Foto: Federico Borobio

Las primeras escaramuzas ocurrieron antes de las 14, horario previsto para el inicio de la sesión parlamentaria que trataría la reforma previsional, cuando los manifestantes empujaron las vallas con que las fuerzas de seguridad le comieron metros a las inmediaciones del Congreso. La pulseada se dio en la esquina de Rivadavia y Callao, mientras hombres y mujeres desprendidos de la columna de la Asociación del Personal de los Organismos de Previsión Social (APOPS) pretendían “saludar” a los diputados opositores que caminaban rumbo a las escalinatas, detrás de los gendarmes y policías.

Fuentes parlamentarias consignaron que mientras los diputados kirchneristas Hugo Yasky y Fernando Espinoza forcejeaban con efectivos para que no cargaran contra los trabajadores, el jefe de la bancada Pro, Nicolás Massot, reía cruzado de brazos a metros del lugar donde se desataban los hechos. Lo paradójico es que, a esa hora, poblaban la plaza ciudadanos que habían llegado sueltos y agrupaciones referenciadas en el peronismo bonaerense y la UOM, sellos y actores distantes de cualquier arrebato radicalizado. De hecho, el defensor del Pueblo de la Ciudad, Alejandro Amor, concedía una entrevista cerca de las vallas, y el ex ministro de Trabajo y actual presidente del bloque FPV en la Legislatura porteña, Carlos Tomada, caminaba entre la multitud concediendo selfies y dialogando sobre la jornada.

Dentro del recinto, había empezado a sonar la chicharra y por WhatsApp circulaban mensajes que referían a la “militarización” del entorno parlamentario. Entonces, comenzó a llover gas pimienta. El aire se tornó irrespirable enseguida, pese a que no faltaron corajudos que recogieran las postas pestilentes y las devolvieran con rabia contra los efectivos: por cada una que rechazaba la plebe, volvían tres del lado de los uniformados.

El desbande mostró cierta desesperación. Hubo gritos y llantos durante esa retirada inicial, que al ser reconstruida en charlas al rayo del sol cuando se disiparan el ardor y el humo llevarían a la conclusión de que entre los manifestantes había cientos que jamás habían tragado los “efectos disuasivos” de un cuerpo dispuesto a la represión.

El clima, se sabía con anticipación, estaba caldeado. Cuando el presidente de la bancada del FPV, Agustín Rossi, tomó la palabra, había 117 diputados sentados en sus bancas y Mayra Mendoza ya estaba en la enfermería, por haber sido agredida con gas pimienta en la cara a manos de un gendarme –la acción se repetiría horas más tarde con su par Horacio Pietragalla, dando cuenta de que la saña podría tildarse de sistemática-.

En la esquina de Avenida de Mayo y San José, la secretaria general de CTERA, Sonia Alesso, trataba de transmitir tranquilidad a los docentes movilizados y anunciaba que un grupo de compañeros había ido a comprar limones. Además, voceó por micrófono que doblarían rumbo a Corrientes y Libertad, hasta que amainaran los ataques, y volverían a marchar hacia el palacio de la Avenida Entre Ríos.

Los delegados de ATE-Capital, por su parte, habían realizado asambleas en sus lugares de trabajo y, advirtiendo que el clima trasuntaba agresividad por parte del Gobierno y había riesgo de que se desatara la represión, congregaron a los afiliados que “aguantarían la que viniera”, según relató a esta revista uno de ellos. De hecho, cuando los contenedores de basura yacían en medio de las calles y echaban humo y fuego, al tiempo que se escuchaban andanadas de disparos de balas de goma, los militantes estatales todavía no se replegaban.

Los diputados, en tanto, discutían la legitimidad del quórum y blandían los recuerdos del diputrucho del 92’, en la sesión que terminó con la privatización de la empresa Gas del Estado. El reloj ya daba más de las 15 y el presidente Mauricio Macri se había comunicado directamente con uno de los gobernadores que le había prometido representantes suyos sentaditos a sus escaños. “Día de furia”, refirió una fuente de Casa Rosada a Kamchatka.

En ese momento, hizo uso de la palabra la diputada Elisa Carrió y pidió que se levantara la sesión. En los pocos bares que permanecían abiertos en la zona, hubo gritos y aplausos. En las esquinas donde se reagrupaban los militantes empezaron los cantitos e, inmediatamente, las redes sociales se poblaron de fotos con dedos en V y sonrisas triunfales.

A esa hora, Macri había perdido, tal vez, una de las batallas más importantes en sus dos años de mandato. Luego sobrevendría la amenaza del decreto y la advertencia de Carrió por Twitter, sobre la inconstitucionalidad de esa jugada.

Los que se oponen al proyecto oficial ganaron tiempo. La semana que viene será otro partido.