Al cierre de esta edición, el juez Sebastián Casanello disponía la detención del empresario Lázaro Báez, bajo el aullido de la jauría mediática, pero también caía bajo su responsabilidad la imputación del fiscal Federico Delgado contra el presidente Mauricio Macri por su participación en sociedades Offshore, revelada por la filtración mundial de los Panamá Papers. Los agoreros ya vaticinaban hervores para el día de la declaración indagatoria de la ex jefa de Estado, Cristina Fernández de Kirchner, ante el magistrado Claudio Bonadío por la causa que investiga la venta de dólares a futuro pero ninguno imaginó que la cocina de todos los hogares argentinos se convertiría en una emisión de Intratables, el programa televisivo que conduce Santiago del Moro por América TV.

En ese contexto, la Comunidad del Anillo se sumió en un cabildeo interno mientras todos los púberes con pretensiones de disputar los centros de estudiantes en la comarca seguían manchándose con mayonesa las remeras que compraban en las plazas de Resistiendo con Aguante. Veterano de mil batallas, el Gandalf sanjuanino mandó a los cuatro hobbits para que crucen los bosques más densos, sin más pertrechos que el compromiso, mientras el silencio y la distancia de los elfos más fuertes desconcertaba a la mayoría.

Los orcos siempre fueron voraces y feroces. Y aunque nadie ignoraba sus atributos ni su naturaleza, los amigos de Légolas y Aragorn se pasaron el verano escondidos en Twitter y discutían con mensajes de audio por WhatsApp.

Para colmo, los magos barbados pero sin barita y los taberneros de boina blanca coincidían en una defensa enfática de la inmanencia del peronismo, para que los enanos y los medianos se quedaran afuera. Como si la intemperie se los sirviera en bandeja a Smeagol y sin conchabos en ningún pueblo, sucumbieran ante las tentaciones.

Pero Frodo y Samsagaz se entienden mejor que José Ottavis y Vicky Xipolitakis. Y en cada mano que se jugaron contra el destino, ninguna se fueron al mazo… aun cuando no supieran mentir y perdieran el envido contra una jardinera o desperdiciaran un ancho por no hacer primera.

Así, sobrevivieron durante meses lejos del territorio que los nutrió. A los tumbos, aprendieron que también entre los suyos hubo desvíos, defecciones y avaros.

Al principio, lo negaron. Y se cascotearon con los piratas del abismo de Helm, donde moran las almas en pena de la patria periodística.

Con torpeza, los hobbits tiraban manotazos sin acertarle al adversario. Y las noticias que los heraldos transmitían en la comarca los ridiculizaban.

Hasta que los patoncitos de mirada profunda y melosa comprendieron que todos eran ladrones. Y que no tenían que inmolarse en Mordor por la transparencia sino por la trascendencia de lo que la comunidad, con todas sus miserias y mezquindades, había proyectado contra lo poco que sobra de la muerte.

Entonces, reivindicaron con vehemencia la musculatura fiscal del Estado pero se deliraron unos fichines, calladitos, en el contrabando por menudeo. Sólo por goce, o para burlarse con secreta delicia de los sacerdotes tributarios que nunca evitan que escapen los camellos de los reyes magos.

Mordor rugía del otro lado de la selva. Y su hedor los llamaba con persistencia, al tiempo que las vaharadas de humo nublaban el camino.

Si bien los barrios tarareaban los domingos a la tarde los estribillos de los días felices, ya no abundaban los que prometían abrazos hasta que retornen los elfos. El desánimo cundía y la honradez bíblica cooptaba familias enteras que empeñaban su esperanza en penitencia, padeciendo las sombras y los gases de los buitres.

Recién cuando el dogmatismo curtido en Facebook dio paso a la sensibilidad que los petisos de esta historia mamaron en las esquinas, Sam llevó a Frodo hasta la victoria. Porque, en el fondo, todos fabrican la epidermis de un honesto cuando se afeitan o maquillan frente al botiquín de sus hogares, día tras día, pero compran dólar blue si les conviene, pasan en rojo si llegan tarde o profesan una decencia a parquímetro, como acuñara el poeta Juan Gleman, otro hobbit de renombre.

Si el anillo es uno solo e indivisible, el problema es quién lo tiene. Y si el portador no puede calzárselo sin que se desmorone todo, más vale fundirlo en lava y empezar desde cero otra vez.

Por Willy Bordester