En 2009, en tiempos en que la academia no mostraba mayor interés por el fenómeno del macrismo, el doctor en sociología Gabriel Vommaro comenzó a pensar en el universo del PRO. Docente de la Universidad Nacional de General Sarmiento (UNGS) e investigador del CONICET, es uno de los autores de Mundo PRO, una exhaustiva radiografía del partido amarillo publicada en 2015. Un año antes, cocoordinó el Diccionario del léxico corriente de la política argentina, donde especialistas de diversas ramas recogieron términos claves en el decir de la dirigencia y la ciudadanía.

En diálogo con Kamchatka, Vommaro planteó que si el discurso del kirchnerismo “tenía algo de católico, cuasi papal”, debido a su verticalidad y centralidad, en cambio “el macrismo es evangélico”, porque “habla en red”, con “muchas voces que son una sola”.  Durante una charla en la que trazó distintos ejes para pensar esa veloz transición, sostuvo que “el ajuste más radical fue el ajuste cultural”.

Por Carlos Romero

– ¿Se pueden establecer algunas referencias acerca del discurso macrista?

– Es interesante pensar en cómo habla el macrismo. Es una mezcla diferente a lo que conocíamos hasta ahora, entre realismo y eufemismo. Realismo en el sentido más clásico del realismo económico, en esa idea de “hacer lo que hay que hacer”, junto a la idea más antipopulista de que antes hubo una especie de engaño y que llegó la hora de la verdad. Pero el realismo también se relaciona con la convicción de que no hay duplicidad del lenguaje, que el mundo social y el político son transparentes.

– ¿Es un reverso del discurso kirchnerista?

– Sí. En ese sentido, se presenta como contratara del kirchnerismo, sobre todo el de los últimos años, de ese “kirchnerismo semiológico”, para así decirlo. Un kirchnerismo que, en especial desde la Ley de Medios en adelante, empezó a proponer una lectura de la realidad en clave constructivista, a veces de un extremo constructivismo, como si todo hecho social, toda realidad, fuera pasible de ser construida y deconstruida.

– Antes mencionaste al eufemismo como otro eje del hablar del PRO.

– El eufemismo es complementario del realismo. Todo el tiempo el PRO, primero, y Cambiemos después, fueron muy buenos en construir algunas fórmulas que daban un marco de sentido amable a cosas que, de otro modo, hubiesen sido menos populares. Una cosa es hablar de cambio cultural y otra es decir ajuste para construir una economía de mercado. El PRO siempre creyó que es posible embellecer la realidad. Una idea más esteticista y menos constructivista: uno puede darle a esa realidad empírica, única e incontrastable, una especie de decoración que la haga más digerible, como una versión en clave de autoayuda de la política.

– ¿Qué efectos tuvo este pasaje de un discurso a otro?

– A mi juicio, el gran cambio que hubo, junto con algunas medidas económicas, fue en lo cultural. El ajuste más radical fue el ajuste cultural. Hubo un desactivamiento radical y muy veloz del dispositivo cultural kirchnerista, que incluía el dispositivo discursivo. En parte, uno puede decir que ese dispositivo se desactivó sólo, porque estaba tan centralizado en la figura presidencial que, al no estar más Cristina, se dio un vacío que, por decirlo de algún modo, se autoprodujo. Pero también, si pensamos en la Ley de Medios, la producción audiovisual y la cuestión más festivalera cargada con símbolos culturales políticos, hubo un montón de cosas que, casi de un día para el otro, no estuvieron más.

– ¿El macrista es un discurso más artificial que el del kirchnerismo?

– Hay discursos que, sin decir que son irreales, te pueden quedar lejos, que no te interpelan, pero que sí lo hacen con otras personas. Es decir, no creo que un discurso sea  más o menos irreal que otro. Sí creo que, aunque sus enunciadores cambien, el PRO es un partido con una centralización tan fuerte en su discurso como el kirchnerismo. En un caso, hablaba sólo la presidenta, en el actual gobierno, todos hablan. Hay una especie de unificación del discurso, trabajado y coucheado. Por momentos, parece tan armado como el discurso evangélico, que dice 20 veces los mismos, con una o dos verdades. En ese punto, parece artificial, pero no olvidemos que el evangelista se lo cree. Discursivamente, si el kirchnerismo tenía algo de católico, cuasi papal (la circulación del discurso pretendía ser vertical y con una única enunciadora), el macrismo es evangélico, habla en red, muchas voces que son una sola voz.

– En ese discurso, hay palabras centrales. ¿“Sinceramiento” se puede tomar como una típica expresión macrista?

– En realidad, es una palabra que viene de todos los momentos de ajuste. Onganía dijo “sinceramiento” y Menem también. Es una palabra con historia. Como toda tradición política nueva, la del PRO y Cambiemos tiene esa virtud de mucha productividad en ir tomando cosas de tradiciones diversas, construyen como un pastiche contratradicional de tradiciones, porque no las viven de ese modo, porque no es que saludan banderas. Ellos toman de la caja de las tradiciones un poco de acá y un poco de allá. Hay algunos guiños conservador-populares, que pueden ser más peronistas; y hay otros muy de la tradición antiperonista. En ese discurso de la ignominia anterior hay mucho del viejo discurso antiperonista. Tenés además el discurso del realismo económico, neoliberal, y también está lo más nuevo, que es lo tomado del mundo de los negocios y las ONG: el voluntariado, el emprendedorismo, los equipos. Todo eso viene de estos dos mundos sociales que están por afuera de la política, en los que abreva muy fuertemente el PRO.