Fotos: M.A.F.I.A.
(Tomadas durante la cobertura
del jueves 14 de diciembre)

Por Pablo Dipierri

El Gobierno logró que la Cámara de Diputados convirtiera en ley la reforma previsional, después de una jornada con sangriento despliegue represivo sobre organizaciones sociales, políticas y sindicales movilizadas en las calles contra el ajuste y una madrugada plagada de cacerolazos en diferentes puntos del territorio nacional, incluyendo la Plaza del Congreso. Con el apoyo de la bancada peronista que responde a los gobernadores, Cambiemos se impuso con 127 votos afirmativos ante una oposición que congregó 117 negativos y dos abstenciones, amén de 10 ausentes carísimos –entre los que se computan Julio De Vido, detenido sin juicio previo, y Daniel Scioli, objeto de bullyng en redes desde la primera mañana-. Así, el oficialismo ganó en el recinto pero perdió en el resto del país.

Más de 12 horas de debate televisado, casi un centenar de detenidos en las calles y heridos que se cuentan por decenas demostraron que existe una resistencia de buena parte de los argentinos a la iniciativa. Los potentes cacerolazos en toda la Capital Federal y sus múltiples réplicas encendieron una luz de alerta en Casa Rosada, que metió quinta a fondo con las reformas bajo la suposición de que el respaldo en las elecciones de octubre bastaba para emprender estas transformaciones o lo que el propio presidente Mauricio Macri bautizó “reforma permanente”.

Hasta la medianoche, funcionarios del Gobierno enviaban mensajes de WhatsApp a los periodistas para adjudicarse el favor de la protesta ciudadana, como si las familias que batían sus cucharones con jarros, ollas y sartenes expresaran su enojo contra los que se habían movilizado durante todo el día. Aun cuando algún panelista de TV repitió el boceto oficioso nadie creyó la burrada.

A esta hora, ningún optimismo es recomendable para la comprensión de lo que sucedió. Ni el macrismo está consolidado, a pesar del resultado en los comicios recientes, ni se asiste a la remake del 2001: la composición del fenómeno que anoche pobló esquinas, cortó avenidas, marchó hasta el Congreso y protestó hasta la madrugada no se define, total y necesariamente, como kirchnerista o, si quiera, opositora –aunque obviamente había en la marea innumerable cantidad de antagonistas al modelo macrista-.

 

A esta hora, ningún optimismo es recomendable para la comprensión de lo que sucedió. Ni el macrismo está consolidado, a pesar del resultado en los comicios recientes, ni se asiste a la remake del 2001.

 

En todo caso, los que emergieron durante la cena o los postres, por enésima vez y emulando espectros de otras épocas, reaccionaron contra una ley dañina para con el sector pasivo y, aunque el cálculo previsto en el articulado es despiadado con los que perciben ingresos por la mínima, el recorte tijeretea con crudeza, sobre todo, a los acreedores de haberes más altos. En Palermo y Recoleta, habitan jubilados que perderán 2 mil pesos por mes a partir de marzo próximo. Paradójicamente, Cambiemos se fabricó su propia Resolución 125.

La pugna parlamentaria

La sesión arrancó con más holgura que la que se abortó el jueves pasado, luego de que la diputada Elisa Carrió pidiera que se levantara en medio de acusaciones sobre la amañada reunión del quórum dentro del parlamento. La verborrágica legisladora invirtió entonces la carga de la prueba y atribuyó al kirchnerismo la responsabilidad por el operativo salvaje de la Gendarmería en las calles aledañas, donde miles de trabajadores manifestaban su rechazo al proyecto en discusión. La postura hubiera movido a risa si no hubiera sido angustiante la situación de los que padecieron balas, palos, gases y detenciones por oponerse a una norma que recorta brutalmente el ingreso de los jubilados.

Durante el fin de semana, el jefe de Gabinete, Marcos Peña, y el ministro del Interior, Rogelio Frigerio, ensayaron un juego de pinzas sobre los mandatarios provinciales para que conminaran a los representantes de su terruño en la cámara baja a sentarse en sus escaños y acompañar la reforma. Se buscó que también los gobernadores estuvieran en el recinto pero ese apriete naufragó, lo mismo que la conferencia de prensa para que los caudillos del interior defendieran las supuestas bondades del cambio propuesto. La sumisión de los jefes jurisdiccionales no llegó tan lejos pero alcanzó para que el engendro fuera ley.

El puntinazo al estómago lo propinó la CGT –aunque la carcoman espasmos de partición en este momento y cruces internos por la bochornosa suspensión del paro de transportes que anunció la UTA-, cuando el triunviro Juan Carlos Schmit anunció en conferencia de prensa la ratificación de la huelga y pidió que el Gobierno llamara a una consulta popular. Una vez que se apagó la chicharra por la reunión de 130 ediles en sus bancas, el tópico fue rescatado en el recinto por el Frente de Izquierda de los Trabajadores y el Frente Para la Victoria. No prosperó pero la bulla es parte de la trifulca parlamentaria en democracia.

La convocatoria social fue mucho más nutrida que la del jueves anterior. Desde temprano, contra las vallas dispuestas por la Policía Federal –o Metropolitana, como el lector prefiera-, se ubicaron el PO y el PTS, sobre Avenida Rivadavia, mientras que a lo ancho de la plaza y hasta Hipólito Yrigoyen se acomodaron organizaciones como Barrios de Pie. Más atrás, marchaban la Corriente Federal de los Trabajadores y la CTA, compuesta fundamentalmente por gruesas columnas del Suteba y AMSAFE pero también por ATE, que se desdobló y avanzó, una y otra vez, contra las cercanías del vallado: cada vez que atronaban detonaciones, los estatales viraban a la derecha por Paraná o Montevideo y se replegaban en Avenida 9 de Julio, bajando por Bartolomé Mitre y Teniente Juan Domingo Perón.

MAFIA 3Enseguida, corrieron mensajes de WhatsApp sobre heridos por balas de goma. Insondable cantidad de hitos llegaron a la redacción de esta revista sobre cómo hombres y mujeres sufrieron la saña policial, de nuevo, o cómo zafaban de la cacería. Fotos de otras épocas se iluminan en la memoria popular, que aprieta los dientes ante un pasado que volvió a caminarle la nuca a la Argentina, nada menos que a 16 años exactos de los fatídicos 19 y 20 de diciembre de 2001.

El presidente del bloque kirchnerista, Agustín Rossi, se lució en sesión, como otros exponentes de la oposición. Tal el caso de la diputada renovadora Graciela Camaño, probada en batalla tantas veces. Hábil, quien fuera lugarteniente de Sergio Massa ofreció cuando caía la tarde una salida elegante al titular de la cámara, Emilio Monzó: pidió la vuelta a comisión y una nueva ronda de discusiones, para que el proyecto llegue a recinto con modificaciones y consenso. El Pro tenía la orden presidencial de no concederles un ápice a sus adversarios y obró en consecuencia.

Antes que a la Policía local se le acabaran las municiones y tuviera que apelar a que el Edificio Centinela despachara gendarmes en carros de apoyo, los manifestantes aguantaron varias horas el asedio de los uniformados. A un costo altísimo, tragando gases, aupando compañeros caídos y huyendo de los cosacos que salían a cazar en moto, las columnas más organizadas avanzaban y se replegaban de forma ordenada: la persistencia en las calles, al rayo del sol, contagiaba a los diputados que estiraban el tratamiento del tema solicitando cuestiones de privilegio al estrado.

Entre tanta batahola, el legislador Horacio Pietragalla pidió un cuarto intermedio. Los presidentes de bloque se reunieron con Monzó, quien alegaba que en 30 minutos resolvería el conflicto en el ágora. A ninguno tranquilizó con eso, sabiendo que lo que vendría sería lo mismo que el jueves anterior. Los pronósticos se cumplieron.

Pasadas las 17, ATE, Suteba y otros gremios importantes comenzaron a desconcentrar bajo la intención de proteger a los suyos. Sólo pequeños grupos de militantes se quedaron intercambiando piedras por balas con las fuerzas de seguridad, copando las pantallas de TV y facilitando argumentos a los periodistas que no saben cómo defender el ajuste pero son un relojito para condenar la “violencia”.

Desde el sábado, sabían los representantes de las organizaciones que habría infiltrados y que el plan del Gobierno, en tándem con los medios de comunicación, sería minimizar la convocatoria centrándose en el martilleo de las escenas más impactantes, con muchachos en cuero tirando lo que hubiera a su alcance. No se busca acá una distinción entre el carácter pacífico de una parte y la supuesta tendencia al desquicio que se atribuye con desprecio e inquina a la otra, justificando el accionar represivo, sino todo lo contrario: infiltrados o no, cuanto más frecuente y numerosa se vuelve la porción de los que canalizan su resistencia con gomeras resulta más evidente la incapacidad gubernamental para propiciar escenarios de mediaciones, deliberaciones y, por qué no, lucha política con menos riesgo para la población que lo ungió en las urnas.

Como corolario, los ministerios de Seguridad nacional y porteño montaron una jaula en el centro. Por un lado, la Gendarmería arrasaba la Avenida 9 de Julio y, de atrás de las vallas del Congreso, la Policía salía en motos a jactarse en redadas, más que nada, a grupos sueltos o desprendidos de columnas más vigorosas.

El escenario se volvió un infierno. Los uniformados gasearon las estaciones de subte más cercanas y el Instituto Patria, donde se refugiaban heridos, al paso que los responsables del reducto El Hormiguero, que también auxiliaba manifestantes ahogados o golpeados, bajaron sus persianas y apagaron la luz por un rato, escondiéndose de sus cazadores.

Una vez despejada la plaza –o con conatos minúsculos de desafío a la autoridad-, el oficialismo empezó a frotarse las manos en Palacio.

La institución imaginaria

La sorpresa sobrevino, para opositores y macristas, con los MAFIA 2cacerolazos. Cuando la Casa Rosada suponía que todo estaba bajo control, los vecinos –categoría sociológica usufructuada al mango por el sistema político porteño- salieron a la calle. Habría unos cuantos que repitieron, considerando que habían participado de la gesta diurna, pero el elemento novedoso era que los que voceaban su bronca al ritmo de percusiones caseras provenían o se reconocían, mayoritariamente, como clase media. O para decirlo de otro modo, concediendo a los sociólogos más duchos que estiman que no existe tal estamento, los que protestaban no declamaban pertenencias partidarias.

La praxis se repetía en distintos lugares del conurbano y el país, como hace 16 años. La conjugación de ese pasado, no tan lejano, con este presente, tremendamente líquido, dificulta estimaciones a futuro pero deja una enseñanza a los que se apuraron, por miedo o deseos de congraciarse, a rubricar la experiencia de Cambiemos como una nueva hegemonía o un gobierno consolidado: lo permanente, como dijera Friedrich Hölderling, lo instauran los poetas.