El aparato de inteligencia bajo la égida de Cambiemos.

Por Carlos Romero

Era enero de 2015 y Mar del Plata ardía de turistas y políticos. El FPV sacaba de gira a su media docena de precandidatos, con Daniel Scioli en punta y en riña eterna con su partido. En el principal centro vacacional del país, los hombres de traje se paseaban en ojotas. Sergio Massa, tercero incómodo, y Mauricio Macri, todavía como un imposible, completaban el cuadro de aspirantes a suceder a Cristina Fernández. Todo parecía fluir sobre la arena, pero debajo se agitaba el fango. La noche del domingo 18 de enero, el yet-set local daba una fiesta en el subsuelo del Torreón del Monje. Era el cumpleaños de Fede Bal y había un público surtido: grandes valores, caritas en ascenso, facilitadores de distinta índole, invitados NN y una parva de periodistas. Ya en la madrugada del lunes, dos cosas ocurrieron entre la relajación de los VIPS: Fede y Barbie Velez avanzaron unos casilleros en lo que pronto sería un noviazgo tormentoso, y los invitados tuvieron la primicia de la muerte de Alberto Nisman.

Lo reveló un camarógrafo de Crónica TV: “Che, encontraron a Nisman con un tiro en la cabeza”. “Me jodés”, le respondió, apurando la copa, el enviado de un diario. Alguien que pasaba los escuchó y lo hizo público, al grito de “¡hijos de puta, mataron a Neisman!”. La pronunciación fue libre, pero el razonamiento se impondría. Estaba saliendo el sol y, de un balazo en Puerto Madero, se clausuraba la campaña de verano. En medio de sombrillas y cuerpos bronceados, el rostro más turbio del Estado se mostraba en sociedad. Comenzaba así la temporada de los espías.

Cuchillo sin mango

Si los servicios de inteligencia siempre fueron un arma de doble filo para el mundo de la política, con la llegada de Macri a la Casa Rosada ese cuchillo perdió el mango. El PRO lo fue aprendiendo sobre la marcha, después de amagar una cosa y hacer otra. Como atenuante, en este caso la herencia sí fue pesada. La ex SIDE venía desbocada, fruto del affaire Nisman, cuando Horacio Stiuso, el jefe de los espías, operó a cara descubierta y desde la Justicia y la portada de los diarios contra el mismo gobierno que, tiempo atrás, le había permitido acceder a grandes niveles de poder. Luego de un primer momento en que la Secretaría gozó de autocontrol, gracias al mando que Néstor Kirchner delegó en la figura ordenadora de Stiuso, la relación comenzó a desgastarse, se tensó con la muerte del santacruceño y terminó de colapsar en el tramo final del mandato de Cristina, cuando la ex presidenta jugó fichas en la interna del organismo en la figura de Fernando Pocino y buscó un contrapeso externo en el aparato del Ejército a cargo del jefe militar César Milani.

Es cierto: Macri recibió esa “papa caliente” –que, en su hervor, había sido determinante para esmerilar al FPV en las urnas– pero aplicó una serie de decisiones que, lejos de resolver el caos, le sumaron ruido. Hoy, la Agencia Federal de Inteligencia (AFI) es un rompecabezas de facciones en pugna, con civiles, policías y militares pulseando por ocupar espacios. Al igual que en otras áreas, el plan del gobierno luce como una peligrosa mezcla de regreso al viejo orden más una renovación al estilo CEO. El resultado puede resumirse en la figura de un “stiusismo sin Stiuso”, y sus efectos son múltiples.

“Desde el ‘99 que vengo todos los días a Tribunales y nunca como en este último año vi una influencia tan directa de la operación política tolerada desde el propio Poder Judicial”, relató Néstor Espósito, periodista acreditado de la agencia DyN, columnista en radio Del Plata e integrante de la cooperativa Tiempo Argentino.

Ya no existe la injerencia que, a las apuradas, el FPV quiso imponer a partir de diciembre de 2014, con la intervención autodidacta de Oscar Parrilli y, un mes después, la disolución de lo que era la Secretaría de Inteligencia (SI) y la creación de la AFI. El PRO tampoco cuenta con un interlocutor “nacido y criado”, capaz de cerrar acuerdos hacia afuera y fijar normas de convivencia puertas adentro. Sin embargo, decidió restituir a los espías las cuotas de poder que habían perdido en la disputa con Cristina. Lejos de mejorar la relación con el Ejecutivo, este libre albedrío estimuló la ambición en agentes más acostumbrados a trabajar para sí mismos que en seguir los presupuestos mínimos de la función pública.

Marcelo Sain, experto en políticas de seguridad, afirmó que “lo que hay es un híbrido, una suerte de restauración conservadora de la vieja inteligencia estatal pero endeble, incompleta”, por carecer el gobierno de “los actores competentes”. Para Sain, que supo conducir la Policía de Seguridad Aeroportuaria (PSA), “hoy la AFI es una suerte de organismo fragmentado, donde cada fracción controla una porción muy exigua. Hay sectores militares y de agentes ‘plumas’, es decir, de la Policía Federal, que ahora manejan áreas enteras”. También advierte que “existe una enorme debilidad en materia de recolección de información y no hay ningún analista para trabajar los temas que, por lo menos legalmente, deberían hacerse, que es la producción de inteligencia en lo defensivo militar y en criminalidad compleja”. El especialista incluso destacó que “ni siquiera a través de la AFI se maneja hoy la relación con Comodoro Py”. El resultado “es un organismo que está en condiciones de generarle más problemas al macrismo que traerle beneficios”.

El escándalo con el ex carapintada y director de Aduanas, Juan José Gómez Centurión, puso en evidencia esta situación. El militar retirado había sido desplazado luego de aparecer en una serie de escuchas telefónicas que llegaron a manos de la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, y Macri en persona tuvo que salir a rescatarlo. Nada fue casual. La aduana de Ezeiza es uno de los cotos más lucrativos de la ex SIDE y Gómez Centurión es un hombre de gran predicamento sobre el presidente en temas de inteligencia. Hasta podría haber dirigido la AFI si no fuera porque los socios radicales no olvidan que se levantó contra la democracia durante el alfonsinismo.

El anillo de Sauron

En el borrador de gobierno esbozado por el PRO había un reglón dedicado a la AFI. Siguiendo el consejo de Jaime Duran Barba, la propuesta era desmantelarla. Para el gurú ecuatoriano, la Agencia era tan insalvable como peligrosa, y Macri hasta se ponía como ejemplo, en referencia a la causa por las escuchas ilegales en la Ciudad, que lo tuvo procesado junto a parte de su antiguo gabinete. Víctima o usuario que jugó con fuego, el presidente desconfiaba. Sin embargo, una vez victorioso, cambió de parecer. Como el susurrante anillo de Sauron, la oferta de los espías parece imposible de resistir.

Para el periodista e investigador Ricardo Ragendorfer, “en el mundo, y fundamentalmente a partir de fines del siglo XIX, los servicios de inteligencia fueron, son y serán la cloaca del Estado”. Ragendorfer, que acaba de publicar el libro “Los Doblados”, sobre el papel del Batallón 601 de Inteligencia en el golpe del ’76, consideró que “en Argentina los servicios fueron siempre un problema y una de las deudas que tiene la democracia con la sociedad y con la historia misma, porque no fueron democratizados, en especial la SIDE”.

En esa línea se inscriben los decretos con los que Macri revirtió las reformas impulsadas por Cristina en su guerra abierta con Stiuso, cuando el FPV le dio a las tareas de inteligencia un marco regulatorio sin antecedentes. Entre otros puntos, gracias a la Ley 27.126 y al decreto reglamentario 1311/15, se establecieron mecanismos de transparencia para el uso del dinero –algo inédito en un cuerpo forjado en la opacidad contable– y el estratégico sistema de escuchas telefónicas fue traspasado al Ministerio Público Fiscal. De esta manera, los agentes perdían sus dos únicos talentos reconocidos: los fondos reservados –que sólo quedaban en pie para casos de excepción– y el usufructo de las “pinchaduras”. Lo primero significaba el fin de una forma de hacer negocios, y lo segundo afectaba al principal recurso en el arte del espionaje político y la composición sui generis de causas en tándem con la Justicia.

Todo eso fue barrido por el decreto 656/16 de junio pasado, que sin mayores argumentos repuso el velo del secreto sobre la AFI, habilitando gastos reservados por $1.450 millones. Para el presupuesto 2017 esa caja blindada a los controles engordará en $ 355 millones. Con ese aumento del 24,5 % la Agencia le va a ganar a la inflación del 17 % que pronostica la Rosada. También presionan para que la misma “reparación” se dé con las escuchas. Por lo pronto, con un DNU Macri se las sacó a la procuradora Alejandra Gils Carbó y las transfirió a la Corte Suprema, en otro gesto de empatía con el tribunal que encabeza Ricardo Lorenzetti.

“Frente a los corcoveos del último tramo de la gestión de Cristina con la SIDE, Macri trató de volver en el tiempo, como si su presencia hubiese desencadenando un proceso de contrarreforma, por el cual los espías recobraron los atributos que tenían en sus peores épocas”, planteó Ragendorfer.

Sain reseñó que “la inteligencia estatal, desde el alfonsinismo en adelante, desempeñó para todos los gobiernos cuatro funciones fundamentales”. Una es “el espionaje político, que en algunas coyunturas fue direccionado a la oposición y en otros hacia el propio interior del oficialismo”. La segunda tarea “tiene que ver con la manipulación e influencia sobre la justicia Penal, que es relevante para el gobierno federal en la medida que lleva las causas que comprometen hechos de corrupción”. En ese punto, Sain opinó que “la gran diferencia del kirchnerismo respecto de sus predecesores estuvo en que Néstor le dio el manejo de ese rol a Stiuso, mientras que el menemismo o la Alianza lo hicieron con cuadros políticos o sectores de tribunales que les respondían”. Una tercera función surge de “la paulatina conversión de ciertas secciones de la SIDE a una suerte de policía secreta, pero en función de desarrollar actividades en el marco de causas, generalmente llevadas adelante por jueces y fiscales de la nómina del organismo”, a pesar de que, “como tal, esto está prohibido”. Por último, sirven como pata local de la CIA en materia de terrorismo y de la DEA en cuanto al narcotráfico.

Bosteros y radicales

Como pasó con casi todos los presidentes del ’83 en adelante, Macri puso a manejar los asuntos de inteligencia a un hombre de su confianza, aunque con nulos antecedente en la materia. Para elegir al director de la AFI, fue hasta su pasado en Boca y repatrió al empresario Gustavo Arribas. Radicado en Brasil y dedicado a la compra y venta de futbolistas, el principal atributo del “Negro” Arribas es ser un buen amigo.

Lo secunda Silvia Majdalani, ex diputada del PRO que por cinco años integró la silenciosa Comisión Bicameral encargada del supuesto control sobre los espías. A diferencia de Arribas, con quien lleva una relación en deterioro, la número dos tiene otro feeling con el mundo del espionaje. De trato fluido con su antecesor, Francisco “Paco” Larcher, y cercana al consejero y contratista presidencial Nicolás Caputo, la “Turca” aparece como garante de los códigos de la casa, tanto que cuando Gómez Centurión cayó en desgracia muchos miraron para su lado.

Ante las emboscadas recurrentes que le tendieron sus dirigidos, Arribas puso en marcha una renovación forzada del staff de 1700 empleados con que cuenta la AFI. Luego de echar o jubilar a 560, de los cuales muchos –pero no todos– habían llegado con el FPV, el director nombró a un número similar de tropa propia, con fojas de servicios donde abunda el paso por la Federal y la Bonaerense. Este recambio, que ya alcanzó a un tercio del personal, seguirá a un ritmo de un centenar de agentes por año.

El Negro también creó un área de Asuntos Internos, con la intención de evitar filtraciones, e implementó el detector de mentiras para perseguir a los díscolos. Rescatado de una novela de Raymond Chandler, el polígrafo sería obligatorio en los ingresantes y opcional para los históricos. Arribas hasta se metió en los programas de la Escuela Nacional de Inteligencia, y a los clásicos vínculos con la CIA y el Mossad israelí, le sumó un acercamiento a sus pares colombianos y peruanos.

Este despliegue y los aires de modernidad chocan de frente con el regreso de viejos pesos pesados de la SIDE. No se lo ve a Stiuso, que se habría quemado en la batalla, pero sí está su entorno, ya sea con cargos o desde de las sombras, que para el caso resulta lo mismo. En ese bando aparece Juan José Gallea, designado secretario de Finanzas de la AFI, como antes lo había sido con la Alianza, y que en los últimos años se ocupó de administrar el dinero de Sergio Szpolski en el hoy desmantelado Grupo Veintitrés. También de cuña radical, el abogado Darío Richarte, segundo de la SIDE con Fernando de la Rúa, es otra de las voces influyentes, al igual que el binguero y mandamás de Boca, Daniel Angelici, destacado operador del Ejecutivo en el fuero federal. En el club de la ribera, Richarte es vice tercero del “Tano” Angelici, que además logró colocar al frente de los asuntos jurídicos de la Agencia a uno de sus protegidos: Sebastián De Stefano, ex consejero de la Magistratura en la Ciudad. Todos ellos aparecen bajo el ala del inoxidable Enrique “Coti” Nosiglia, ex ministro del Interior de Raúl Alfonsín y terminal de muchas de las líneas del poder real en la Argentina.

En definitiva, son los mismos que dieron y ganaron la pelea final cuando se rompieron los acuerdos con el kirchnerismo y que ahora volvieron a buscar el premio.