Donald Trump asumió como presidente de los Estados Unidos luego de una difícil transición desde su victoria del 8 de noviembre. De ese momento a hoy se realizaron movilizaciones lideradas por diversos grupos civiles, hubo denuncias de fraude cibernético, se amenazaron a las empresas automotrices, se ratificó la construcción del muro en la frontera con México, se habilitaron los indultos de 209 presos, el gobierno se abstuvo en la votación en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas por los asentamientos israelíes en territorio palestino, se profundizó el amor con Rusia e inició un enfrentamiento frontal con China. Todo, en poco más de dos meses.

Por Augusto Taglioni

Donald Trump pateó el hormiguero del sistema político estadounidense con una candidatura que arrancó marginal y generó una inesperada victoria en las urnas, gracias a la empatía con una heterogeneidad de sectores que abarcaron desde el nativo blanco con alto poder adquisitivo hasta el asalariado enojado con la política tradicional. Así, el magnate rompió la hegemonía del bloque globalista que tuvo su auge durante los ocho años de Obama, bajo la propuesta de una gobernanza planetaria que el propio Trump echó por tierra al eliminar el principal centro de gravedad de esa estrategia: el Tratado Trans Pacífico (TTP) que garantizaba una gran zona de libre comercio sobre el océano pacífico. Eso no va más.

Sin embargo, el otro sector, el de los americanistas, también incluye a los bancos e intereses económicos de diferentes sectores empresariales y financieros que pugnan por el poder interno. Sea cual sea el grupo que prime en la disputa por el control de la primera potencia mundial, resulta evidente que en Estados Unidos no gobiernan personas sino un sistema.

Para el flamante presidente norteamericano, el dilema de la economía se resuelve creciendo para adentro, impulsando el desarrollo productivo y disciplinando a las industrias para recuperar el empleo perdido a partir del proceso de deslocalización de empresas y la crisis del 2008, que se llevó puestos 5 millones de puestos de trabajo y alrededor de 60 mil firmas tuvieron que cerrar. Entonces, debe retornar a una lógica unilateral de conducción política y económica y, por eso, “pide” que las automotrices produzcan en los viejos cinturones industriales como Ohio, Michigan y Detroit y propone un ambicioso proyecto de infraestructura que demandará la emisión de una importante cantidad de dólares con riesgo inflacionario latente.

Otro frente de batalla en el plano interno es Silicon Valley, el conglomerado de corporaciones californianas dedicadas a la industria del software, tecnología y servicios de altísima rentabilidad y bajísimos costos laborales. Estas empresas, como Facebook, Amazon o Apple, no tienen sucursales en Estados Unidos y, probablemente, nunca las tengan a pesar de las pretensiones de Trump.

La resistencia al proceso que comienza no sólo se dará en el terreno de los negocios. Los sectores sociales expresados por mujeres, comunidades homosexuales, latinos y afroamericanos han marcado su descontento desde el momento en el que se confirmaron los números electorales. No obstante, durante la administración Obama se deportaron 3 millones de inmigrantes.

Por el momento, los consensos de Trump con su partido han sido efectivos en la eliminación del Obamacare y en algunos principios económicos. El resto todavía está por verse.

Geopolítica Trump

Si Trump siguiera el manual del republicano tradicional, la Casa Blanca volvería a la  idea de “controlar Medio Oriente (o mejor dicho, el petróleo de Medio Oriente) para controlar el mundo”. No parece ser este el camino, dado que en ese territorio confluyen actores que disputan el liderazgo norteamericano, entre ellos, Rusia.

Lo que se sabe de la política exterior del nuevo gobierno se sintetiza en tres factores: Alianza con Vladimir Putin, disputa con China y apatía con la Unión Europea.

El entendimiento con Rusia sería para disputar con China, como en la gestión Nixon pero al revés. El gran interrogante es si Putin está en condiciones de arriesgar la relación con China para aliarse con Estados Unidos, teniendo en cuenta que la Organización para la Cooperación de Shanghai viene adquiriendo musculatura a partir de las posibilidades de ingreso de India e Irán. Un bloque eurasiático fuerte no es algo que agrade al devaluado bloque occidental y evitar esto era una de las misiones de Obama. Para que Rusia no se sume a este sistema de relaciones, deberá encontrar en la Casa Blanca un aliado que responda a demandas específicas. Concretamente, Putin quiere el fin de las sanciones propinadas a Rusia luego de la crisis en Ucrania y la posterior anexión de Crimea a la Federación Rusa. Asimismo, los rusos no quieren perder su peso en la zona de Oriente Medio y mucho menos garantizar una transición sin Basar Al Assad en Siria, tras el rol clave que cumplieron en la guerra contra ISIS. Por más voluntad que ponga Trump, en esa discusión también está la OTAN.

Otro punto de encuentro entre la Casa Blanca y el Kremlin es el petróleo. El Secretario de Estado designado por Trump, Rex Tillerson, es el ex CEO de la petrolera EXXON-Mobile. Tillerson recibió en 2013 la Orden de la Amistad de manos de Putin y al frente de la multinacional energética supo construir una alianza con la petrolera estatal rusa Rosneft. Lo llamativo es que, a partir de la explotación del petróleo de esquisto (también conocido como frucking) y la caída de la demanda, Estados Unidos había logrado afectar a sus adversarios (especialmente Rusia, Venezuela e Irán). La buena sintonía con Rusia en materia petrolera podría estabilizar los precios y reforzar a quienes hace algunos meses eran adversarios.

China: el principal enemigo

El presidente estadounidense eligió con quien pelearse. China es la segunda potencia mundial en términos económicos y cuenta con una enorme presencia en todo el planeta. Durante la gestión Obama, la competencia fue pacífica y ambas naciones fueron aliadas en la idea de construir una institucionalidad global.

Trump cree (con razón) que el dumping chino perjudica la economía estadounidense y  propone un mega plan de infraestructura (1 billón de dólares en diez años) que desplace a China de ese sector. Pero esto no queda ahí: a nivel internacional, Estados Unidos también decidió jugar su partido. Llamar a la presidenta de Taiwán y mandar un dron submarino al Mar de China es una verdadera mojada de oreja.

China ha dejado claro dos cosas: su creciente poderío armamentístico, que la ubica en condiciones de cualquier enfrentamiento militar, y su vocación por ser el único garante de libre comercio del mundo. Esto, sin lugar a dudas, afectará la relación de Estados Unidos con muchos países de América latina, especialmente con las naciones de la Alianza del Pacífico.

Trump y América Latina

Pocas han sido las señales de Trump hacia la región. El bloque globalista neoliberal la concebía desde la estrategia de multilateralidad económica expresada en el TTP y la Alianza del Pacífico. Al descartarse esa hoja de ruta, el lugar vacío lo terminó ocupando China, a cargo del cierre en la Cumbre de Economías del Pacifico en Perú.

En ese marco, el peso de la relación con América latina será mediante el nuevo Mercosur. Fiel a su estilo, los americanistas ejercerán una conducción regional unilateral (por ejemplo, el ALCA de Bush en 2005), en donde será más marcada la relación centro-periferia.

La idea de un Mercosur flexible es central para los intereses de la Casa Blanca, que intentará aislar a las dos economías más importantes de Sudamérica, las de Argentina y Brasil, de la influencia china en una especie de doctrina de Monroe del Siglo XXI.

Si bien es un tanto apresurado aventurar las relaciones comerciales futuras, el manual de gobierno republicano indica que el eje vertebrador de los acuerdos son los Tratados Bilaterales de inversión. Para tal fin, se requiere el voto de sus miembros para desarticular el proteccionismo que imperó durante la última década. La maniobra para expulsar a Venezuela hay que leerla en esa sintonía.

Argentina ha dado señales de acercamiento, luego de jugar abiertamente a favor de la candidatura de Hillary Clinton, con la designación de Nicolás Dujovne en el Ministerio de Hacienda, hijo de Bernardo, el arquitecto y creador de Dujovne-Hirsch & Asociados, la constructora que levantó la Trump Tower en Uruguay.

La administración Macri necesita una buena relación con Estados Unidos porque subordinó el modelo de crecimiento a la llegada de inversiones. El voto negativo de Argentina contra China en la OMC y la presión de parte del bloque dominante representado por Techint empujan a la gestión de Cambiemos a plegarse a la estrategia de Trump.

Gestión y presión

El gran interrogante que se abre en Estados Unidos es si Trump deja de ser Trump para ser parte de un sistema político que lo desprecia. Ese desprecio esta ligado a que el empresario no garantiza ninguna de las estrategias de poder en pugna, y lo que está en juego en Estados Unidos es qué tipo de proyecto hegemónico se impone o, en otras palabras, qué tipo de imperialismo se consolida.

El fuego amigo será trascendental en los primeros 100 días de gobierno, en tanto su acercamiento a Putin generó recelo con la CÍA y la OTAN y su ambigüedad respecto del rol en Medio Oriente preocupa al Complejo Industrial Militar que asegura su negocio con la guerra. El contralor principal del día a día de Trump será el Capitolio, donde demócratas y republicanos seguirán de cerca cada decisión y utilizarán las herramientas que tengan a mano para condicionarlo, por ejemplo, a través de un impeachement.

Donald Trump no es garantía para nadie. Esa es, tal vez, su principal virtud y su mayor debilidad.