La crisis de representación política azota a las estructuras partidarias en todas las latitudes y los nuevos líderes políticos apelan a herramientas diversas para llegar al poder. En ese contexto, la figura de Macron se convirtió en objeto de análisis de consultores y actores sociales de Francia en particular y Europa en general. Su talante moderno, sin embargo, afronta los mismos problemas y desafíos que sus antecesores en el cargo y sus pares en la región.

Por Augusto Taglioni

Emmanuel Macron parece haber enamorado a propios y extraños. Joven, aparentemente inteligente y con una historia de amor que conmueve a los escépticos de la política, logró vencer a la “malvada” Marine Le Pen para darle algunas vidas más a un sistema de integración que lucha por sostenerse como tal.

A pocos meses de haber ganado la elecciones presidenciales y a semanas de garantizarse la mayoría absoluta en el  parlamento, Macron sólo recibe cumplidos, se saca selfies y saluda como una estrella de rock, pero la realidad es que no ha dicho demasiado respecto de lo que hará en Francia. En una entrevista al diario El País, el presidente aseguró trabajar por una “Europa que proteja” y pidió defender los derechos de los refugiados. Francia es la olla a presión de los problemas estructurales de Europa, alta desocupación, desigualdad social, crisis migratoria y terrorismo, y estas declaraciones operan sobre una realidad en la que el presidente galo por ahora hace equilibrio.

Es un hombre de los mercados financieros y defiende la globalización, un globalista que sabe que el mundo desarrollado tiene una grieta lo suficientemente grande como para permitirle ser presidente. Lo dice, lo asume, declara con dureza cuando se refiere al terrorismo, muestra sensibilidad y compromiso con los refugiados pero sostiene la reforma laboral que tanta resistencia generó en los sindicatos. Otro ejemplo de la amplitud discursiva del joven presidente se expresa en la crítica a la intervención francesa en Libia, dado que produjo un Estado fallido que derivó en la actual crisis migratoria y el desarrollo del extremismo. Y al mismo tiempo, promete accionar en Siria si se confirma que el gobierno de Bashar Al Assad utiliza armas químicas contra la población civil o, según sus propias palabras, “si cruza la línea roja”.

“¿Cree que puedo explicar a las clases medias francesas que las empresas cierran en Francia para ir a Polonia porque es más barato y que en Francia nuestras empresas de la construcción contratan a polacos porque se les paga menos? Este sistema no funciona”, fue otra de las frases que dejó Macron en la entrevista al citado medio español. Entonces, en el plano interno, propone defender las libertades individuales y entiende que la dinámica productiva está perjudicando al asalariado francés pero avanza con una reforma que flexibiliza el trabajo y empobrece a sectores medios y bajos.

En términos globales, puso el grito en el cielo cuando Estados Unidos se retiró del Acuerdo de París, se definió como europeísta defensor del Medio Ambiente y, rápidamente, logró un entendimiento con la canciller alemana Angela Merkel en el esquema institucional europeo. Es que Macron es un emergente de la globalización. Hijo de una pareja de médicos, estudió en las más prestigiosas academias de Francia y, en 2004, se graduó como inspector de Finanzas en la Escuela Nacional de Administración (ENA), la casa de altos estudios de la clase política francesa.

También estudió Ciencia Política en el Instituto de Estudios Políticos de París y Filosofía en la Universidad de París-Nanterre, donde llegó a convertirse a los 25 años en asistente del reconocido filósofo Paul Ricoeur.

Ya recibido, comenzó a trabajar como banquero de inversión en Rothschild & Cie, en la que estuvo a cargo de un gran acuerdo entre las transnacionales Nestlé y Pfizer.

En 2014, fue ministro de Economía de Francois Hollande. Desde allí hizo de nexo entre el presidente socialista y las grandes corporaciones. Dos años después, decidió abandonar el gobierno y formar su propia fuerza política, sin representación parlamentaria y despojada de todo símbolo relacionado con los partidos políticos tradicionales.

No obstante, las gestualidades alcanzaron para lograr altos niveles de aprobación. Apelar a la paridad de género a la hora de conformar su gabinete en un mundo dominado por el patriarcado no es un dato menor. En esto, fue tendencia, sin dudas.

Macron ha demostrado cintura para declarar, ha logrado construir puentes con aliados o adversarios como Vladimir Putin, a quien recibió pocos días después de haber asumido. Es pronto para pensar si los franceses están frente a un nuevo liderazgo, especialmente porque aún no ha tomado ninguna decisión trascendental. Tal vez, su principal desafió es demostrar que Marine Le Pen se equivocó cuando dijo que él es un represente más de la oligarquía y que la verdadera Jefa de Estado de Francia es Merkel.

Es bohemio y le gusta la literatura, un adinerado con mundo que pretende ser exponente de algo nuevo, un tipo de globalismo con conciencia social que aún no se sabe si existe. Por lo pronto, no llega ni a liberal progresista, cuya única especie viva es el primer ministro de Canadá, Justin Trudeau, algo tan extraño como encontrar un Panda en la 9 de julio.

Macron parece, al fin, un joven con marketing, carisma y buen diagnóstico de la situación que disfruta de su momento y aguarda para empezar a mover las fichas de un tablero demasiado convulsionado como para mantenerse al margen.