Foto: Ezequiel Pontoriero

El dictamen de prisión preventiva labrado por Bonadío contra CFK abrió un laberinto de interpretaciones. Frenesí de lecturas después de una jornada agitada, en la saga de hitos que refuerzan el estado de excepción desde que Cambiemos llegó al poder.

Por Pablo Dipierri

La senadora Cristina Fernández de Kirchner apuntó directamente contra el presidente Mauricio Macri, luego de que el juez Claudio Bonadío pidiera al Congreso su desafuero y le dictara prisión preventiva por –improcedente, antes que presunta- “traición a la patria” a raíz del memorándum de entendimiento con Irán para el esclarecimiento del atentado a la AMIA. Basada en la suspensión de las garantías constitucionales que rige en el país desde que asumió Cambiemos, la ex jefa de Estado responsabilizó a su sucesor por la persecución a dirigentes sociales, sindicales y políticos, advirtió que no la harán callar y llamó a una “reacción serena” contra el desquicio judicial y político.

Sin embargo, la noticia propalada desde Comodoro Py cayó, según fuentes consultadas por Kamchatka, como un baldazo de agua fría en Casa Rosada. El ataque directo contra la acreedora de 3,5 millones de votos en Provincia de Buenos Aires y un porcentaje de fervorosa adhesión en el resto del país reaviva el ardor y la pasión militantes, en un contexto de cierto desparramo popular y desazón colectiva para ese sector. El ala política del Gobierno lo sabe.

Contra esa hipótesis, dentro del kirchnerismo abundan los que especulan que, a pesar de los múltiples patrones a los que responde Bonadío, la estocada jurídica busca el amedrentamiento de los opositores en la semana en que trascendió que al oficialismo no le alcanzan las voluntades para la aprobación en Diputados de las reformas laboral y previsional. “Es un apriete con el que demuestran que pueden ir por cualquiera que no se cuadre”, resumía por la tarde un dirigente gremial.

La carta que difundió más tarde el jefe de Gabinete, Marcos Peña, abona esa perspectiva por el desparpajo y el cinismo de sus palabras. “El procesamiento de la ex-presidente es un tema estrictamente judicial”, atisbó el premier, y subrayó la necesidad de “una investigación muy bien hecha”.

Además, le contestó a Fernández de Kirchner cuando sostuvo que “más allá de las acusaciones, los argentinos conocen al presidente Mauricio Macri y saben que no vino a manipular la Justicia, sino que vino para ayudar a que crezca nuestro país y fortalecer nuestro marco institucional”. El cierre del escueto comunicado no se priva de chicanas: “Tenemos que acostumbrarnos a vivir en un país en que todos somos iguales bajo la Ley y curar la desconfianza con las instituciones”.

De ahí la reacción espontánea e inorgánica de miles de personas que lanzaron una convocatoria a Plaza de Mayo en defensa de la ex presidenta. Desde la mañana, comenzaron a circular mensajes por Facebook y Whatsapp en ese sentido y los líderes o representantes de distintas corrientes políticas tuvieron que pronunciarse para que no se desborde la situación: el secretario general de ATE-Capital, Daniel Catalano, anunció que saldría de la toma del Enacom, donde el macrismo tramita cientos de despidos por estas horas, a las 14; la Tupac Amaru promovía similar apelación para las 16; la CTEP lo hacía para las 19 y todas coincidían con una nueva edición de la Marcha de la Resistencia que realizan históricamente las Madres de Plaza de Mayo.

La confluencia no fue de las más nutridas pero nadie quería ausentarse. La urgencia conspiraba contra las posibilidades de una congregación multitudinaria y la situación exigía una manifestación que expresara la angustia de miles ante la persecución a la líder opositora y las detenciones o citaciones a referentes de su espacio, que van desde Luis D’Elía o el ex secretario de Legal y Técnica, Carlos Zannini, hasta el diputado y secretario general de La Cámpora, Andrés Larroque.

Lo que preocupa por estos días es que, ante la asfixia y el estrangulamiento institucional perpetrados por Macri, diversos sectores de la sociedad empiecen a explorar caminos que trasciendan los alicaídos y debilitados canales representativos. Los más curtidos en batalla agitan los estandartes de la paciencia y la calma sin perder la firmeza ideológica porque entienden que el gobierno está dispuesto a dar respuestas represivas cada vez más salvajes. Por lo bajo, sindicalistas y renombrados legisladores o ex funcionarios coinciden en una frase lapidaria sobre el corte de clase de quien “pone los muertos”. Paradójicamente, se animaron a verbalizarlo los Curas de la Opción por los Pobres, con una misiva que reza: “esto puede generar una peligrosa escalada de violencia”.

Efectividades conducentes

El repudio social a las resoluciones de Bonadío fue más variopinto que el respaldo político a la ex mandataria. En Plaza de Mayo, se vieron voluminosas columnas de la izquierda, cuya confluencia fue bien recibida por las agrupaciones kirchneristas, pero en el Congreso, donde CFK encabezó una conferencia de prensa, las presencias fueron menos diversas y el clima fue más tenso entre las distintas facciones peronistas.

Así, la legisladora porteña Myriam Bregman tuiteó que “el memorándum fue votado por el Congreso” y, por ende, “no es una medida judiciable”. Fuentes del ex Concejo Deliberante resaltan que cuando las huestes del Pro silbaron a la diputada durante su propia jura de asunción, los que contrarrestaron la bulla amarilla fueron, justamente, los partidarios de Unidad Porteña.

Y la contracara se podría graficar con los mensajes de WhatsApp que cruzó un diputado kirchnerista con un senador que responde a Miguel Angel Pichetto. “Ustedes deben estar festejando”, golpeó el primero. “Nosotros no vamos a hacer como hicieron ustedes con De Vido”, retrucó el segundo. La presencia del edil chubutense Mario Pais, comandado por el petardeado senador rionegrino, durante la exposición de Fernández de Kirchner en el salón de la Presidencia del bloque de diputados de Unidad Ciudadana valdría como módica comprobación empírica.

El frenesí de las interpretaciones, por otra parte, aceleraba los corazones y cada lectura traía sus propios condimentos. Al interior del macrismo, cundía el temor a que empezara a achacárseles el síndrome de Fernando de la Rúa, mientras que uno de los contendientes en la refriega por el sello de la UCR le dijo a esta revista: “no queremos que vaya presa así”.

El legislador Gustavo Vera introdujo la mirada conspirativa que circula en reductos militantes. “Las detenciones de hoy y el proceso a (Daniel) Rafecas son todos a pedir de (Donald) Trump y (Benjamin) Netanyahu luego de la provocación en Jerusalén, una sucursal del imperio con (Jaime) Stiuso de comisario”, posteó en Facebook el diputado al que se le atribuye amistad con el Papa Francisco, y unas horas después tuiteó: “aparentan fortaleza para tapar su tremenda debilidad”.

Bajo el mismo enfoque que Vera, no son pocos los que miran a Estados Unidos por el reconocimiento de Jerusalén como capital israelí y meten en ese paquete la persecución del juez Sergio Moro en Brasil contra Lula Da Silva o el bochornoso proceso electoral en Honduras, donde ganaba una fuerza integrada por Mel Zelaya, se interrumpió el escrutinio y se dio vuelta el resultado pero la información traspasa fronteras con cuentagotas. “Esto obedece al ordenamiento geopolítico general y Bonadío cumple con los deberes de la embajada norteamericana”, conjeturaba un profesor de Derecho tras la compleja jornada de ayer.

En definitiva, Cambiemos se impuso por 5 puntos de diferencia en los comicios bonaerenses de octubre pasado y, si el poder nunca es total, la hegemonía macrista está todavía lejos de consolidarse. Apelando al amedrentamiento para la sanción de leyes bravas con los vulnerables o acatando órdenes imperiales, el gobierno actúa en un escenario que presenta una disputa abierta y los que van perdiendo permanecen de pie.