Por Augusto Taglioni

Especial para Kamchatka desde Mar del Plata

A diferencia de sus adversarios, Cristina Fernández de Kirchner no eligió territorio amigo para el lanzamiento formal de su campaña. Hostil para el peronismo, Mar del Plata fue gobernada por radicales, liberales y vecinalistas desde el advenimiento de la democracia. Antes, socialistas como Teodoro Bronzini, Jorge Lombardo y Luis Fabrizio.

Sin embargo, la ciudad también fue epicentro del odio antiperonista en 1955 cuando los bombardeos a Plaza de Mayo se trasladaron al puerto local y derrocaron al peronista José Antonio Cavallo. Antes que él, en representación del Partido Justicialista estuvieron al frente de la intendencia Juan José Pereda (1948-1950) y Olegario Olazar (1952-1953). No en vano fue la sede de la movilidad social ascendente del peronismo con el turismo sindical que derivó en la denominación de “Ciudad Feliz”.

En 2015, Mar del Plata votó masivamente al presidente Mauricio Macri, la gobernadora María Eugenia Vidal y el alcalde Carlos Arroyo, acreedor de antecedentes fascistas, negacionista con los crímenes del terrorismo de estado y, por sobre todas las cosas, dueño de dos años de absoluta desidia en la conducción del Estado municipal. Casi 20 renuncias en el gabinete en el primer año de gestión, con divisiones entre radicales y PRO, y la imposibilidad de salirse del ojo de la tormenta dentro del propio Cambiemos.

La capital de los índices terribles

La pregunta fue por qué CFK eligió este lugar para el puntapié inicial. El 10,4 por ciento de desocupación, el 20 por ciento de desempleo juvenil, las 179.000 personas que habitan hogares pobres y los 43.000 indigentes son algunas de las cifras que se le suman a una crisis profunda en el sector hotelero y turístico, gracias al recorte de los feriados puente y un puerto paralizado y muy cerca de estallar por los aires. Con su estrategia anclada en la crítica económica, la ex Jefa de Estado optó por Mar del Plata debido a esta realidad. Siendo un territorio adverso para el kirchnerismo, continuó con su método ciudadano como base de la campaña electoral: un peón de taxi, una costurera, un vendedor de neumáticos, una filetera y un empresario textil fueron las voces elegidas por Unidad Ciudadana.

Cristina concentró toda la expectativa previa como si fuera una estrella de rock, ingresó y se despidió como tal. Una vez arriba del escenario, pivoteó, micrófono en mano, entre los testimonios de las víctimas del ajuste. El formato Sarandí, adaptado a un teatro con capacidad para 1500 personas.

Habló menos de diez minutos y no hizo alusión al pasado ni tuvo retórica partidaria. Pidió “un voto en defensa propia” que, sin decirlo, es un voto a ella en un acto que estuvo despojado de liturgia peronista y banderas, y se cambió la marcha peronista por el himno nacional.

La dirigencia fue mera observadora. En los asientos, todos valían lo mismo y la ubicación fue por orden de llegada. La postal era un concejal local al lado de dirigentes como Edgardo Depetri o Carlos Castagneto, en el mismo orden de importancia que artistas locales o representantes de instituciones del tercer sector. Todos entraron y salieron por el mismo lugar, sin recintos privilegiados ni nada que separara a la política de la gente.

Los pilares de esta campaña son claros. Es Cristina con los ciudadanos y el resto acompaña la estrategia, convencido de que es la manera de ampliar la base de sustento electoral. Si esto es así, no se sabrá hasta el 14 de agosto, con el resultado puesto sobre la mesa.

Amor callejero

El único antecedente reciente que pueda equiparar la expectativa puesta en la llegada de la primera candidata a senadora por Unidad Ciudadana fue la Cumbre de las Américas y el recordado acto en el que Hugo Chávez “enterró el ALCA” en el estadio José María Minella. Sin el operativo de seguridad de aquel evento, la presentación formal de una lista de candidatos generó una ansiedad similar a un recital de rock o la previa de un Boca-River. Toda la semana, los medios locales lo tuvieron en agenda. El hermetismo frente a la confirmación del lugar donde se realizaría la presentación se expresó con enojo por parte de aquellos que querían asistir para escucharla a “Ella”. Claro, se sabía que un teatro no era un lugar lo suficientemente grande como albergar a todos. Y así fue.

Pantalla gigante, choripanes, hamburguesas, vendedores que viajaron desde Santa Fé y Capital Federal para hacer negocios con el merchandesing, aprovechar el contexto y hacerse el mango. También, del lado del prejuicio, un importante local de ropa ubicado en la esquina de San Luis y San Martín decidió sacar las zapatillas y la indumentaria deportiva de la vidriera… por si a alguno de los presentes se le pasaba por la cabeza romper la vidriera para llevarse todo. Una imbecilidad.

La ausencia de liturgia en el teatro se compensó con el clima externo que, al grito de “vamos a volver”, vivió con mucha intensidad la presencia del amplio abanico kirchnerista que va desde “el cadete”, personaje que interpreta Pedro Rosemblat en C5N para el programa de Roberto Navarro, hasta Axel Kicillof o Verónica Magario. Todos se llevaron una foto, un abrazo, un beso.

Cristina se construye como la única capaz de parar a Macri y, a juzgar por los ejes discursivos utilizados por Sergio Massa y Florencio Randazzo, parece que lo está logrando, dado que para subir escalones ellos tienen que hablar de Macri… y también de Cristina.

Ser la centralidad puede ser una ventaja, pero también un riesgo. La ex presidenta se juega todo su capital político en un contexto de fuerte disputa del peronismo. Cristina volvió a Mar del Plata después de 1648 días en un hecho político del que todavía se está hablando.

El kirchnerismo parece estar convencido, en este proceso de renovación interna, que la comunicación política se impuso a la política tradicional. No es la primera vez que se enamora de un método y se lo repite hasta el cansancio. Esto es peligroso, si se contemplan los antecedentes de 6,7,8 y  Unidos y Organizados, por citar dos ejemplos de buenas decisiones que se convirtieron en recipientes inconducentes. Para determinar el éxito de la política, habrá que esperar los resultados.

Mar del Plata, la ciudad en la que su intendente dijo tener un plan que no iba revelar para que no se lo roben, no pegó un afiche y optó por el silencio como estrategia electoral. Alojó decenas de miles de ciudadanos dispuestos a salir de una parálisis que la torna insostenible.