Por Sandra Russo
Ilustración: Javier Guaglianone

Uno siempre ha estado a favor de los matices. Uno mismo es un matiz de otro que estuvo a punto de ser, o que quizá incluso sea de a ratos. Se le ha llamado maniqueísmo a ser tajante en estas cuestiones. Lo blanco o lo negro, que dicho sea de paso, es la opción por excelencia cuando se habla de esta cuestión, y es acaso el sustrato de lenguaje que concentra todo lo de racista, lo de derecha ideológica, lo de parcial de esencias que es el lenguaje. Todos los lenguajes. Lo cito siempre, pero es que casi todo mi trabajo gira en torno a lo que en mí hace muchos años iluminó un concepto de Roland Barthes: “La lengua no es de izquierda ni de derecha, es fascista; porque se caracteriza más por lo que obliga a decir, que por lo que prohíbe decir”.

Poner las cosas en blanco sobre negro es una imagen que tiene muchos derivados. Las cosas son así: blancas o negras. Si son blancas sobre negro se ven: se hacen claras e inteligibles. Pero el soporte semántico de esa imagen se extiende a estar en blanco o estar en negro, se extiende a lo puro sobre lo impuro, se asimila fácilmente con derecha y con izquierda. Ir por derecha es ser honesto. Ir por izquierda es hacer trampa. En fin, decenas de significados denigrantes hacia lo negro y la izquierda brotan del manantial de la lengua, que está incrustada en nuestros inconscientes desde que nacemos pero que toma envión desde mucho antes, desde lo ancestral de la lengua, de la posta de generaciones que a lo largo de los tiempos y las geografías fueron pensando palabras para expresarse, y asociaron lo negro con el delito o el pecado y lo blanco con un vestido de novia o la prueba de la pureza.

Dicho esto, sentada la base nunca neutra de la herramienta que tenemos para escribir y leer, que son las palabras, hoy hay dos posibles modelos de mundo, y de ahí para abajo, dos grandes paradigmas, dos grandes relatos vuelven a pujar por la hegemonía del mundo. Escribí el otro día que uno de esos paradigmas, con la derecha, ultra derecha y derecha nazi concentrándose en un eje discursivo que pronto acaparará los medios concentrados de comunicación, lo lidera Trump, porque a su modo es un héroe maldito; demostró que sí se puede, él sí, y para eso, para hacer brotar en el mundo con una consistencia sórdida un discurso racista que se casa con el proyecto financiero del gobierno del uno por ciento del mundo. El otro lo lidera el Papa, que parece que hubiese visto la película antes: cada paso que dio desde que fue ungido, desde aquel primer acto de Estado que fue ir a Lampedusa a decir que su mirada estaba puesta en los refugiados que sobrevivían al Mediterráneo, pero sobre todo en los que se ahogaban antes de llegar, y más aún: su mirada estaba puesta en África, en Eritrea y en Sudán, y luego en Libia y en Siria. Esa acción proactiva por reivindicar a esos desplazados, estaba también asociada a su preocupación por la concentración de las finanzas, por el fetichismo del dinero, por la evasión descarada de jefes de Estado, entidades bancarias y corporaciones, por el interés desmedido, en esta fase del capitalismo, en el saqueo de los recursos naturales, en todo lo que habló en el Documento de Aparecida.

Ese es el marco. Y de ahí para abajo, entonces, esos dos posibles mundos encarnan en muchas situaciones políticas, económicas, sociales, educativas, vinculares, laborales, en fin: vivimos cotidianamente esa puja. Y si ponemos la cuestión en blanco o negro, yo quiero que ganen los negros. Que lo negro del mundo se vuelva bello, como decía una hermosa cumbia colombiana. Quiero que el barro, que la sangre, que el sudor, que los humus, que el semen, que los flujos, que las lágrimas, que las salivas, que todo aquello que tenga que ver con los cuerpos de los hombres, de las mujeres, de los niños y los ancianos, de los animales, de la naturaleza, gane. Que en este rincón del mundo triunfe el hedor de América, como escribió Kusch. Que el hedor global de todos esos millones y millones condenados a ser una subespecie, despierte, rompa el hechizo, encuentre su propia lógica, que tome las riendas alguna vez. Cuanto antes, mejor.