Por Olivia Salas

La conformación de la CGT no fue fruto de la madurez colectiva sino de la trampa que fraguaron un par de obreros socialistas. El derrocamiento de Hipólito Yrigoyen, sin duda, aceleró los pasos de fusión que venían dando los sindicalistas de la Unión Sindical Argentina (USA) y la Confederación Obrera Argentina (COA) pero no fue sencillo.

Según el historiador Hugo del Campo, el primer secretario general de la legendaria central vernácula, Luis Cerruti Costa, reveló en el Congreso Constituyente de 1936 la trama que derivó en la carísima unidad. Encargado por sus compañeros de la ex Confraternidad Ferroviaria para la reorganización del gremio Unión Tranviarios, el líder cegetista asumió también la tarea de consultar a las diversas instancias orgánicas de la COA si deseaban la confluencia con sus pares de la USA. “Como fui yo quien repartió esas boletas y también el que las recibía una vez que las llenaban los sindicatos, la Junta Central me designó a mí para realizar el escrutinio junto con un compañero que pertenecía a la misma sección”, narró seis años después, y agregó: “como el compañero tenía mucho trabajo, delegó en mí la tarea y el resultado de la votación era cero: nadie quería unirse con la ex USA”.

La viveza criolla, en definitiva, hizo el resto. “Los sindicatos decían: la unidad no se hace porque los trabajadores no quieren”, precisó Cerruti Costa, y tomó la decisión que marcaría el destino del movimiento obrero argentino para el resto del siglo, más allá de los corcoveos y reflujos: “me puse a hacer votos por mi cuenta, practiqué el escrutinio, lo dividí como correspondía y preparé un informe que todavía tengo en mi poder”. Aunque haya sido con la mano, el gol de una fracción abrió el marcador en una disputa de mayorías.

Obviamente, los comunistas pondrían el grito en el cielo, durante los días posteriores a la unidad porque sospechaban del fraude. El obrero de la construcción Rubens Iscaro, quien dirigió la huelga de ese gremio en 1936, ocupó cargos en la CGT, fue encarcelado por la Revolución Libertadora en 1955, electo secretario general de la UOCRA de entonces dos años después y devuelto a la prisión en 1959, atestiguó que “los militantes obreros comunistas” plantearon que “el problema de la unidad sindical debía ser llevado a la discusión democrática en el seno de todos los sindicatos, como así también el establecimiento de un programa de lucha”.

Bajo ese enfoque, los seguidores de los avatares soviéticos acusaban a las cúpulas de la COA y la USA de haber encapsulado el debate “en el plano de un acuerdo entre dirigentes”. Para Iscaro, una fusión “con la exclusión del movimiento clasista” y los sindicatos autónomos “no podía despertar el entusiasmo hacia la nueva central” y a esto atribuía el hecho de que la CGT no incrementara sus efectivos en los años subsiguientes. Las primeras reacciones de los que van a buscar la bocha al fondo del arco no siempre son loables pero revela que, ya en los albores, había pedazos sueltos que bramaban contra decisiones de la conducción.

El Boletín de la CGT del 15 de febrero de 1932 arroja un poco más de luz sobre la paliza de la dictadura de José Uriburu contra los trabajadores, denunciando hambre y persecución. “Por millares se cuentan los que sin causa real han desfilado por cárceles del país, varios centenares de ellos permanecen aún detenidos o han sido confinados en el presidio de Ushuaia, recluidos en desguarnecidos galpones de zinc, y suman numerosísimo contingente los que han sido desterrados del país”, reponía el documento.

No obstante, resulta innegable que también sobre la porción de los postergados tallan divisiones intestinas y hay grupos más desfavorecidos que otros. La saña de los militares se concentró, principalmente, en los anarquistas de la FORA del 5º Congreso, cuyo peso cuantitativo se había ido diluyendo para esa época pero su poder de agitación todavía acreditaba vigencia. Además, del Campo recogió también las críticas a la CGT por el tono del comunicado que sacó dos años antes, en ocasión de la solicitud de la conmutación de pena de muerte impuesta por un tribunal militar contra tres choferes que se habían tiroteado con la Policía. Consta en la edición del 10 de diciembre de 1930 del diario La Nación el texto que reza que la CGT reconoce “la obra de renovación administrativa del gobierno provisional”, está “dispuesta a apoyarlo como está en su acción de justicia institucional y social” y “se presenta para pedir, como acto de clemencia, que la pena de muerte impuesta” contra los trabajadores “se conmute” por aquella que los militares determinen. Y en la misma pieza, se define que “convencida esta confederación de que el gobierno provisional no mantiene en vigencia la ley marcial sino para asegurar la tranquilidad pública y para hacer respetar el prestigio y la autoridad del gobierno”.

Las disquisiciones sobre el movimiento obrero, al fin de cuentas, no son nuevas. En la desesperación –o por inconsistencia-, algunas corrientes patean en contra. O bartolean, rifando sus fundamentos.

Poder de fuego y campo de batalla

La discusión sobre la inminente reforma laboral que impulsa el Gobierno nacional más allá de los resultados electorales trasciende los límites geográficos del país. Si por un lado los dirigentes gremiales facturan al macrismo la intención de imitar la flexibilización que está aplicando Michel Temer en Brasil, por lo bajo también prestan atención a lo que sucede con la misma pelea en Chile, donde los obreros discuten en otro plano con el Ministerio de Trabajo de la administración de Michelle Bachelet. La presidenta trasandina no es ni por asomo lo que el verdugo de Dilma Rousseff pero las secuelas de la dictadura de Augusto Pinochet dejan cuñas que siguen domesticando a los sectores subalternos al otro lado de la Cordillera de los Andes. Y asimismo, los que miran el contexto regional tampoco pierden de vista que el presidente Mauricio Macri apelará a los artilugios y vulneraciones que hagan falta para complacencia de la clase que lo sostiene en el poder.

En consecuencia, el piso del cual parte cada central en su respectivo país no es el mismo. Y la contraparte que pretende la recuperación de las monedas que cedió de su tasa de ganancia ante el ascenso de las experiencias posneoliberales, tampoco.

Un minucioso informe elaborado por RedLat, un conglomerado integrado por CIFRA-CTA, Instituto Observatório Social de Brasil, el Centro de Estudios Nacionales de Desarrollo Alternativo (Cenda) en Chile, la Escuela Nacional Sindical de Colombia, el Centro de Investigaciones Laboral y Asesoría Sindical mexicano, el Programa Laboral de Desarrollo (Plades) peruano y el Instituto Cuesta Duarte en Uruguay, revela que Argentina puntea en el ranking de sindicalización con una tasa de 37%, seguida por Uruguay con 34% y Brasil con 17%. Más atrás, se ubican Chile y México, con 14% y 13%, respectivamente, luego Colombia con 9% y cierra la lista Perú, con un 5%. Aunque parezca una perogrullada, el trabajo de los institutos ratifica que “cuanto mayor es la tasa de sindicalización, mayor y mejor es la negociación colectiva, lo que se traduce en mejores rendimientos, estabilidad y, fundamentalmente, participación en el diálogo social sobre las grandes cuestiones nacionales por parte de los trabajadores”.

De ahí que la Casa Rosada la emprenda sistemáticamente contra los dirigentes sindicales, los tilde de mafiosos y aplique estrategias de desgaste para subordinar a la conducción de la CGT. Fuentes de Cambiemos le dijeron a Kamchatka que el hostigamiento a los sindicalistas continuará y dieron por cierto el encono del presidente Mauricio Macri contra el titular del Suterh, Víctor Santa María, a quien apuntan los operadores judiciales a través de los medios que descerrajan su alergia sindical con gusto. Paradójicamente, al dueño del Grupo Oktubre -sello propietario del emblemático diario Página 12- y presidente del PJ porteño no le alcanzaría con la relación de mutuas cordialidades que mantiene con el alcalde Horacio Rodríguez Larreta de la misma manera que antes lo hizo con los mandatos del Pro entre 2007 y 2015 y que tanto le reprochan en los márgenes del kirchnerismo.

El piso del cual parte cada central en su respectivo país no es el mismo. Y la contraparte que pretende la recuperación de las monedas que cedió de su tasa de ganancia ante el ascenso de las experiencias posneoliberales, tampoco.

Aun así, el capítulo judicial no eximirá a la alianza gobernante de la contienda política. El líder de la Federación Gráfica Bonaerense, Héctor “Gringo” Amichetti, advirtió en declaraciones a esta revista que a Macri “no le da la relación de fuerzas en el Congreso para imponer una reforma laboral”, y conjeturó que “probablemente impulse flexibilizaciones por sectores específicos sobre los que espera la llegada de inversiones”. Casi idéntica mirada esbozó el ex presidente de la UIA y diputado por el Frente Renovador, José Ignacio de Mendiguren, pero atribuyéndole un valor positivo al plan de reforma en aras de la “competitividad”. “Hay que ir rama por rama, evaluando las particularidades, porque cómo hace la industria textil para adaptarse”, graficó en referencia a la acuciante situación que atraviesa esa cadena de producción ante la apertura de importaciones y la caída del mercado interno.

Como botón de muestra, la delegada del Sindicato Obrero de la Industria del Vestido y Afines (Soiva) en Rolmen, Julia Paredes, relató que a fines de septiembre ella y sus compañeros sólo percibieron la mitad o menos del salario y el aguinaldo se está pagando en cómodas cuotas. La crisis es tan angustiante que la empresa despidió a 31 trabajadores con más de 15 años de antigüedad y el Ministerio de Trabajo dictó la conciliación obligatoria pero los empleados dejaron de ir a sus puestos en la fábrica y los asesores de Jorge Triacca se declararon incompetentes para laudar tras el incumplimiento obrero.

Ladrillos en la pared

La realidad no es uniforme. Y por eso, el gobierno exhibe ahora estadísticas que le dan al alza en ciertas esferas de la economía. Tal es el caso de la construcción.

No es casual que en distintas dependencias estatales los funcionarios estallaran de algarabía con la detención de Juan Pablo “Pata” Medina. Era un bochazo a dos bandas: el golpe servía para la caracterización negativa del sindicalismo y se mostraba en espejo con los índices de repunte en el gremio que el acusado por extorsión milita.

En Zárate, sin ir más lejos, los trabajadores de la construcción son optimistas. Roly Lencina, delegado de la UOCRA después que una célula de Comercio y Servicios de la CTA despabilara a su conducción ponderando al joven activista, sostuvo que en Hormigonera Cardales se incrementó el nivel de trabajo. Dependiente de la centenaria Premoldeados de Argentina SA, la firma fue anfitriona del ministro de Transporte, Guillermo Dietrich, luego de que se confirmara que el Gobierno frenó el ingreso de durmientes chinos para las vías férreas y en esa planta absorberían el 60 por ciento de la demanda. Desde principios de año, Lencina ya cuenta con 80 compañeros nuevos sobre un total de 180 mientras que, a mediados de 2015, habían quedado 50 por la retracción económica.

Sin embargo, abundan regionales animadas por la bronca aunque no encuentren los cauces institucionales para expresarse. Amichetti explicó que en distintas provincias se asiste a “un proceso intermedio de la normalización” de los estamentos orgánicos y, en general, los trabajadores manifiestan la necesidad de endurecerse frente a la política económica vigente. “Pero no hay voluntad de lucha porque la conducción adoptó una posición táctica”, indicó el titular de los gráficos, sin privarse de comparar las actitudes de “algunos dirigentes” con la que tenían “los que negociaban con (Juan Carlos) Onganía porque creían que el retorno de (Juan Domingo) Perón era una utopía”.

Al paso que los conflictos se multiplican y las condiciones económicas se agudizan, ya no quedan cuadros sindicales que nieguen rotundamente las chances de que la CGT se parta más temprano que tarde. Divide y reinarás sería el axioma del gobierno. Y a pesar del bamboleo, el todo es más que la suma de las partes cuajaría con el triunvirato de la central obrera sita en la calle Azopardo. Sólo falta saber si cada fragmento decide encastrarse mejor ante el amenazante escenario venidero, permanece atado con alambre o se rompe. Ninguna de las variantes ocurriría por primera vez.