A un año de la detención de Milagro Sala, un itinerario sucinto sobre el ideario que anima la persecución política, la represión y el racismo de Cambiemos.

Por Pablo Dipierri

El billete de 100 pesos que no sucumbió al papel moneda que le puso la parda con el rostro de Eva Perón es la síntesis de la Argentina actual. El óleo del pintor uruguayo Juan Manuel Blanes, trabajo por encargo del gobierno de Miguel Juárez Celman al cumplirse 10 años del exterminio de las comunidades originarias, representa una serie de fotografías tomadas el 24 de mayo de 1879 por el italiano Antonio Pozzo, en pleno avance militar de Julio Argentino Roca sobre los indios.

Casi 120 años después, la pintura no pierde vigencia y se reactualiza con matices y nuevos actores. Tanto la represión dispuesta por el Estado nacional contra los mapuches en Neuquén para garantía de los negocios de Loui Benetton como la detención ilegal en Jujuy de la diputada parlasureña y líder de la Tupac Amaru, Milagro Sala, constituyen el anverso y reverso de los textos que acuñaron las oligarquías de fines del siglo XIX en América latina, cuando el positivismo echaba raíces y la expansión capitalista empujaba la frontera productiva de cada país más allá de los territorios que la colonia legaba a las élites locales.

Basta un repaso del ideario que animaba los espasmos civilizatorios de entonces para una comprensión más acabada de las pulsiones de la Alianza Cambiemos. En definitiva, lo que antes se fundamentaba en los periódicos facciosos y se concretaba a punta de fusiles Remington ahora se pergeña con despachos judiciales inconstitucionales, se cimenta con una catarata de basura informativa vertida desde propaladoras mediáticas y, si cupiere, se tatúa con plomo a balazos limpios con el mismo objetivo: la eliminación de cualquier obstáculo que amenace la fluidez o el sosiego que atraiga las mentadas inversiones. Hay cosas que nunca cambian.

DUG WARRENVolver al futuro

El 16 de enero de 2016 tal vez no emergía con claridad para la mayoría de la sociedad, mareada por el mambo televisivo y el bartoleo de noticias tan imprecisas como falsas, lo que farfullarían posteriormente el ex senador radical Ernesto Sanz, actual administrador de la Posada La Matera en San Rafael de Mendoza, y el gobernador jujeño Gerardo Morales. Al ex titular de la UCR, distraído en el rubro hotelero junto a su esposa en un emprendimiento de seis habitaciones, se le escapó que Morales no hubiera podido gobernar con Sala en libertad cuando avaló su encarcelamiento. El mandatario provincial, por su parte, confesó que revelaría paso a paso todas las causas en las que estaba involucrada la dirigente, en un reportaje concedido a Página 12 en mayo pasado.

De las acusaciones de violencia y corrupción que se voceaban como diatriba pública no hubo jamás una prueba pero el hecho de que las cooperativas de la Tupac Amaru ocuparan el tercer puesto como empleadoras de la provincia, después del propio Estado y el Ingenio Ledesma, explica la saña y el veneno revanchistas de las instituciones jujeñas. Carne de cañón desde siempre, Sala sabía la que se venía: “Morales me va a meter presa”, le dijo a revista Anfibia luego de que el radicalismo ganara la provincia en alianza con el PJ.

Y es que una cosa es la amarga estima del macrismo por el cacique Félix Díaz y los Qom, deglutida por los mismos que manifiestan su querencia con la acritud de quien traga una cucharada de moco, y otra muy distinta sería la asunción franca y abierta de la construcción de poder político en democracia. Así, Sala en el norte, los mapuches en el sur y hasta los manteros de Once son el síntoma de un sistema que supura por todas partes pero barre la basura ya no bajo la alfombra sino a la vista de todos, multiplicándose por miles de clicks en botones de “Me Gusta” o “Compartir” y volviéndose visible, incluso, allende la insistencia que los ciudadanos pongan en scrollear con el teléfono celular o zappear con la TV.

Nadie alega, hoy día, ignorancia sobre los acontecimientos que trascienden cualquier apagón informativo. Sin embargo, el adormecimiento prevalece.

La anestesia va ganando, con el narcótico consenso sobre argumentos de sentido común extendidos hasta la náusea desde el fondo de los tiempos. Tal como consigna David Viñas en su libro “Indios, Ejército y Frontera”, el diario La Libertad de México, cuyo lema fue “Orden y Progreso” a partir de 1872, apoyaba las gestiones de Porfirio Díaz contra los indios, acusándolos de “comunistas” o provocadores de “trastornos al orden público”. Ya en 1885, el presidente guatemalteco Justo Rufino Barrios pugnaba por que los predios de los antiguos pobladores entraran en el circuito mercantil, para atraer “capitales extranjeros y favorecer grandes corrientes de inmigración de personas honestas, inteligentes y trabajadoras”. Nicolás de Piérola en Perú, Domingo Santa María y José Manuel Balmaceda en Chile, Floriano Peixoto en Brasil y Antonio Guzmán Blanco en Venezuela son algunas de las figuras que, según Viñas, completarían el álbum de los impulsores del “genocidio positivista”.

La expedición de Roca, en ese contexto, adquiere una significación más densa: de la zanja de Alsina, que no frenaba los malones que saqueaban pueblos bonaerenses, a la conquista de un territorio que estaba vendido antes de que lo desmalezaran a cañonazos. Calfucurá o Pincén eran equivalentes, en ese esquema de pensamiento, al Chacho Peñaloza o el mariscal paraguayo Francisco Solano López y, por eso, el aniquilamiento en la Patagonia clausura el ciclo abierto por Bartolomé Mitre en la Guerra de la Triple Alianza y el enfrentamiento contra los caudillos en aras de la consolidación de un poder centralizado.

Como la de los ranqueles, la organización popular que conduce Sala en Jujuy no se somete a los designios de un mercado que precisa a todos sus miembros disponibles para servir en condiciones de cuasi esclavitud. El problema del establishment, en consecuencia, sigue siendo la persistencia de los malones: aún cuando muten las formas, cada círculo rojo cincela su propio enemigo social, sea el de los gauchos y los montoneros entre la independencia y la conformación nacional, los anarquistas o sindicalistas revolucionarios de principios de siglo XX, los peronistas en su apogeo o su resistencia, la guerrilla de los 70’, los piqueteros de los 90’ o los inmigrantes, ahora y siempre.

El rostro de Sala es, para el gobierno de Mauricio Macri, algo más que el objeto de su desprecio bajo la “marca de barbarie” que le propinan. Esa foto suya que se viraliza, esas cartas con su firma que trascienden barrotes y los pronunciamientos de juristas probos son excursus, también, de que el tiro puede salir por la culata. Hasta lo rezongó el periodista Eduardo Van der Kooy en Clarín el último 12 de enero, cuando concluyó que “la detención de la piquetera es un conflicto que va permeando toda la política”.

La pregunta sería hasta dónde llegará el positivismo macrista, sin que algún caudillo refunde su cacicazgo en un nuevo malón.