdo riéndose mucho al rememorar esta anécdota.

El tío Daniel fue quien estuvo presente en el cumpleaños de quince de mi hermana, supliendo la ausencia de mi padre. Cantó Gurisito y hasta bailó una tarantela en el festejo del día del padre de la guardería de mi hija Martina, cuando ella tenía apenas 4 años. Era quien se reía con las ocurrencias de mi sobrino Thiago. Daniel era un tío y un hermano de todos los días. Increíblemente, entre sus viajes a México acompañando a su esposa Lourdes, a Francia para ver a mi prima Trilce, a toda la hermosa América llevando su canto solidario, siempre se hacía tiempo para nosotros.

Por estos días mucho se ha escrito de Daniel Viglietti el revolucionario, el luchador social, el compañero solidario, el incansable comprometido con los derechos humanos y el artista exquisito, el guitarrista clásico devenido en cantante popular de protesta y propuesta. Pero yo quiero rescatar al ser humano, al familiar de todas las horas.

Era un ser extremadamente tierno, que sin caer en fraseos comunes, podría compararse con el Che en aquello de que un revolucionario debía endurecerse pero sin perder la ternura jamás. Escribió en Mucho, poquito y nada: “si no abro mi ternura me vuelvo de hielo”. Y así fue, una persona tierna capaz de afectarse con todo lo inhumano de este mundo. “La casa roja de su corazón”, como la describía en la canción Cuántos quiénes, se estremecía en retorcidos acordes cada vez que la injusticia afloraba. Supimos verlo, los íntimos, hace pocos meses, cantarle de manera reiterada Duerme negrito a Eugenio, mi hijo de año y medio, riéndose a carcajadas cada vez que el enano le pedía “más, más, más” en su media lengua y el tío repetía que era insaciable. Era revolucionariamente TIERNO. “Yo descubrí que el combatiente es más humano y más valiente, cuando no olvida la ternura bajo la piel de su armadura…”.

Era un tipo alegre y la broma siempre afloraba de sus entrañas. Recuerdo cuando no existían celulares o captores de llamadas, le gustaba llamar a Criollos poniendo distintas voces y divirtiéndose con nosotros porque nunca lo reconocíamos.

Los mismos zorzales que arrullaban sus siestas en el fondo de Criollos, lo saludaron en el Cementerio en su inesperada partida. Y el río de gente que lo recibió a su regreso del Exilio lo despidió por las calles montevideanas este triste 31 de octubre.

Mucho aprendizaje de él quedará en mí. Se fue mi gran referente, mi tío, mi compañero. Pero se fue cantando el domingo anterior a su muerte, se fue alegre entre la familia y tocando a cuatro manos con mi hija Martina el piano que era de su madre Lyda y que él supo regalarle días atrás. Lo vamos a extrañar mucho, pero sin ignorar como dijo Vicente Feliú hablando del Che que “hoy, hay los que dicen que te fuiste y también quienes sabemos que llegaste para siempre”. Salú, compañero.